CARLOS REYES
Los días en que el dramaturgo optaba primero por un tema y luego lo volcaba al papel han quedado atrás para una nueva generación de artistas del escenario. Las nuevas voces del teatro oriental coinciden en primer lugar en ese punto: todos escriben a partir de un disparador, un estímulo visual o sonoro, pero no de un tema.
Así lo sostiene, por ejemplo, Gabriel Peveroni, autor de Groenlandia: "No elijo temas. Siempre escribí desde disparadores visuales: una escena, una imagen, un objeto, un territorio. Después aparecen los personajes y recién después se va delineando una forma, una escritura y finalmente aparece el tema."
Idénticas opiniones expresan otros dramaturgos emergentes. Marianela Morena, autora de Don Juan o el lugar del beso, afirma que "no es racional el estímulo que me lleva a escribir." Carlos Reherman, autor de Prometeo y la jarra de Pandora, cuenta que es asaltado "por una imagen o una lectura". Su monólogo Basura, recientemente premiado por el C.C.E., surgió a partir de una caminata por la playa.
Evidentemente, esta camada de autores de distintas edades tiene en común cierta atracción por lo irracional, el caos o la locura.
INFLUENCIAS. A diferencia de lo que sucedió en Buenos Aires, donde una generación literaria tuvo a cargo renovar el teatro de los años `90, en Montevideo no hay una generación vinculada tanto por las estéticas como por las circunstancias. Sin embargo, el Caraja-ji porteño (grupo que renovó la escena argentina a través de autores como Daniel Veronese, Javier Daulte, Rafael Spregelburd) marcó muchísimo al teatro local.
Rupturista, antinaturalista y dispuesto a derribar el costumbrismo, del Caraja-ji hay mucho en las puestas que más sorprenden en la cartelera montevideana. De hecho, Marianela Morena tiene a Daulte y Spregelburd como dos de sus referencias. Roberto Suárez, hacedor de El hombre inventado, reconoce la influencia de Veronese. Gabriel Calderón (Mi muñequita, Las buenas muertes) siente que Spregelburd y Daulte lo han influido, principalmente en el terreno teórico.
El cine es otra área que marca a muchos de estos dramaturgos nuevos, así como el mundo de la plástica, la música y la filosofía. A partir de esos estímulos van surgiendo los temas, que está lejos de ser el de la familia autodestructiva de clase media que discute en el living de la casa.
Suárez afirma que entre los temas que lo estimulan destaca la niñez, "por ser una etapa de formación. Es un tema del que estoy muy prendido, y lo encaro desde diferentes ópticas. En El hombre inventado era un enfoque más existencial, mientras que en El bosque de Sasha había una aproximación desde lo familiar."
Gabriel Calderón, otro revolucionario de la escritura teatral uruguaya, afirma que "el caos define un poco toda mi dramaturgia. En Las buenas muertes me inspiré en una crónica policial para contar cuatro historias, y en Uz, el pueblo, hice una comedia a partir de la idea de poner a Dios en contradicción con las persones. Muchos me han hecho notar que en mis obras siempre está presente la muerte".
Peveroni asegura que no le interesan los abordajes simples ni los personajes que se comportan como el espectador espera: "Prefiero manejar una mirada más expresionista, catártica y abierta." En ese punto coincide con Calderón, quien afirma su predilección por lo fragmentario.
Sin embargo, el autor y director de Mi muñequita es un artista muy atento a los aspectos formales de su escritura: "Estoy más preocupado en cómo se puede contar una historia que en la historia en sí. Ya sea una comedia, una obra política o de terror, lo que más me interesa es la estructura, lo que no quiere decir que el contenido no me importe".
futuros. Es lógico que este conjunto de artistas, al que habría que sumar nombres como el de Mariana Percovich, no ha erradicado (afortunadamente) al costumbrismo. Junto a ellos conviven otros autores (Teresa Deubaldo, Eduardo Cervieri) que no dieron la espalda a Florencio Sánchez.
No obstante, esta renovación estética parece ir camino a afirmarse. En ese punto, los artistas entrevistados tienen diferentes opiniones. Reherman considera el teatro un arte para pocos, y está conforme con permanecer "amparadito en el desconocimiento público".
Otros creen que el trabajo del dramaturgo está cada vez más vinculado con un grupo de artistas más amplio. En ese concepto coinciden Suárez y Morena, esta última afirmando que no cree "en el dramaturgo aislado en su casa". El creador de El hombre inventado también afirma que el autor teatral hoy debe trabajar codo a codo con el actor o el iluminador.
Otro terreno en discusión es la mayor o menor posibilidad que los dramaturgos experimentales tienen de llegar a los escenarios. En ese punto, los concursos (públicos y privados) ofician generalmente de puente, permitiendo que nombres prácticamente desconocidos empiecen a sonar con más fuerza. También la Movida Joven (organizada por la IMM) es una especie de semillero de donde han salido autores que hoy nutren el circuito profesional.
En esa línea, es constante el reclamo de un sector juvenil del teatro, que pide cancha para participar en las grandes compañías de teatro independiente. La alianza que el Teatro Circular hizo con Calderón, que actualmente tiene tres títulos en esa compañía, es un ejemplo de lo fructíferas que pueden ser esas relaciones.
Pero también Roberto Suárez llama la atención sobre un detalle no menor: "No se necesita una sala para hacer teatro", sostiene el artista, reclamando de algún modo que si los teatros no se abren a los artistas nuevos, éstos pueden tomar los espacios no convencionales.
Calderón remata con una observación optimista: "Es el momento ideal para armar un debate sobre el autor nacional. Porque hay gran diversidad de propuestas, pero a veces entre los artistas no nos conocemos. Sería fácil crear un centro de dramaturgia, para reunir documentación, publicar una revista de teatro, y así conocernos más entre los artistas y también hacernos conocer".
Lo irracional
"El caos define un poco toda mi dramaturgia", afirma el joven autor Gabriel Calderón
Las obras que sus autores guardan en los cajones
Además de las comedias de Omar Varela y los espectáculos de humor de Andrés y Gerardo Tulipano, una serie de obras más experimentales irán llegando a la cartelera con el paso del tiempo. Marianela Morena ha escrito durante todo el verano y tiene varios títulos guardados en su ordenador. Además de una obra sobre el pintor Toulouse Lautrec, que llevará a escena Carlos Aguilera, tiene dos obras: Belleza radical y Simulacro de amor, esta última basada en una reescritura de Florencio Sánchez.
Gabriel Calderón prepara Mi pequeño mundo porno, que es una especie de corte transversal a un hotel que busca mostrar la variedad de mundos a través de una veintena de personajes. La obra tiene monólogos y diálogos y está armada un poco a la manera de un musical.
Peveroni, que sacó una mención en el C.C.E. con Mc. Morphine (un texto escrito especialmente para Nicolás Becerra que divaga sobre la morfina y la poesía nacional), está trabajando en Luna roja, que piensa estrenar en julio con su directora de siempre: María Dodera. Y para el 2007 prepara otro texto llamado Berlín.
Reherman seguramente dará a conocer su monólogo Basura. La idea es llenar un escenario de basuras, y ubicar en él a un individuo convertido en cucaracha, un animal que el escritor define como muy limpio, y que de alguna manera representa al ser inmune a su entorno.
Roberto Suárez prepara su primera película, Ojos de madera, y otra obra teatral, en la que quiere trabajar también como actor. No van a faltar entonces títulos estimulantes en las tablas uruguayas, donde el caos y la locura tienen asegurado un lugar.