Manipulación de dos pasiones

| El cine y el fútbol fueron usados con una clara intención de propaganda política

INAUGURACIÓN. El Campeonato Mundial de Fútbol de 1978: una oportunidad de la dictadura para mostrar una imagen positiva. 200x135
INAUGURACIÓN. El Campeonato Mundial de Fútbol de 1978: una oportunidad de la dictadura para mostrar una imagen positiva.

GUILLERMO ZAPIOLA

Arte y política han estado entremezclados desde que un artista del Paleolítico Superior utilizó sus habilidades pictóricas para diseñar sobre la pared de una cueva las imágenes de diversos animales, en un acto de "magia simpática" que debía ayudar a la multiplicación de la caza en el mundo real: ese acto le proporcionó una cuota de poder sobre sus compañeros de horda o de tribu. Pero la mezcla se vuelve más estrecha en tiempos de autoritarismo, cuando los gobiernos deciden vigilar de cerca lo que están haciendo los artistas o, más aún, utilizarlos para promover los ideales del partido, el grupo o la clase gobernante.

Ese es el tema estudiado por el crítico e historiador argentino Fernando Varea, cuyo enjundioso libro El cine argentino durante la dictadura militar, recientemente publicado, ayuda a entender algunas cosas que pasaron durante unos años particularmente sombríos de la historia reciente de nuestros vecinos del otro lado del río. El autor ha podido señalar que "entre todo lo que se ve y se oye en un film, entre los múltiples componentes que asoman en cada uno de sus planos, mucho puede aprovecharse para examinar las particularidades del momento histórico en el que fue realizado".

HISTORIA. El golpe militar del 24 de marzo de 1976 no terminó solamente con el inepto gobierno de María Estela Martínez de Perón. En el terreno cinematográfico, clausuró también con un período de auge del cine nacional, que había dado lugar a films como La Patagonia rebelde de Héctor Olivera, La Raulito de Lautaro Murúa, La tregua de Sergio Renán, Piedra libre de Torre Nilsson, las películas de Leonardo Favio, José Martínez Suárez y otros. Actores y directores fueron amenazados y a menudo empujados al exilio (Murúa, Fernando Solanas, Rodolfo Kuhn, Héctor Alterio) o al silencio (Favio), o simplemente asesinados (Raymundo Gleyzer). Entre los que se quedaron y siguieron trabajando hubo toda clase de comportamientos, desde el franco colaboracionismo hasta la soterrada resistencia.

Algunos datos aportados por Varea son reveladores. En 1974, diez de las quince películas más taquilleras estrenadas en el país fueron títulos nacionales. Tras el golpe, la brecha entre el cine argentino y el público se había ensanchado en una proporción enorme: en 1979, entre las cuarenta y cinco películas más vistas hubo solamente una argentina.

Un extenso estudio del crítico Santiago García aporta información adicional. El 3 de abril de 1976, el Capitán de Fragata Jorge Bitleston, interventor del Instituto Nacional de Cinematografía, anunció en un discurso que iba a "ayudar económicamente a todas las películas que exalten valores espirituales, cristianos, morales e históricos o actuales de la nacionalidad o que afirmen los conceptos de familia, del orden, de respeto, de trabajo, de esfuerzo fecundo y responsabilidad social, buscando crear una actitud popular, optimista en el futuro".

Uno de los promotores de tanto optimismo fue el cantante, actor, director y luego político Ramón "Palito" Ortega, quien en una canción que es mejor no recordar aconsejaba a los descontentos tirarse al río "en la parte más profunda, y después cuando te hundas si querés podés gritar", máxima llevada la práctica en los vuelos de la muerte para desembarazarse de opositores al régimen. Palito realizó durante la dictadura todo su trabajo como director, y según el libro dedicado a la estrella por el periodista Hernán López Echagüe también compuso "jingles" para la dictadura, en especial, para la marina liderada por el almirante Massera.

El primer film de Palito como director, Locos del aire (1976), funcionaba básicamente como una apología de la Fuerza Aérea y contó con el apoyo de esa institución, del mismo modo que Brigada en acción exaltaba a la autoritaria policía de 1977, incluyendo la explicación de que "los medios para combatir el delito se han modernizado de modo de colocar a nuestra policía entre las mejores del mundo. Durante las veinticuatro horas del día hombres y mujeres trabajan en distintas formas, velando por la tranquilidad de sus semejantes". Tras la restauración democrática, la productora Chango de Ortega produjo únicamente una película, Tacos altos (1985) de Sergio Renán, un hombre mayormente opuesto al autoritarismo aunque esa afirmación admita una clamorosa excepción.

