Sobre dos ruedas

Hace meses, un jerarca municipal objetó el descuido con que transitan los ciclistas por calles de Montevideo y dijo que se comportan como peatones con dos ruedas, debido a su empeño en ignorar toda exigencia de la circulación, cuando en verdad están (o deberían estar) sujetos al rigor de la Ordenanza General de Tránsito. Pero ellos no lo saben, o prefieren no saberlo, para insistir en circular a contramano, zigzagueando o marchando por la izquierda de la calzada, cuando los birrodados deberían mantenerse siempre en la senda de la derecha, por no hablar de la falta de luces o de casco. El agravante de ese cuadro consiste en el número cada día mayor de ciclistas y motonetistas que se mueven por las calles, una realidad ante la cual las autoridades competentes han demorado inexplicablemente en tomar medidas.

Ahora, finalmente, la Intendencia montevideana emprendió lo que llama una encuesta entre los miles de ciclistas capitalinos para investigar el uso de esos vehículos en la ciudad y el estado en que se encuentran. Apostados en ciertas esquinas, los funcionarios municipales detienen a los ciclistas para saber si disponen de frenos en buen estado o si tienen las luces reglamentarias, dado que toda bicicleta deberá llevar una luz blanca en la parte delantera y otra roja en la posterior, para poder transitar en horas de la noche o cuando no haya suficiente visibilidad.

Por el momento, la presencia del ciclista en medio de la circulación provoca ciertas alarmas de parte del automovilista, que puede ser enteramente responsable de su propio vehículo pero además debe cuidar en todo momento el comportamiento anárquico de los birrodados, que se le cruzan por delante o aparecen por donde no deben a toda hora y en cualquier sitio. Estimulada por el auge de la entrega de comida a domicilio, la flota de motonetistas también se ha multiplicado y cumple con ese servicio (cuya denominación en inglés, delivery, es más famosa) a una velocidad habitualmente reñida con la prudencia, aunque además cometen las dos irregularidades que son más frecuentes en los ciclistas, la marcha a contramano y el zigzag, agudizadas en el caso de los motonetistas por la velocidad con que se desplazan.

Razones económicas, como la muy atendible de que muchos trabajadores o estudiantes necesiten ahorrarse el boleto de ómnibus, han determinado en gran medida el crecimiento del parque montevideano de bicicletas, en atención a lo cual es bueno que las autoridades adopten una actitud comprensiva ante el fenómeno. Pero la propia seguridad física de los ciclistas es la que impone a esta altura un control y cierta severidad para informarlos, corregirlos, advertirles y amonestarlos cuando corresponda, de manera de rectificar esas conductas displicentes, desconocedoras o anárquicas que han convertido a los birrodados en una amenaza callejera. Por el momento, la encuesta municipal abarca el control de la edad de los conductores (no deben ser menores de 14 años), el de las condiciones mecánicas y aun el empleo del timbre (u otro dispositivo acústico) que también es obligatorio aunque rara vez se cumpla.

Los problemas del tránsito montevideano exigirían empero algo más que este comienzo del control de los ciclistas, porque en otros aspectos el tema padece insuficiencias, desórdenes y aberraciones de solución nada fácil. Uno de esos problemas es el de los peatones con dos ruedas, pero otro es con toda seguridad la conducta de los verdaderos peatones, una masa que no siempre cruza la calle o se desplaza como debería, agregando así otros factores de descalabro y de riesgo a los que alteran esa circulación. Pero un problema adicional, ante el cual las autoridades han mantenido una actitud ambigua, prescindente e irresponsable, son los carritos hurgadores que disfrutan de toda impunidad ante las normas callejeras, beneficiándose asimismo de la tenaz ceguera del cuerpo de inspectores ante cualquier disparate que puedan cometer, y que son varios: transitar sin luces, a contramano y conducidos por menores, sin incluir en esos cargos el maltrato de los pobres animales que los arrastran, una violencia digna de promover reflexiones a nivel cultural y moral.

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