EMILIO CAZALA
Desde el punto de vista de los cruceros de turismo, entre las numerosas bellezas que ofrece Sudamérica, debemos recordar los canales Fueguinos, los Magallánicos y los Patagónicos, Ushuaia, las Malvinas, donde los visitantes entran en contacto con fantásticos escenarios a los que vuelven para realizar verdaderos safaris fotográficos. Pero el foco de todas estas atracciones, verdadero derroche de belleza natural, está sin duda en la Antártida, donde se produce una verdadera explosión de sensaciones y emociones jamás experimentadas antes. En el pasado era sólo un objetivo de científicos, aventureros o buscadores de algo.
Ese concepto fue sustituido por una nueva visión, afirmando la idea de que ahora es un escenario turístico aceptable para cualquiera que se proponga visitarlo. Más aún, después de aquellos primeros y tímidos pasos del pasado, hoy se ha desarrollado una industria turística lucrativa muy fuerte que realiza sus actividades en el marco de un perfecto equilibrio con la protección del medio ambiente, que aquí sí es crítica. Nosotros hemos venido informando acerca de cada uno de los numerosos barcos que escalan en Montevideo rumbo para aquel gélido destino y de sus viajeros que no son ni exploradores, científicos o aventureros, sino simples turistas y por lo general gente de 55 años para arriba.
Sobre este tema, en más de una oportunidad hablamos con Jaime Carrau, un empresario bien conocido en nuestra plaza que conocimos cuando con unos veinte y poquitos años se fue por casi 21 años a Buenos Aires para ejercer la gerencia de la empresa armadora española Ybarra de Sevilla, por entonces una compañía armadora muy importante. De las extensas reuniones que tuvimos, descubrimos que nuestro entrevistado por los años `60 había sido un importante actor en el desarrollo de las actividades turísticas hacia el sur Patagónico, las Malvinas y la Antártida.
El mismo nos cuenta su historia, plena de anécdotas que no se agotan en una conferencia si la diera. A continuación, ofrecemos una apretada síntesis de estas entrevistas.
JAIME CARRAU. "A principios de siglo, hubo buques que hacían la línea regular a Usuahia, y escalas intermedias para abastecer con mercaderías que normalmente eran descargados en Buenos Aires o Montevideo, o mercaderías nacionales que debían llegar al sur del continente donde había importantes ciudades.
La mayoría eran buques de carga,pero los había también mixtos como por ejemplo "Comodoro Rivadavia", del armador Antonio María Delfino, apto para 500 pasajeros; el "José Menéndez" 400, el "Asturiano" y el "Argentino", ambos con menos capacidad que apoyaban esos servicios. Los que realmente iniciaron los viajes de cruceros formalmente -dice Carrau- fueron los buques alemanes de la Hamburg-Sud, de los cuales el que más recuerdo fue el "Monte Cervantes", que lamentablemente se hundió al salir de Usuahia por entre islas, zona peligrosa, donde nunca falta una aguja de roca pura que abre el casco como si fuera de plástico. Creemos que también viajaron al sur argentino el "Cap Norte", el "Antonio Delfino" y posiblemente el "General Artigas" todos ellos de la Hamburg Sud. Llegó la II Guerra Mundial y todo se canceló hasta que en los años posteriores a 1945, los cruceros se reiniciaron con los buques "17 de Octubre" en 1949, luego llamado "Libertad", el "Río Tunuyan", el "Bahía Buen Suceso", el "Bahía Paraíso" que se perdió, y también buques chilenos como el "Navarino", y el "Piloto Pardo", que navegaron durante muchos años por los canales Fueguinos y a veces Magallánicos y Patagónicos (estos últimos normalmente navegados por buques chilenos)".
Recuerda nuestro entrevistado que los cruceros al sur se vieron afectados y en algunos casos desactivados a raíz del grave accidente que sufrió el conocido crucero "Juan de Garay", que rozó una aguja de roca en el Bajo Beaban, que le abrió un rumbo de 80 metros de largo, donde casi se perdió, no obstante lo cual, llegó milagrosamente a Buenos Aires.
"Con la llegada de los nuevos transatlánticos de la compañía Ybarra, "Cabo San Roque" y "Cabo San Vicente", recomenzó la campaña de los cruceros de verano, que definitivamente, para los buques españoles de Ybarra, terminó en 1974. Pero todo esto comenzó varios años antes".
