El mundo se prepara para el estreno de El código Da Vinci. Tras su lanzamiento en Cannes el próximo miércoles 17, el film de Ron Howard llegará al día siguiente a las pantallas universales, y en Uruguay se estrena dos días después. Es inevitable que las polémicas que acompañaron la publicación (y el éxito de ventas) del original literario de Dan Brown, se actualicen y multipliquen a partir de la difusión de la película.
En la Ciudad del Vaticano, autoridades de la organización católica Opus Dei, abundantemente maltratada en el libro de Brown, han exhibido una dosis de sentido común y hasta un leve toque de ironía al señalar que novela y película "le hacen publicidad". La Iglesia Católica de Costa Rica anunció que no prohibirá a sus fieles que vean la película ni boicoteará su exhibición, pero advertirá al público sobre el contenido del film. En Alemania, el secretario de la Conferencia Episcopal, Hans Langendörfer, ha dicho igualmente que la Iglesia Católica no desea conflictos. El episcopado peruano exhortó a los católicos a ejercer un juicio crítico para preservar la verdad histórica y evangélica, pero tampoco llamó al boicot. Ha habido reacciones similares en otros lados.
Entre tanto Tom Hanks, protagonista del film, declara no entender tanto escándalo. En declaraciones al periódico londinense Evening Standard el actor ha afirmado: "Siempre supimos que habría un segmento de la sociedad que no querría que se mostrara la película", agregando sin embargo que "la historia que cuenta la película está llena de recursos cómicos y de salidas sin sentido, que no deberían ser tomados de forma lineal".
controversias. Lo sorprendente es que Hanks se sorprenda. De hecho, las polémicas comenzaron con la publicación misma del libro de Brown, que según toda referencia el film trata de seguir lo más fielmente posible. Como saben ya sus más de cuarenta millones de lectores, y se enterará más gente cuando vea la película, el asunto arranca con un asesinato en el Museo del Lou-vre, un profesor norteamericano (Hanks) que es convocado para ayudar en la investigación y se convierte en el principal sospechoso, una desesperada fuga en la noche en compañía de la nieta (Tautou) del hombre muerto, y el progresivo descubrimiento de una vasta conspiración para ocultar un secreto cuya divulgación sacudiría las bases del Cristianismo: Jesús estuvo casado con María Magdalena, tuvo descendencia que aún vive entre nosotros, y hay gente dispuesta a matar para que no se sepa. Un monje albino del Opus Dei (institución en la que no hay monjes) es el "gatillo" en la serie de crímenes que se cometen a lo largo de la historia, aunque hay algún giro sorpresivo (o no tanto) con respecto a la autoría intelectual de esos delitos.
En un reciente documental televisivo Brown ha explicado que la idea inicial para su novela se la sugirió un profesor de arte que llamó su atención sobre el hecho de que en La Ultima Cena de Leonardo falta la imagen del Grial (la copa que contuvo el vino de la cena, y luego la sangre de Cristo tras la Crucifixión), y que el apóstol Juan tiene un aspecto sospechosamente femenino. Ese hecho disparó su "teoría de la conspiración": Juan no es Juan sino María Magdalena, el Grial no es una copa sino el vientre de la mujer que contuvo la simiente de Cristo. La intención original de Jesús era hacer del Cristianismo una religión con un fuerte componente femenino, y María Magdalena debió ser su primera sucesora. Solo que los Apóstoles y la Iglesia lo estropearon todo.
Allí habrían comenzado los ocultamientos, un operativo de chantaje que involucró a los Caballeros Templarios (luego debidamente exterminados) y hasta las operaciones del Priorato de Sión, una organización esotérica creada en el siglo XX pero al que la novela y los muy especulativos pseudohistoriadores Richard Leigh, Henry Lincoln y Michael Baigent, en un par de libros que en castellano se llaman El enigma sagrado y El legado mesiánico y que han sido dos de las principales fuentes de Brown, otorgan una antigüedad de casi mil años.
HISTORIAS. También empiezan ahí las polémicas sobre los hechos y las ficciones contenidos en El Código Da Vinci. Si todo se redujera a una reconocida "ficción" habría acaso menos problemas, aunque mucha gente se seguiría enojando por el poco rigor con que el autor maneja creencias religiosas que merecen un poco más de respeto. Pero las cosas se complican cuando Brown inicia su libro afirmando como "hechos" la antigüedad de Priorato o la exactitud de otras afirmaciones y descripciones de lugares y obras de arte, y tanta gente parece dispuesta a creerle.
Hace algunas semanas circuló por Internet la afirmación de que la empresa productora estaba buscando el asesoramiento de un grupo de expertos para defender la historicidad y la exactitud de muchos de esos "hechos". Todo indica que no los encontraron, y prefirieron variar el enfoque. Habrá que ver en definitiva lo que los libretistas del film hicieron con el tema, pero para quienes lleguen a él con cierta curiosidad sobre temas culturales conviene advertirlos sobre ciertas cosas.
