Viernes | 04.08.2006
Montevideo, Uruguay | 05:40
  - Editorial
Poco me importa

SEBASTIAN DA SILVA

Mi ignorancia me impide descubrir cuáles son los motivos por los que Fidel Castro despierta tantas pasiones. La cobertura de su reciente enfermedad es sólo comparable a la que los medios le dispensaron a Juan Pablo II el año pasado. Titulares centrales, fotos en portada, gráficas de sus intestinos, análisis de catedráticos, elucubraciones bizantinas sobre el futuro político de la isla, y hasta el perfil de la elite gubernamental que gobernará a Cuba mientras este dictador está internado. Las posiciones a favor y en contra del régimen castristas son en esta instancia algo secundario; a nadie sorprende que desde el Pit-Cnt, el Frente Amplio y todo el eje neopopulista que pulula por Sudamérica se manifieste preocupación, y mucho menos que Miami esté de fiesta, Washington esté expectante y se escuchen gárgaras de liberalismo político a lo largo y ancho del mundo. El problema no es qué posición tengamos frente a lo que acontece en este territorio, sino que la misma ocupe tanto tiempo de la atención nacional e internacional.

Cuando yo nací en 1972, la dictadura cubana estaba en pleno apogeo; el mundo bipolar alimentaba con rublos soviéticos el romanticismo de aquellos idealistas que resistiendo en las sierras, exterminaron a Fulgencio Batista. El temor norteamericano equivocaba el camino con el bloqueo y en Uruguay a los hipnotizados por revoluciones de esta calaña, la preparación y ayuda recibidas de Fidel y sus amigos no les serían suficientes para importar el socialismo.

Pasaron los años, cayó el comunismo, América Latina se ca-yó y levantó una y mil veces por la crisis del petróleo, efecto tequila, caipirinha, tablita, corralito y no sé cuántas cosas más y el tema de Cuba siempre vuelve a estar presente.

El Comandante, mote con el que le gusta denominarse a este tirano del tercer mundo, desparrama histeria a su paso fuera de su feudo, convoca masas para escuchar discursos de cinco horas a gente que al otro día se las ingenia para ganar más plata para su confort familiar, despierta la admiración de periodistas que hacen gala de su independencia crítica hacia los sistemas políticos de turno, y de dirigentes de todas las tendencias que se pelean por sacarse una foto con Fidel. Recuerdo cuando vino en el 98, estando invitado quien escribe a la ceremonia de entrega de la llave de la ciudad por mi condición de edil suplente, cometí el error de no ir a tan ilustre acontecimiento e indignarme con aquellos que pensando co-mo yo se vistieron con las mejores galas. Me perdí la oportunidad de sentir de cerca la génesis de este magnetismo inexplicable o de conocer a un representante de toda una etapa en la vida del planeta al que la historia no tengo duda terminará condenando.

Así que por ignorante o insensible no tengo empacho en decir que lo que pasa en Cuba por estas horas me importa lo mismo que si pasara en, por ejemplo, Guatemala o Dominicana, y a los hermanos del pueblo cubano los quiero y los respeto como quiero a los participantes del Show de Don Francisco. Lamentablemente dictaduras son las que abundan, terrorismo de estado como el castrista existen en el resto de los continentes y la imposición de la democracia sigue siendo la excusa perfecta para los intereses norteamericanos. Por tanto seguiré equivocado, pero con la conciencia tranquila de no ser hipócrita conmigo mismo. Con los problemas que tenemos basta y sobra.

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