RIOSUCIO | DARCY CROWE, AP
Es usual que paramilitares y guerrillas combatan para controlar lucrativos cultivos de coca, pero aquí entablaron una cruenta disputa en la que hace dos semanas 13 civiles fueron decapitados por los rebeldes que buscan dominar el comercio del único producto que abunda en esta jungla: maderas preciosas.
La riqueza maderera que rodea a pueblo del Chocó, a unos 410 kilómetros al noroeste de Bogotá, cerca de la frontera con Panamá, se tornó en una especie de sentencia de muerte para sus habitantes.
Los actores del conflicto pertenecen a uno de los últimos bloques paramilitares activos en el país y a la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).
Desde entonces, para los 14.000 habitantes que viven a orillas de las oscuras aguas del río Atrato, que cruza el departamento de norte a sur, usar una motosierra puede ser visto por las FARC como prueba de que se aliaron a los paramilitares.
Eso ocurrió el 15 de julio cuando la guerrilla decapitó a 13 madereros cerca del pueblo.
Las decapitaciones se han visto antes en Colombia, como cuando a fines de la década de 1990 los paramilitares descuartizaban con motosierras a sus víctimas o cuando los rebeldes arremetían a machetazos contra campesinos cocaleros.
"Las FARC están intentado controlar el negocio de la madera y asustar a la población``, dijo Saúl Buriticá, presidente de la compañía Maderas del Darién que opera en la zona.
Cerca de un 80% de los habitantes de Riosucio vive de la madera.
La región es hasta ahora controlada por paramilitares que se espera entreguen las armas este mes, pero la inminente desmovilización del bloque Elmer Cárdenas, que llegó a contar con 1.500 combatientes, abrió la puerta para que la guerrilla intente controlar la zona.
Otras batallas entre esos bandos fueron por la explotación de esmeraldas, minerales y petróleo, pero controlar Chocó no se limita a la madera, también es hacerse de un corredor para traficar cocaína y armas porque es el único departamento colombiano bañado por los océanos Pacífico y Atlántico.
Manuel Pinzón, un habitante de Riosucio, asegura que los paramilitares llenaron el vacío que causa la ausencia del Estado y ahora "creemos más en las instituciones ilegales que legales".
"Las autodefensas por lo menos entregaron 87 motosierras para que la gente pueda trabajar", sentenció. Además, permiten que las paguen por cuotas.
La ofensiva de las FARC golpeó también a Unguía, a dos horas en lancha de Riosucio, donde 70 familias huyeron de sus comunidades luego del 16 julio, cuando la guerrilla asesinó a cuatro guardabosques del gobierno.
El comandante del ejército en la zona, coronel Richard Gutiérrez, explicó que incrementó los efectivos en la zona para fortalecer su presencia, pero la geografía y la casi impenetrable selva, que las FARC utilizan como guarida cerca de la frontera con Panamá, complica su misión.
El departamento es el más pobre del país, al extremo que ganar U$S 40 diarios trabajando aserrando madera es uno de los mejores trabajos que hay, aunque ello implica internarse en la selva, quedar incomunicado por días y ahora arriesgarse a encontrar a los grupos armados irregulares.
La madera va a parar a ciudades como Cartagena, Barranquilla y Medellín y cada cargamento que sale de Riosucio vale hasta U$S 3.600, pero duplica su precio en su destino, explicaron los negociantes del pueblo.
Esos cargamentos constan de entre dos o tres metros cúbicos de una madera denominada abarco, parecida a la caoba, utilizada para fabricar muebles, muchos de ellos de exportación.
Hasta mediados de los noventa, cuando las FARC controlaban la actividad maderera, cobraban comisiones de entre el 10 y el 15%; con la incursión de paramilitares la tala aumentó y los nuevos actores la hacen de intermediarios y controlan los puertos del Atrato donde se carga la madera, aseguraron los lugareños.