No perder tiempo

SEBASTIAN DA SILVA

Acalladas las voces de perplejidad de lo que vimos en Washington D.C. la semana pasada, debemos como uruguayos tomar conciencia de la oportunidad que tenemos arriba de la mesa.

La posibilidad de poder acordar un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos está muy lejos de ser eterna, a los plazos de vigencia de la Trade Promotion Autorithy (TPA) más comúnmente conocido como el Fast Track, y que habilita al Poder Ejecutivo de este país a negociar con otros estados acuerdos comerciales, les queda poco más que un año de vida. Por este mecanismo todo acuerdo comercial al igual que en nuestra legislación, debe tener ratificación parlamentaria. El Congreso puede aprobarlos o rechazarlos, pero no modificarlos.

En el pasado estos tratados tenían de parte del parlamento americano la posibilidad de ser cambiados, en tanto y cuanto se les ocurriera a los legisladores de turno. La consecuencia de esta práctica utilizada anteriormente era que cada Diputado defendía a capa y espada la producción de su distrito electoral, y los plazos ya engorrosos del Capitolio se extendían más y más, algo que por esta vía rápida se resuelve razonablemente en beneficio de las partes.

Otra ventaja de acordar bajo el manto de la TPA es el irrestricto respeto a normas medioambientales que obliga a priorizarse por parte de los negociadores norteamericanos y las normas de protección laborales que casi en paralelo con los principios de la Organización Internacional del Trabajo deben tener los países con quienes Estados Unidos acuerde. De esta forma se evita la generación de productos producidos en regímenes de semiesclavitud que dan origen al denominado dumping social.

Por tanto, el marco institucional existente es triplemente beneficiosos para Uruguay, en primer lugar porque tiene un horizonte cierto con plazos que obligan a una negociación eficiente; en segundo termino porque aleja los temores de ser receptores de inversiones contaminantes y por último porque asegura a las organizaciones sindicales que sus derechos laborales tienen que estar arriba de la mesa a la hora de acordar.

Por estas horas comienza el debate en la izquierda: pareciera que producir más, acceder a mercados con altísimos niveles de ingreso y diversificar la producción con mejor valor agregado no amilana a los dinosaurios de la negatividad.

Nada de lo que se diga tiene comprobación empírica, no existe un solo estado que habiendo firmado un acuerdo de estas características haya profundizado los niveles de deterioro social, todo lo contrario y si no que lo demuestren. Las excusas de quienes se oponen a un TLC no van por la defensa de los intereses nacionales sino por la defensa de su propio intelecto, que no digiere que como en tantas cosas ha vivido equivocado.

Si algo bueno tiene la llegada de la izquierda al poder es justamente por estos vaivenes que algunos le llaman pragmatismo, y nosotros caradurismo y que de resolverse adecuadamente, alejarán para siempre de la discusión política los estigmas con que se dividió a la sociedad con el objetivo de acumular poder.

Ahora seremos todos imperialistas, neoliberales, fondomonetaristas y capitalistas, pero al mismo tiempo seremos uruguayos más dignos, dueños de aprovechar el marco de oportunidades que se nos presentan sin pedirle permiso a nadie.

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