CRITICA | GUILLERMO ZAPIOLA
Reencontrarse con Jean-Luc Godard genera desde hace bastante tiempo una mezcla de curiosidad e irritación. Nadie duda del lugar fundamental que el realizador ocupa en la historia del cine como un de los creadores de la Nouvelle Vague, ni el soplo de aire fresco que films como Sin aliento, Vivir su vida o Una mujer es una mujer constituyeron en el académico y algo aburrido panorama del cine francés de los años cincuenta y tempranos sesenta. Una reciente revisión de Sin aliento (para eso sirven, entre otras cosas, el VHS y el DVD) confirma la permanencia de ese film: el estilo nervioso y sincopado, el corte directo para pasar de una escena a la siguiente, el comenzar cada toma con una acción ya en proceso, el incesante movimiento hacia adelante de la cámara, comunican realmente la sensación de "vivir peligrosamente" y el fatídico acercamiento a la muerte de su protagonista Belmondo. Forma y contenido encuentran allí un equilibrio perfecto.
El Godard posterior se ha vuelto progresivamente cada vez menos interesante. Luego del mayo francés del sesenta y ocho pudo romper con el sistema, salir a filmar obreros y fedayines, y hasta creer en Mao. Volvió más escéptico y más desencantado, pero no necesariamente más convincente como creador cinematográfico.
Quizás se trata, simplemente, de que dejó de creer en el cine, algo que si Truffaut, su compañero de los tiempos de Cahiers du Cinema, viviera todavía, jamás le perdonaría. El Godard de los últimos veinte años, desde, digamos, Detective (1985) padece de ombliguismo y autoindulgencia, encerrado en su torre de marfil de la que sale ocasionalmente para compartir con el universo una reflexión que se agota en sí misma. Films como Prenom Carmen, Nouvelle Vague o esta Elogio del amor caben en esta última categoría, y si la endeble Yo te saludo María escapaba un poco a ella era por algunos aspectos de tema y forma (una indagación sobre el Misterio de los Orígenes, cierta tersura en el manejo de la imagen), no por el falso escándalo que se generó en su torno.
Entre tanto, ¿que pasa con Elogio del amor? Mucho y poco. Mientras prepara un rodaje, el cineasta protagonista (Bruno Putzulu) busca a su posible heroína y descubre que esta muerta, se cruza con otros personajes y filosofa largamente sobre la realidad y la ficción, la historia, Hollywood, el Holocausto y otros temas de sobremesa. De acuerdo, Godard es por momentos un charlista interesante: algunas de las ideas que lanza perduran en el recuerdo del espectador, y dan ganas de seguirlas discutiendo luego de terminar la película. Otras son empero meras tonterías, lugares comunes revestidos de cierta aura intelectual que acaso el propio cineasta no se toma demasiado en serio: la teoría sobre los Estados Unidos como "un país sin historia" que debido a ello se ve obligado a canibalizar en su cine la historia de los demás hay que oírla para creerla. Aunque a lo mejor Godard se la toma en serio, no más.
ELOGIO DEL AMOR
Eloge de l’amour
Director. Jean-Luc Godard.
Libreto. Jean-Luc Godard.
Fotografía. Christopher Pollock, Julien Hirsch.
Música. Ketil Bjrnstadt, David Darling, Katl Amadeus Hartmann.
Productores. Alain Sarde, Ruth Waldburger.
Elenco. Bruno Putzulu, Cécile Camp, Jean Davy, F. Verny, Philippe Lyette, Audrey Klebaner, Jeremy Lippman, Claude Baignéres.
Francia 2001.