Comparsas en Viena

Ahora que hemos visto que a los socialistas de hoy en día no les tiembla la mano al estrechársela al presidente de Estados Unidos (ni los labios al besar a su secretaria de Estado, ¡qué ternura!), y que se puede denostar al ALCA en Caracas y coquetear con él en ciudad de México sin padecer esquizofrenia, no veo por qué deberían extrañarnos otro tipo de contradicciones. La realpolitik está llena de ellas, y es sabido que sus actores pueden girar de un lado a otro sin trastabillar. Como en un vals vienés.

A propósito, uno hubiera imaginado que la cumbre Unión Europea - América Latina celebrada en la capital austríaca iba a marchar al ritmo de Strauss, Mozart o los Niños cantores de Viena, que al parecer amenizaron los postres en la cena de gala ofrecida por el presidente Heinz Fisher en el Palacio Hofburg, donde el protocolo tuvo la delicadeza de ubicar a Kirchner y a Vázquez en mesas bien distantes.

Sin embargo, por mucho Schütz, Gallus o Schubert que hayan desgranado aquellas voces angelicales, y a pesar del redondísimo aniversario que tiene a los austriacos al piano día y noche (250 años de Amadeus, para desgracia de Salieri), la cumbre de Viena sonó más bien a tango rioplatense y a lamento boliviano.

Despechados por el bendito asunto de las plantas de celulosa, los presidentes de Argentina y Uruguay le lloraron varias milongas por separado al dueño de casa, a Angela Merkel, a Michelle Bachelet, a Rodríguez Zapatero y hasta a Kofi Annan, entre otras víctimas.

Mientras tanto, alentado por su compinche venezolano Hugo Chávez y por unas cuantas banderas del Che, el boliviano Evo Morales se las ingenió para montar una contracumbre, fustigar duramente a las empresas extranjeras, despotricar contra 500 años de explotación y solicitar la condonación de la deuda, arruinándole con ello la cena a varios presidentes europeos y a su vecino Lula, que ahora es visto como un oligarca imperialista.

Pero cuando todos creíamos que la cumbre se iba a apagar al son de quenas y bandoneones, apareció ella. Apenas enfundada en un bikini bordado de lentejuelas y montada en unas altas botas negras que favorecían su celestial trasero, Evangelina Carrozo se coló en la foto de familia para sumar un toque carnavalero y dejar boquiabertos a los 58 mandatarios con su breve y deslumbrante desfile ecologista.

Repasen las imágenes, que son una delicia. Petrificado como un pingüino de Santa Cruz, Kirchner pone cara de yo-no-fui. Vázquez, con la carpeta que dan unos cuantos carnavales en La Teja, sonríe amablemente. Peripuesta en primera fila, la presidenta Tarja Halonen parece estar carcomiéndose de envidia: no hay planta finlandesa capaz de dar esas carnes, querida. Olvidando por completo que viene de visitar a Benedicto XVI en el Vaticano, Chávez aplaude chocho de la vida. Y a Tony Blair, acostumbrado por imperio de la sangre a conquistar posesiones argentinas, se le cae la baba.

Reacciones internacionales al margen, nadie negará la puntería de Greenpeace al elegir a la reina del carnaval de Gualeguaychú para llevar la protesta hasta Europa. Al fin y al cabo, la plana mayor de América Latina parece empeñada en actuar como una comparsa.

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