MUNDIAL. El fútbol y el cine efectuaron un particular cruce en 1978. El gobierno militar vio en la organización del Campeonato Mundial una oportunidad de contrarrestar la propaganda internacional en su contra, y por supuesto el triunfo de la selección argentina le otorgó otras ventajas hacia el interior.

Un efecto colateral fue el film La fiesta de todos, un semidocumental que intercala materiales de los partidos de fútbol y su entorno con algunas historias ficticias de sabor popular, interpretada por gente tan variada como Luis Sandrini, Juan Carlos Calabró y hasta Ricardo Espalter. El film fue dirigido por Renán y escrito por éste en colaboración con Hugo Sofovich y Adrián Quiroga (alias de Mario Sábato), y el director de producción fue Adolfo Aristarain. En un escena, el historiador Félix Luna proclama: "Estas multitudes delirantes, limpias, unánimes, es lo más parecido que he visto en mi vida a un pueblo maduro, realizado, vibrando con un sentimiento común, sin que nadie se sienta derrotado o marginado. Y tal vez por primera vez en este país sin que la alegría de algunos signifique la tristeza de otros".

Contrastes

Mientras unos cineastas colaboraban, otros fueron al exilio o a la muerte

La comedia picaresca fue también una oportunidad para contrabandear ideas

La fiesta de todos fue tal vez el film de la época que instrumentalizó más conscientemente el tema del fútbol con un objetivo político, pero no el único. En Hay que parar a la delantera (1977), atractivas espías extranjeras, entre ellas, una psicoanalista y una periodista, intentan impedir la victoria de la selección argentina de fútbol, pero por supuesto al final ganan los buenos. En el film, que respira xenofobia, los deportistas extranjeros aparecen ridículamente caracterizados, como hombres primitivos con el pelo sujetado con huesos.

Un espíritu similar asoma en Las turistas quieren guerra (1977), que, indirectamente, sugiere desde el título que los extranjeros son confrontadores o peligrosos, y donde los protagonistas (Porcel y Olmedo) intentan aprovecharse de mujeres provenientes de otros países que visitan Buenos Aires. En Encuentros muy cercanos con señoras de cualquier tipo (rodada entre junio y agosto de 1978, y que incluía imágenes del Mundial) la misma dupla ayudaba a vender en el exterior a los jugadores argentinos, ya ganadores. El cine nunca es inocente.

Agentes secretos que protegían a la Argentina del Mal

En mayor o menor grado, dos series de aventuras rodadas en la década del setenta y comienzos de los ochenta reflejaron también la ideología oficial. Quizás la más inocente de las dos sea la de Los Superagentes (Ricardo Bauleo, Víctor Bo, Julio de Grazia), un equipo que protegía a la Argentina de diversas amenazas exteriores. De hecho se trataba de un universo de cómic, con villanos escapados de una versión barata de James Bond, por lo que quizás no haya que enojarse demasiado con ellos.

Menos inocente y más deliberada es probablemente la serie de los Comandos azules, de hecho dos films, Comando azules y Comandos azules en acción, ambos de 1980, ambos dirigidos por Emilio Vieyra, donde un grupo de élite (los paramilitares del título, revestidos de los colores de la bandera argentina) enfrentaban otras peligrosas amenazas internacionales. Aquí y allá, un locutor insistía en la idea de una Argentina que era "un oasis de paz y tranquilidad, en medio de un mundo amenazador y violento".

De la censura a la autocensura y un cine conformista

El director Raúl de la Torre (Crónica de una señora, Heroína, El infierno tan temido) ha sostenido que durante la dictadura argentina "nunca hubo un cine del régimen", pero varios ejemplos esgrimidos por aquí cerca lo desmienten. Por otra parte, no hay que olvidarse de la presencia del Ente de Calificación Cinematográfica alterando o prohibiendo películas de Federico Fellini, Ettore Scola, Margarette Von Trotta o Stanley Kubrick.

Como lo señala el historiador Varea, "la censura que llevaba a la autocensura, al desconocimiento de la obra de grandes directores, a la imposibilidad de discusión y de debate; la manera improvisada y arbitraria con que se manejaban el Ente de Calificación Cinematográfica y los medios de comunicación dependientes del Estado demuestran el menosprecio por las manifestaciones artísticas". El historiador enfatiza también otro resultado nefasto: "el acostumbramiento a un cine mediocre, solemne, sin riesgo estético ni conceptual". Un ejemplo: el documental Adiós Sui Generis, sobre el conocido grupo musical, fue cuidadosamente examinado por los censores, que prestaron atención a las letras y lo prohibieron para menores de 18 años.

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