Luminoso Chesterton

RUBEN LOZA AGUERREBERE

Decía Borges que el agrado que nos proporciona Chesterton es irresistible y constante. Ello ocurre con sus cuentos, novela, poesía, biografías y con sus ensayos. En este campo, aludo al reciente libro titulado "Correr tras el propio sombrero y otros ensayos" (Ed. Acantilado), el que nos devuelve las reflexiones de un maestro de las letras inglesas modernas.

Gilbert Keith Chesterton nació en 1874, en Campden Hill, Kensington. Formado en la escuela de Saint Paul y en la Slade School of Arts, se destacó por sus trabajos periodísticos. No tardó en llegarle la fama debido a su poesía y su obra narrativa.

Chesterton se hizo bautizar católico en 1922 por su amigo, el padre O`Connor, quien, se dice, sirvió de modelo para el Padre Brown detective, personaje de sus celebrados cuentos policiales. Tras su conversión publicó las hermosas biografías sobre San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino.

Chesterton tenía una personalidad fogosa; era dueño de una enorme independencia. No menos imponente era su estatura, sus bigotes, su bonhomía. Borges contaba que Chesterton ocupaba dos asientos en un tranvía. Murió, a los 62 años, en Beaconsfield, llorado como una persona de incontables amigos.

La lectura de Chesterton hace bien porque elude siempre las sombras y es un fiel amante de la luz. En "Correr tras el propio sombrero" habla de muy variados temas como fruto de su original sabiduría y su variada experiencia. Así, puede referirse a "La defensa de la novela de quiosco" ("La literatura y la ficción son dos cosas completamente distintas. La literatura es un lujo, la ficción una necesidad"), y en su ensayo "El loco" sostiene que: "Es el hombre feliz quien hace cosas inútiles; el hombre enfermo no tiene fuerzas suficientes para estar ocioso". Y logra percibir que: "Los pobres -los esclavos que verdaderamente se inclinan ante las cargas de la vida- a menudo han sido locos, descerebrados y crueles, pero nunca desesperanzados".

Entre los ensayos del presente libro pasea al lector por un largo tramo, y, cada tanto, la luz salpica su prosa amable y equilibrada, con estos destellos: "El hombre que escribió Los tres mosqueteros debió ser un hombre de sorprendente talento literario y también de eso que los modernos llaman temperamento, es decir, la capacidad de ver el mundo tan poético y elevado como realmente es". Para agregar, hablando de Dumas: "Es necesario ser un gran hombre para escribir así de mal".

En otro artículo, hablando de "Las malas comparaciones", Chesterton sostiene que: "La tiranía es el contrario de la autoridad, pues la autoridad es simplemente el derecho...". Otra observación del caudaloso maestro: "El avaro es alguien que se ha desviado de su búsqueda de la austeridad y se ha dejado seducir por la búsqueda del dinero". Luego escribe, aquí, memorables páginas sobre Shakespeare ("Parece haberse especializado en hacer buenas obras de teatro a partir de malas novelas"), de Kypling, Lewis Carrol y Oscar Wilde. Y de éste, afirma: "Su terrible falacia consistía en no querer ver que hay una razón en todo, incluso en la religión y en la moralidad".

Chesterton abunda en verdades eternas, de esas que anidan en el corazón y la memoria, y es un desafío para la ética contemporánea. Estoy tentado por escribir que hace mucho tiempo no leía un libro tan delicioso. Bien, ya está dicho.

"Estoy tentado por escribir que, hace mucho tiempo, o leía un libro tan delicioso".

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