En otra parte de la entrevista, Carrau siendo gerente general de Ybarra en Buenos Aires, nos habla de cómo iniciaron la aventura de los cruceros al sur y a la Antártida. "Fue así que luego de varias experiencias charteando barcos bajo diversas modalidades de contrato, finalmente se logró un acuerdo de venta de cruceros para los buques de Ybarra que realizaron 37 cruceros a los canales Fueguinos y Magallánicos, y alguno más a los canales patagónicos".
ANTARTIDA. Mientras nos dedicábamos a este tipo de cruceros, apareció en el escenario turístico el barco "Linblad Explorer" para 150 pasajeros que comenzó a realizar cruceros a la Antártida, con pasajeros que llegaban a Buenos Aires por avión de Europa y los Estados Unidos.
También el "Libertad" y el "Río Tunuyan", mayores que el "Linblad", realizaron cruceros a la Antártida, lo que me estimuló a pensar que Ybarra también tenía que ir.
Luego de minuciosos análisis y estudios de datos e informaciones de lo que era básico para ir a la Antártida, consumos de agua y combustible, traslados a tierra, practicajes, los permisos de rigor a los que se obligaban a los armadores, para poder realizarlos y la propia derrota de la nave, quedó estructurado un plan o proyecto que propuse a Ybarra. Nada había quedado al azar, todo estaba estudiado y analizado en ese plan.
Sabíamos que no iba a ser fácil convencerlos, así que la idea fue rechazada de plano. Pero, circunstancialmente -dice Carrau- hice muy buena amistad con el capitán del "Río Tunuyan", que en un almuerzo a bordo de ese buque, me confirmó los temores por aquella época para ir a la Antártida, pero la tecnología comenzaba a desarrollarse y se podía contar con el apoyo magnífico que podía dar la Armada Argentina, y eventualmente la Armada Chilena. Así que mis proyectos eran viables y logramos convencer a Ybarra porque lo habíamos planificado con minuciosidad de detalles con la idea de ofrecer a los viajeros seguridad y la oportunidad de disfrutar de un gran viaje. El primero fue el "Cabo San Vicente" y luego le siguió el "Cabo San Roque" con los cuales hicimos 37 viajes y nos fue muy bien en todo.
Pero antes de comenzar el primer viaje, mi primer contacto fue con la Dirección del Antártico Argentino, que comenzó por instruirnos sobre el cruce del Estrecho de Drake que algunos llaman paso de Drake y que es un crucero muy difícil. Nos hablaron que en esa zona los temporales eran cíclicos, para cruzar el Estrecho del Drake, había dos días de tiempo razonablemente buenos y dos días de tiempo irregular, y uno muy irregular, por lo que el primer consejo de acuerdo a las fechas que viajáramos, era esperar en algún canal cerca del cabo de Hornos, una señal de radio que nos confirmara el estado del tiempo, y nos aconsejaran el cruce.
Esto tampoco significaba grandes garantías, porque en el sur, se producen depresiones barométricas de mayor o menor intensidad en solo un par de horas, pero como nuestros buques tenían buena marcha, se estimaba que el cruce podía ser de una singladura y alguna hora más.
Naturalmente, siguieron una gran cantidad de instrucciones. El plan era viajar directamente a la base naval "Almirante Brown", que si bien no estaba operable, sí había estafeta postal, desde donde se podían dar por despachado correo, entregándolo al correo de Usuahia al regreso. También se esperaba ir a una segunda base al oeste, que si bien recuerdo era "Base Esperanza", y no descartábamos poder viajar a la Isla Decepción, isla volcánica, que abría una especie de bahía con gran seguridad para fondear y desembarcar.
También nos dieron las instrucciones respecto de salvavidas, ropa de color naranja, para los que desembarcaban a tierra, que ropa debían llevar para no helarse. Antes que bajaran los pasajeros debíamos, con los tripulantes del barco, colocar cintas naranjas para delimitar los recorridos que podían hacer los pasajeros, se instruía de que no se fuera a tocar ninguna pieza de hierro o de acero, que estuviera sobre los hielos, porque podría quemar la piel, y naturalmente nos dieron tremendas instrucciones respecto a contaminación: abstención absoluta de tocar alguna ave, léase pingüinos y por supuesto, tener la más importante precaución de bajar en botes con pocos pasajeros, porque una caída al agua, de alguna persona, significaba una muerte segura, a partir de un minuto en el agua.