Hay gotas que desbordan el vaso. Para entenderlo basta con leer la crónica policial: "Un copamiento en San Rafael terminó en homicidio. Una rapiña en Maldonado Nuevo dejó a un muchacho degollado". Esos hechos determinaron una protesta callejera de la población fernandina, que se produjo el miércoles 7 frente a la Jefatura de Policía. Pero la movilización se repitió el martes 13 en la esquina de 18 de Julio y 25 de Mayo, porque "desde que nos reunimos la semana pasada, siguen registrándose hechos delictivos de todo tipo". La conmoción que vive la gente de Maldonado y Punta del Este es en primer lugar comprensible, en atención al volumen de los episodios criminales que alteran la vida departamental, y en segundo lugar es inquietante porque hipoteca (quizá de manera irreparable) el prestigio del famoso balneario como ámbito de tranquilidad social y seguridad colectiva.
Esas cualidades son las que permitieron hace décadas la construcción de un centro veraniego envidiablemente confiado, cuyo diseño de jardines abiertos, libre circulación y casas sin rejas fue el eje de una atracción turística de notoriedad internacional y sentó la norma de una convivencia que mantuvo esos rasgos hasta hace poco tiempo. Pero el paraíso playero se quebró.
Desde la crisis de los años 70, una corriente de migración interna empezó a fluir sobre Maldonado, atraída por un mercado de trabajo doblemente prometedor, no sólo por una industria de la construcción en pleno auge sino también por el florecimiento de los servicios que se prestan en cada temporada, capaces de absorber buen número de mano de obra desocupada.
En los restantes meses del año, empero, la situación es distinta. Como sostuvo la jefa de Policía de Maldonado, "en el invierno sufrimos una baja de la demanda de trabajo y alguna gente canaliza sus necesidades en el delito. Hay un 15,5 por ciento de desocupados contra una media nacional del 12 por ciento". Una ingrata proximidad entre la holgura de los propietarios de inmuebles y la precariedad de aquellos inmigrantes, agrupados en asentamientos o en barrios marginales y virtualmente enquistados en medio del área residencial, determina la inevitable fricción que está desembocando en un ritmo delictivo alarmante.
Inevitablemente, ese deterioro ha trascendido fuera del país y así la prensa argentina "ya está dando despliegue a los problemas de seguridad en Maldonado. Los operadores esteños creen que la difusión del problema generará dificultades en el turismo". El jueves 15, la Junta Departamental organizó un Foro sobre Seguridad al que asistieron autoridades nacionales y eso motivó una tercera concentración popular en reclamo de soluciones. La proclama de los vecinos alertó sobre las consecuencias del crecimiento de población periférica, cuyo efecto es que "en poco tiempo aparecieron el trabajo precario, la desorganización, la droga y barrios que tienen sus propios códigos, donde ni la policía quiere entrar". En esa movilización la gente se quejó de que el Ministerio del Interior "afirma que lo que hay aquí es una sensación de inseguridad. Pero no hay sólo sensación de inseguridad sino mucha inseguridad real". Enojado, uno de los residentes de Parque del Golf aludió al peligro proveniente del cercano Barrio Kennedy, una zona de población obrera donde además se refugian malvivientes y dijo: "La policía ha afirmado que están identificados quince delincuentes que provocan el 80 por ciento de los delitos en Punta del Este. ¿Por qué no hacen algo contra eso?".
No es sencillo el desafío que enfrentan las autoridades departamentales y los mandos policiales, porque la realidad social es un factor dinámico que seguramente agudizará los niveles de inseguridad y de violencia que se viven hoy. Pero el problema está planteado y consiste en un duro torneo entre las condiciones ambientales que deben defenderse para salvar al mayor complejo veraniego del país, y los preocupantes claroscuros sociales que lo rodean. En medio de esa tensión, la gallina de los huevos de oro está en peligro de ser sacrificada.