Martes | 11.07.2006
Montevideo, Uruguay | 05:31
  - Nacional
Hombres de honor

Gerardo Sotelo

Arrinconado y abandonado a su suerte, el coronel Gilberto Vázquez fue capturado como cualquier ladrón de poca monta. El sabueso de la inteligencia militar cometió tantos errores que hasta los funcionarios policiales, que no logran desbaratar la distribución de pasta base ni aunque opere ante sus narices, dieron con su paradero en cuestión de horas. Sus bravatas mediáticas y su imagen de linyera no le alcanzarán para convertirse en héroe de los militares trasnochados; ni siquiera valdrá la pena contar sus andanzas en las reuniones familiares, más allá del almuerzo del domingo pasado. ¿En qué habrá pensado Vázquez durante sus cuatro noches como prófugo? ¿En el desairado comandante que confió en su palabra? ¿En sus camaradas de armas que debieron abandonar las comodidades del cuartel a causa de su fuga? ¿En los Tenientes de Artigas? ¿En sus víctimas?

El comandante del Ejército, Carlos Díaz, no ocultó su disgusto ante la fuga de Vázquez. El honor militar había sido traicionado y eso parece un asunto de la mayor gravedad entre los soldados. ¿Pero cuándo perdió su honor Gilberto Vázquez? ¿El lunes pasado, al consumar su traición a Díaz o cuando participó de una maquinaria represiva que torturó sin piedad a gente indefensa? ¿Por qué acciones fue reprendido por los mandos? La indignación de Díaz sería comprensible si se inscribiera en unos principios de mayor proyección, en los que el respeto por la vida humana estuviera primero. Veinte años después de terminada la dictadura, las jerarquías militares siguen mirando para el costado.

Las tímidas referencias a los crímenes cometidos con el cuento de la "guerra contra la subversión" (y con la guerrilla estaba ya derrotada), no conformaron a la sociedad uruguaya. No la conformaban en 1985, cuando entregaron el poder al primer gobierno democrático; ni en 1989, cuando ratificó la Ley de Caducidad en el entendido de que era un mal menor, ni lo hacen ahora, cuando los militares se rindieron ante la evidencia de las desapariciones, que negaron durante treinta años. No es de extrañar que el deshonor persiga a la institución como una sombra.

Una cosa es honrar la memoria de los soldados caídos en combate (algunos asesinados a sangre fría) y otra es amparar en la lógica de la guerra acciones criminales contra víctimas indefensas. Quienes no aceptamos los secuestros ni las torturas ni las extorsiones ni las ejecuciones ni los vuelos de la muerte ni formamos parte de ningún aparato armado ni despreciamos las instituciones democráticas, merecemos al menos una disculpa. Por no hablar de los familiares de las víctimas. El honor es un atributo de quienes respetan a sus semejantes cualquiera sean sus ideas y no están dispuestos a someterlos a vejámenes por ninguna circunstancia, no importa de qué lado hayan luchado. Por eso mismo, los hombres de honor deben denunciar las violaciones a los derechos de las personas, aunque sus responsables revisten en las propias filas. La indignación de Carlos Díaz ante la felonía de Vázquez parece sincera. Nos queda saber qué opina de los crímenes de los que se le acusa. Recién entonces podremos determinar si el código de honor de nuestros soldados tiene en la cúspide el respeto a la vida humana o los códigos de la trinchera.

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