El retorno de una buena y ya exprimida idea

| Ante el éxito de la primera película, la idea fue convertida en una franquicia de tres partes

MATIAS CASTRO

El malayo James Wan tenía 23 años cuando dirigió su segunda película, El juego del miedo, y fue muy astuto. También fue astuto su guionista, el australiano Leigh Whannel, que tenía la misma edad. Esta película, filmada en 2003 y que a Uruguay llegó recién en 2005, costó más o menos un millón de dólares y fue apreciada como un esfuerzo independiente. Sin embargo, las retorcidas y casi imposibles trampas del asesino serial y justiciero Jigsaw fueron convertidas inmediatamente en una franquicia no muy original pero muy redituable. El primer derivado de esto es El juego del miedo 2, que se estrena este viernes. El segundo es El juego del miedo 3, que se está filmando.

El mayor rasgo de astucia de James Wan fue no participar de esta secuela, para dedicarse a dirigir otro guión de Whannel. La historia para El juego del miedo 2, proviene en realidad de un argumento del nuevo director, Darren Lynn Bousman, un estadounidense de 27 años que tiene tres películas en su haber. Esa historia se llamaba The desperate, aguardaba en un cajón desde mucho antes del estreno de la primera parte, y no tenía nada que ver con esta película. Cuando la primera película se convirtió en un sorpresivo éxito en el festival de Sundance, los productores de Lions Gate recordaron ese guión y se dieron cuenta que con ciertas modificaciones, se podía convertir en una perfecta secuela. Ahí entró el otro joven astuto, Leigh Whannel, para ayudar a adaptar el argumento al esquema de la primera.

Siguiendo la línea de la primera, El juego del miedo 2 costó 4 millones de dólares. El irrisorio presupuesto, para los números que se manejan en Hollywood no solo aseguró a los productores un retorno más rápido, sino que además le dio a la película el mismo aire de producción independiente de bajo costo que tuvo la primera. Entre las dos películas facturaron unos 250 millones de dólares en todo el mundo, según declaran los productores.

Con la resolución de la primera película, quedaba la posibilidad abierta para una secuela. La lógica de la película, como en Pecados Capitales, no resistía el menor análisis fuera de la ficción que planteaba.

La intriga en la primera corría por varios carriles. Uno era la incógnita sobre quién era el asesino, la otra era la razón por la que los tenía presos y sometidos a una situación límite. En esta secuela, para volver a sorprender, Jigsaw aparece desde los primeros minutos. Y en lugar de tener a dos personas atrapadas en un sótano, encierra a 8 nuevas víctimas en una casa llena de trampas, de la que tienen que escapar antes de inhalar una dosis letal de un gas nervioso.

Si en la primera James Wan había sabido ganarse a Danny Glover, un actor de prestigio, para que apoyara el proyecto con su actuación, en esta no hay figuras importantes. Wan se alejó a tiempo, antes de quedar totalmente atado a Jigsaw y seguir con su carrera de director. Leigh Whannel aprovechó la franquicia con esta y la tercera parte de las aventuras de este retorcido y complicado asesino serial.

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