Enrique Beltrán
Cuando está consolidado el Estado de Derecho, en las elecciones se definen políticas de gobierno y los hombres y los partidos que han de llevarlas a cabo, con la seguridad que en el próximo período electoral se renovará, con no menores garantías, ese fundamental rito de la democracia. Otras veces, cuando aquel Estado padece diversas embestidas que lo cuestionan en esa su esencial característica, las elecciones definen además la suerte de nuestros derechos, y de nuestras libertades, cosa que en esta nuestra América, no es infrecuente.
Por eso es que en esas ocasiones, no alcanza para definir como un triunfo de la democracia el solo hecho que el gobierno que de allí nace, lo haya sido por la libre voluntad de los ciudadanos, si al mismo tiempo, abiertas las urnas, el pronunciamiento de las mayorías es para confiar el gobierno a quienes se proponen terminar con el sistema que les ha permitido llegar al poder. Desde esa encumbrada posición, descomponer entonces el Estado de derecho y abatir las libertades que consagra. Quedarán entonces por largo rato arrumbadas las urnas como cosas de museo. Sólo la farsa las abre, si así lo dispone la dictadura de turno para fabricar la imagen de su falsa popularidad.
Por eso, el reciente acto electoral celebrado en Perú, que dio la victoria al Dr. Alan García, fue una jornada democrática doblemente ejemplar. Lo fue porque el pueblo eligió a su nuevo gobierno libremente, en paz y con plenas garantías de su pureza y autenticidad. Lo fue además, porque la oratoria del otro candidato y las amistades del exterior que quisieron erigirse en sus genios tutelares, hicieron temer que junto a la disputa por la Presidencia de la República, fuese la supervivencia de la propia democracia la que jugaba allí también su suerte. Quizás, porque así lo comprendió una clara mayoría del pueblo peruano, es que fue elegido a la más alta magistratura por segunda vez el Dr. Alan García. Lo que tiene de excepcional este nuevo mandato que se le brinda después de algo más de veinte años de elegido por primera vez, es que el desempeño que tuvo entonces fue de un populismo empobrecedor y desquiciante. Su recuerdo parecía ser fardo demasiado pesado, como para poder superarlo con éxito en una nueva presentación electoral. Sin embargo ¡vaya que lo superó!
Sin desconocer la parte que le correspondió a su talento, a su prédica, a su público arrepentimiento, a la madurez que suele dar la adversidad, hubo dos factores que fueron decisivos. Uno de ellos fue el temor que el triunfo de Ollanta Humala, fuera la derrota de la democracia y el regocijo de la oleada autocrática que pretende derramarse en el continente empujada por el mesianismo petrolero de Chávez y por la tesonera senectud de Castro. Bien representativo de esas razones fue la que invocó Mario Vargas Llosa, duro crítico de la primera presidencia de Alan García, cuando dijo por qué lo votaba: con él, está por "lo menos seguro que habrá elecciones a los cinco años."
Creo, sin embargo, que el más decisivo de los factores que hinchó las velas para el triunfo del líder aprista, fue la reiterada y desvergonzada intervención de Hugo Chávez a favor de Humala, los insultos prodigados a Alan García, y todavía, el anuncio de la ruptura de relaciones si era éste el que triunfaba. Todo ello hizo de aquella jornada electoral además una jornada por la propia soberanía.
El atropello de su soberbia y de sus millones, esa incapacidad para no salir del encierro de su egolatría, del mismo tamaño que su mediocridad y de sus pozos petroleros no le dejó ver que, para Humala, era el suyo el abrazo de la muerte.
Alan García tiene una segunda oportunidad, pese al desastre de su primer mandato. Pienso que quizás está en mejores condiciones para un gran gobierno que quien llega libre de culpa. Consciente de sus errores se le ha abierto una nueva chance para enmendarlos. Casi un milagro como el de una segunda vida. Pocos gobernantes asumirán más consciente de sus responsabilidades, y más decidido a no dejarlas por el camino. No le será fácil la marcha porque Chávez no olvidará, pero otra vez será derrotado.