A 25 años de un susto

Antonio Larreta

Se cumplieron esta semana los 25 años de un intento fallido de golpe de Estado en la España de recién estrenada democracia. No fue más que un susto, pero bastó para remover el miedo que dominó casi medio siglo de franquismo. El golpe había empezado al mediodía con el copamiento de Televisión Española, que era la cara misma de la nueva España, pero los militares que asaltaron Prado del Rey a punta de pistola no trasmitieron la noticia, de modo que toda España creía estar en paz a la hora del almuerzo, que ronda las tres de la tarde en Madrid. Alrededor de las cinco, Carmucha y yo salimos de nuestra casa en Calle Mayor, cruzamos una Puerta del Sol fría pero somnolienta y la propia Gran Vía en un taxi, cuyo conductor no estaba enterado de nada, en dirección al Teatro María Guerrero. Allí se proyectaba esa tarde un video del Piccolo Teatro di Milano: la nueva versión de Giorgio Strehler de El jardín de los cerezos. Tenía un interés especial para mí. Yo había sido asistente de dirección de Strehler en su primera versión de la obra, en 1954. Y Strehler era ya un genio reconocido en toda Europa.

En el María Guerrero no seríamos más de cien espectadores dispuestos a asistir al video . Yo tenía además muy fresco El jardín chejoviano, no sólo la versión del Circular, sino que yo mismo la había montado en el Ituch de Santiago, en 1971, en pleno allendismo. El golpe contra Allende, había sido en el 73 y yo ya estaba en España; esa tarde, sin saberlo, iba a vivir otro golpe, que resultó de opereta, pero paralizó a España entera durante varias horas.

Estoy de nuevo en el María Guerrero. Se hace un intervalo en El jardín, entre el acto segundo y el tercero. Aprovecho para cruzar a un barcito que presumo todavía existe y que se llama, simpáticamente, Hollywood. Pues ese pequeño local, a las seis y media de la tarde de aquel 23 de febrero, bullía de actores y de pánico, de una sobreexcitación nada chejoviana por cierto, exacerbada por la pequeñez del lugar, por el número de parroquianos, por las voces recias de la profesión. No era para menos. A pocas cuadras de allí, los golpistas habían tomado el Parlamento y lo habían dado por disuelto. Alguien me tomó por la solapa, me lanzó adentro y cerró la entrada del local. Reconocí a Marisa Paredes. Que después fue actriz dilecta de Almodóvar y entonces era poco conocida, salvo por su aire aristocrático y un temperamento a flor de piel.

Y Marisa dijo, con lo que le quedaba de aliento, lo que ya habría contado a los treinta colegas, de uno en uno, que se apiñaban allí, con su angustia, y también con su fatalismo, hablando todos al mismo tiempo, como sólo lo saben hacer los españoles. Pocas horas antes había sido testigo presencial del copamiento de Televisión Española. Había visto llegar a los golpistas, los había visto adueñarse del lugar a punta de pistola. Trasmitía el terror. Todo era una horrible repetición, su cuento también, agravado por la llegada de una mensajera, que se limitó a gritar con horrorosa ronquera, que los golpistas habían copado el Parlamento, lo habían disuelto, y tenían de rehenes a todos sus componentes. El franquismo había vuelto al poder. Era como si el propio Franco hubiera resucitado. Llegué a la barra a pedir algo entre abrazos de amigos y de desconocidos que parecían encadenarse.

Fue entonces que sucedió lo inolvidable. A una velocidad que todavía hoy me parece lo más extraordinario, un efecto especial. Me dí vuelta y estaba solo. Puedo haber visto a los últimos desvanecerse por la puerta. Tampoco había oído una palabra. Aquella jauría de unos segundos antes había sido tragada por la calle.

Horas después, tras haber cruzado un vacío silencioso, apenas transitado por un taxi fantasma, hasta nuestra morada en la Calle Mayor, oímos al Rey anunciar al pueblo español que el golpe había fracasado, que los golpistas estaban arrestados, y que toda España podía dormir tranquila. Eran las palabras de un padre. Afianzaron el prestigio de la Corona.

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