JORGE ABBONDANZA
Murió en Roma a punto de cumplir 85 años. Se llamaba Alida María Altenburger y había nacido en mayo de 1921 en Pola, una ciudad que ahora pertenece a Croacia. Pero esa italiana de apellido germánico fue más conocida por su seudónimo de Alida Valli, con el que tuvo una carrera cinematográfica larga y famosa, no sólo en Italia. Es difícil que los espectadores jóvenes estén familiarizados con el nombre de la actriz, cuyo apogeo tuvo lugar hace más de medio siglo. Pero conviene decirles que se perdieron uno de los rostros femeninos más cautivadores de la posguerra, una cara con vigorosa mandíbula y ojos de lince capaz de enfrentar las cámaras con ese portento duplicador de la hermosura que es la fotogenia.
Los productores de la era fascista no eran tontos, de manera que supieron pescar a Alida cuando tenía 15 años y la hicieron debutar en una comedia, I due sergenti (1936) cuyo tono romántico era típico del período mussoliniano, especializado en escapismos y teléfonos blancos. La bella muchacha fue escalando posiciones hasta obtener un protagonismo juvenil en Manon Lescaut (1939), luego de lo cual en los años de la guerra figuró en otras comedias (Ore 9, lezione di chimica), otros dramones (Luce nelle tenebre) y otros romances (T`ameró sempre). Después de 1945 quienes le echaron el ojo a Alida fueron los magnates de Hollywood. Era un momento en que el cine norteamericano también contrató a otras italianas Valentina Cortese y aún francesas Micheline Presle con suerte dispar.
La carrera de Alida en Hollywood tuvo una inauguración triunfal con Agonía de amor (1948) superproducción con largo elenco de celebridades y dirección de Hitchcock, en la que el productor David O. Selznick se animó incluso a escribir el guión. Ese melodrama judicial muy largo y charlado presentaba a su adquisición italiana suprimiendo el nombre de pila y dejando sólo el Valli, que aparecía en los títulos iniciales escrito con trazos temblorosos, como si adelantara la conmoción que debía provocar esa flamante estrella. Sin embargo Valli no hizo mayor fortuna en inglés. Apareció, es cierto, en El tercer hombre (1949) que fue la obra maestra de Carol Reed y sombreaba sugestivamente la cara de la actriz entre callejones y zaguanes de Viena, pero el resto de su actividad en Hollywood fue insignificante, empezando por El milagro de las campanas.
Tendría en cambio grandes oportunidades en Italia, donde alcanzó el mejor papel de su vida cuando Visconti la eligió como la amante maldita de Senso (1954) que era una deslumbradora película sobre el Risorgimento en cuyo centro la Valli agregaba su propia fascinación. Otra oportunidad de primer orden le llegó en 1957 cuando Antonioni la colocó en El grito junto a Steve Cochran, donde el umbral de la madurez y la fotografía en blanco y negro delineaban con más fuerza el rostro dramático de la actriz, que en el caso lució como pocas veces. Después la carrera de Alida ya no tuvo aquellas alturas y corrió en forma despareja desde algún compromiso de interés (Diálogo de carmelitas, 1959, con gran reparto femenino) hasta mucha película secundaria y muchas apariciones breves en títulos de nivel dispar, incluido Novecento de Bertolucci en 1976.
Ahora Valli tuvo la agonía definitiva, 58 años después de su agonía de amor.