Llegó para quedarse

Ignacio Zuasnabar (*)

La violencia en el fútbol ya no es un hecho aislado. Coincidentemente, casi por casualidad, se dieron en un mismo fin de semana dos hechos graves, uno con una muerte, cosa que no ocurría hace ya varios años en el fútbol local. Pero desde un plano más general, la violencia es algo que se ha tornado frecuente en torno a nuestro principal deporte.

Estas semanas se ha hablado hasta el hartazgo de las posibles causas, de quiénes son los responsables, de implementar esta o aquella medida. A mi juicio, y sin querer transmitir pesimismos infundados, las posibilidades de éxito son bajas. La violencia está instalada, y no sólo en el fútbol, sino en aristas muy diversas de la sociedad uruguaya. La visión de Uruguay como un país pacífico, donde "estas cosas no ocurren" ya no condice con la realidad. Hoy, es cierto, tenemos grados de violencia menores que nuestros vecinos. Y todavía permanece en algunos sectores el clima de respeto y tolerancia que otrora fuera característico. Pero la tendencia indica que vamos mal.

Y esto, por cierto, no es casualidad. No se trata de un designio divino que nos castiga injustamente. Como país hemos hecho las cosas mal. Nuestra sociedad está más fracturada que hace algunas décadas, la pobreza es mayor, la pasta base pulula por doquier. Y, en el fútbol hemos presenciado impávidos la decadencia sistemática de un espectáculo que bien supo captar el interés de amplios sectores de la sociedad y que poco a poco fue ahuyentando a la mayoría de los buenos espectadores. Que esto es culpa de Tenfield, de Figueredo, de Damiani, de menecucho, puede ser, no sé. Pero desde hace un tiempo los uruguayos vienen percibiendo un tufillo a corrupción global en torno al fútbol que alimenta las peores creencias sobre la mayoría de los involucrados, y esto hace difícil, también, que las soluciones que provengan de este entorno puedan resultar creíbles. En este contexto se inscribe la demanda de algunos sectores de participación (de distinta índole) del gobierno.

Estoy de acuerdo con las medidas de combate a la violencia ya tomadas y con muchas más. Creo que pueden ayudar a disminuir en algo situaciones complicadas y, si Dios quiere, a evitar alguna muerte, que no es poco. Pero, en el mediano plazo, soy pesimista. No hay vuelta atrás. Creo que mis hijos inevitablemente van a vivir en un país más violento del que yo viví. La violencia en el fútbol —y no sólo en el fútbol— llegó para quedarse.

Y, tanto a nivel institucional como desde el lugar que cada uno ocupa como ciudadanos, tendremos que encontrar nuestras mejores estrategias para convivir con ella.

(*) Director del Area de Opinión Pública de Equipos MORI

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