Jorge Abbondanza
El cine político había desaparecido en Hollywood luego de la década congeladora de Ronald Reagan, que apagó las chispas de una etapa anterior y anuló el compromiso de unos cuantos realizadores de los años 70, que habían dicho algunas verdades sobre los entretelones del poder (La conversación de Francis Coppola, Asesinos S.A. de Alan Pakula) o bromeaban salvajemente sobre las sordideces de la guerra (Trampa 22 de Mike Nichols, Mash de Robert Altman).La invasión norteamericana de Grenada, luego la de Panamá y después la guerra del Golfo, demostraron que la realidad superaba a la ficción, mientras el cine se refugiaba en los trucos visuales, las fábulas pueriles, el brillo insustancial y la violencia acrobática. La fábrica de fantasías prefirió no despertarse durante veinte largos años.
Ahora esa siesta quedó atrás, porque a partir de 2001 la administración de Bush (hijo) ha mostrado tantas torpezas, tanto despilfarro y tanta corrupción —por no hablar del martirio de Afganistán y de Irak— que la actitud de las mejores cabezas del cine norteamericano puede condensarse en una frase reciente de Woody Allen: "He seguido con atención todos los movimientos de Bush y puedo afirmar que cada uno de sus gestos muestra que es el peor administrador político que jamás haya existido en Estados Unidos". Esa circunstancia es lo que ha agitado a seres como Sean Penn, George Clooney, Susan Sarandon, Tim Robbins, Martin Sheen o Danny Glover, produciendo de paso el impacto de los documentales de Michael Murphy (Bowling for Columbine, Fahrenheit 9/11) con su lenguaje de choque para revelar la peor cara del sueño americano.
Entonces el cine político creció hasta conquistar los grandes niveles de la industria, porque sus propuestas críticas son la inevitable consecuencia de esa incapacidad de una casta gobernante que arrastró al mayor país del mundo a guerras sin sentido y a un clima interno de vigilancia e intimidación que ha hipotecado unos cuantos derechos y libertades. Por eso no es casual el sesgo de ciertas películas que figuraron en la primera fila de los candidatos al Oscar y aparecen ahora en la cartelera montevideana como síntoma de una tendencia colectiva que seguramente se mantendrá.
Entre ellas debe mencionarse la dura ojeada al negocio del petróleo que se echa en Syriana de Stephen Gaghan, el repaso al macarthysmo que cobra una inusitada actualidad en Buenas noches y buena suerte de George Clooney, la radiografía de un tejido social que efectúa Vidas cruzadas de Paul Higgis, la denuncia sobre la industria farmacéutica en el vistazo a las penurias africanas de El jardinero fiel de Fernando Meirelles o la invitación a reflexionar sobre dos formas de violencia clandestina y homicida en Munich de Steven Spielberg. No se trata de casos aislados ni accidentales, sino de indicios sobre una nueva conciencia artística que abrió los ojos para registrar una realidad feroz, compleja y variada ante la cual el cine tiene —finalmente— algo que decir para que su público aprenda a conocer un poco mejor a los hombres, a los círculos dirigentes y al mundo en el que vive.