CRITICA/JORGE ABBONDANZA
Esta vez dio en el clavo. El Almodóvar de los últimos tiempos había rebajado su impacto hasta convertirse en una variante desteñida del trabajo de sus mejores años (los de La ley del deseo y Qué he hecho yo para merecer esto) porque a partir de la aclamación mundial recibida por Mujeres al borde de un ataque de nervios tomó conciencia de su singularidad y estropeó el sello espontáneo, el divertido atrevimiento y la soltura juvenil de su primera etapa. Aquí sin embargo recupera el punto exacto, el más disfrutable de su estilo, que debe ubicarse en la confluencia de la sátira, la desvergüenza y la emoción. Utiliza como casi siempre algunas mujeres excéntricas y un conflicto entre ellas que baraja secretos y rencores, pero lo hace con la puntería de quien ha ingresado por fin en la meseta de su madurez artística. Enhorabuena.
Jocosamente, la muerte domina todo el relato, desde una primera escena en que las viudas limpian los panteones de un cementerio pueblerino batido por el viento y al compás de un coro de zarzuela. De allí en adelante, las agonías, los velorios, los asesinatos y los aparecidos de ultratumba poblarán la historia, mientras Penélope Cruz visita a una vieja tía en su comarca natal, supera la desaparición del marido, pone en marcha un restaurante cerrado y descubre cosas impenetrables del pasado familiar. Todo tiene un ritmo, un sabor y unas ocurrencias verbales realmente irresistibles.
laberintos. El título de la película es deudor del viejo tango gardeliano, que la primera actriz canta en clave flamenca para demostrar que las mejores canciones sobreviven a cualquier trasplante. Pero el título alude además a la madre de la protagonista, que ha muerto y sin embargo puede volver de la manera menos pensada, un rasgo fantasmal detrás del que se oculta un drama inconfesable cuyo corte parodial habría festejado Lorca de buena gana. Y aún más atrás de esa caricatura hay un fondo provinciano muy real, atado a los pecados ocultos y a los peores arranques clandestinos de una España cerril que Almodóvar desempolva con placer nada ajeno a un aroma autobiográfico sobre su infancia manchega, quizá tan poblada de viejas rapaces, parentela desconfiada y vecinas abnegadas como esta comedia. Vale la pena internarse con él en ese laberinto de vivos y muertos.
Las actrices almodovarianas están más presentes que nunca en esta oportunidad, porque vuelve Carmen Maura después de dos décadas de pelea con el director, en un reencuentro que parece reforzar la recuperación de un sello personal. Y por ahí asoma Chus Lampreave en un papel breve pero regocijante. Al frente de todas, sin embargo, figura nuevamente Penélope Cruz, esa belleza a la que Hollywood quiere convertir en una muñeca latina pero que en casos como éste reconquista todo su desenfado y su intuición, como si resurgiera la Sophia Loren popular de hace 50 años, pero instalada en las reciedumbres ibéricas. Esas mujeres ayudan a mover el aire casi enloquecido de la historia y a cerrarlo luego con la conmovedora escena final, momento que Almodóvar resuelve con una de las mejores notas de sentimiento de toda su carrera.
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Director, libretista. Pedro Almodóvar
Fotografía. José Luis Alcaine
Elenco. Penélope Cruz, Carmen Maura, Chus Lampreave, Carmen Machi, Pilar Castro, Estrella Morente, Lola Dueñas.
España 2006