Como mucha otra gente, Brown cree que Constantino oficializó al cristianismo como religión del estado romano. Se equivoca: el Edicto de Milán se limitó a tolerar una religión hasta entonces prohibida, pero el Emperador siguió siendo el Pontifex Maximus del culto oficial romano. Se bautizó quince días antes de morir, por las dudas. La imposición del cristianismo y la prohibición de los cultos paganos es obra de Teodosio, medio siglo después.
Tampoco la divinidad de Jesús fue el tema central del concilio de Nicea: lo discutido fue la doble naturaleza (divina y humana) de Cristo, y la relación entre ambas. Los cristianos creían en la divinidad desde tres siglos antes, y hay abundante documentación al respecto. El Dios Jesús no es un invento de Constantino.
También están los Templarios, exterminados según Brown por la perfidia del papa Clemente V como parte del "cover up". No hace falta ser muy sagaz para sospechar que los Templarios fueron un blanco tentador por razones más prácticas: recibían enormes donaciones, y se habían convertido en los banqueros de Europa. Hoy casi nadie duda de que las acusaciones que se dirigieron contra ellos, desde satanismo a herejía y menos increíblemente) sodomía, fueron mayoritariamente una fabricación. En todo caso, Clemente fue un villano secundario en el cuadro. El verdadero instigador de la matanza fue el rey de Francia, Felipe el Hermoso (en otros países no hubo casi condenas). Sin embargo, Brown imagina que "las cenizas de los Templarios fueron arrojadas al Tíber por orden del Papa", con lo que demuestra que ni siquiera sabe que en tiempos de Clemente la Santa Sede no estaba en Roma sino en Aviñón, Francia. El Papa era francés, y una marioneta en manos del rey. Si hay que cuidarse de esas informaciones históricas, también hay que desconfiar de algunas afirmaciones sobre arte. Brown se sorprende de que la copa no esté en La Ultima Cena, pero no parece haberse dado cuenta de que tampoco está en el Evangelio de Juan que sirvió de inspiración a Leonardo (es el único de los cuatro evangelios que no cuenta la institución de la Eucaristía). Que Leonardo pinte jóvenes con aspecto afeminado (ver su Juan el Bautista) tampoco dice mucho sobre Jesús y su entorno, sino sobre el propio Leonardo. ¿Y qué decir acerca de que el nombre de la Mona Lisa es un anagrama del costado masculino (Amón) y el femenino (Isis) de la religión egipcia? Más cerca estaba Madonna Lisa, esposa de Francesco Bartolomeo del Giocondo, que sirvió de modelo al cuadro.
Una indagación en viejos documentos en busca de las bases de una teología que destaque a la mujer
Una de las tesis centrales de El Código Da Vinci es la de que el verdadero Jesús fue un feminista o casi, y que María Magdalena habría sido la antecesora de Frances Kissling o Rosemary Radford Ruether, portavoces famosas del feminismo teológico contemporáneo. El canon eclesiástico oficial habría hecho desaparecer la evidencia al respecto, que permanecería oculta empero en los Evangelios Apócrifos, especialmente los documentos gnósticos descubiertos en Nag Hammadi, Egipto, en 1945. Allí se describe, en efecto, a Jesús besando en la boca a María Magdalena, lo que podría fundamentar (suponiendo que los textos merecieran alguna credibilidad) la teoría de que la relación entre ambos fue algo más que platónica.
Quienes han leído El enigma sagrado han observado que Brown cita los mismos fragmentos de Nag Hammadi que sus autores, lo que sugeriría que no leyó los documentos originales, presuntamente ocultos por la Iglesia Católica aunque la española Biblioteca de Autores Cristianos lanzó al mercado una edición bilingüe en los años sesenta. Allí se pueden leer los evangelios de Tomás y Felipe, y hacerse una idea de su feminismo. De hecho, para los gnósticos el universo material era el mal, y la mujer merecía el reproche de ser el instrumento de la procreación, la culpable de que las almas quedaran atrapadas en cuerpos humanos de los que el espíritu debería librarse.
El párrafo final del Evangelio de Tomás es al respecto muy revelador. Tras describir un último encuentro de Jesús con sus discípulos, agrega: "Simón Pedro les dijo: `¡Que se aleje Mariham (es decir, María Magdalena) de nosotros, pues las mujeres no son dignas de la vida`. Dijo Jesús: `Mira, yo me encargaré de hacerla macho, de manera que también ella se convierta en un espíritu viviente, idéntico a vosotros los hombres, pues toda mujer que se haga varón entrará en el reino de los cielos`".
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