Todos los extremos son malos, como se sabe de antigua data. Por ello, la verdad suele encontrarse en el término medio de las proposiciones antagónicas, como enseñaba Aristóteles. O sea, el rey de los filósofos. Conviene recordarlo, ante la "declaracionitis" que está exhibiendo nuestro gobierno respecto de su confrontación con la Argentina y con su descomedido presidente.
Al principiar el conflicto, se erró al calibrar su verdadera motivación, atribuyéndosele el carácter de un episodio electoral. Pero pasaron los comicios que indujeron a dicho grave yerro, la acometida de nuestros vecinos prosiguió casi en progresión geométrica y la cancillería uruguaya siguió dando la callada por respuesta. O casi. Y la cosa no mejoró durante el mes de enero, cuando el bloqueo de los puentes resultaba ya una medida "sine die" y los perjuicios a nuestra economía, con el sector turístico al frente, ya eran un hecho consumado.
El presidente descansaba y pescaba. Así se ha dicho y nadie lo ha desmentido. El canciller, entre tanto, pasaba casi todo el mes en Europa -primero en España y luego en Rusia-, gestionando asuntos de dudosa importancia frente al batifondo armado por los ambientalistas entrerrianos, con la evidente complicidad de Kirchner y su séquito.
Tan pertinaz fue la agresión, a tal grado llegó la contumacia del ocupante interino de la Casa Rosada en la intromisión en nuestros asuntos domésticos y en el atropello a nuestros derechos, que, de a poco, el gobierno uruguayo se vio obligado a reaccionar. Pero lo hizo en forma descoordinada. Y, como es habitual en él, con el inarmónico ingreso a escena de actores ajenos a la cancillería, que es la protagonista natural en las controversias con otros países. Sobre todo, cuando son graves.
Así, un día opinaba Arana y al siguiente Mujica. Este, en Buenos Aires y en improcedente diálogo con un funcionario argentino. Mientras tanto, el secretario de la Presidencia, en un marco por completo ajeno al circunscripto rol que le asigna su cargo, desplazaba al ineficiente Gargano en el desarrollo de una negociación que no llegó a buen puerto. Ese fracaso enardeció al "señor K", quien es propenso a las reacciones destempladas, pues confiaba en obtener por dicha vía la suspensión de las obras de Botnia. Pero tuvo la virtud, al menos, de poner la situación en claro. Argentina lleva el diferendo a la Corte de La Haya y, de paso, bloquea la consideración del problema en los niveles políticos del Mercosur, con la aquiescencia de Brasil, que, como casi siempre, menosprecia nuestros derechos.
Llegados a este punto, que es en el que estamos, cada actor gubernamental pareció reasumir el rol que específicamente le corresponde, salvo Astori, que siempre se mantuvo en el suyo. Y el centro del escenario fue ocupado por el doctor Vázquez, quien está desplegando ahora, en torno al conflicto, una hiperactividad. Se fue al otro extremo.
Ello ni es necesario ni es conveniente, de parte suya y, asimismo, de la cancillería y de su desacreditado titular. Tendremos un litigio con la Argentina, ante la Corte de La Haya, de larga duración y que en definitiva ganaremos, pues nos asisten la razón, la justicia y el derecho. Entre tanto, la planta de Botnia seguirá su construcción y de aquí un año -o poco más- entrará en funcionamiento y causará una contaminación mínima, irrelevante, lo que terminará de liquidar la prepotente pretensión argentina.
Está claro, entonces, que el tiempo juega a nuestro favor, por lo que hay que serenarse y hablar menos. Bastante menos. El exceso de declaraciones conlleva el riesgo de que no siempre sean felices y además propicia las réplicas de la contraparte, encaminadas a confundir a la opinión pública internacional, terreno en el que, por ahora, va perdiendo por goleada. Así, al apoyo del comisario de comercio exterior de la Unión Europea, Peter Mandelson, se sumó ahora el de su director general de relaciones exteriores, Eneko Landaburu, quien aseveró que la Argentina "está dinamitando" el Mercosur y que su conflicto con Uruguay "es inconcebible". ¿Alguien no lo advierte?