El ex presidente español José María Aznar ha anunciado que dedicará una buena parte de su tiempo y energía a luchar contra el neopopulismo latinoamericano. Neopopulismo es la forma elegante con que en la región se le llama a la izquierda bananera. ¿Qué es eso? Es una tendencia ideológica y un modo de gobernar que amalgama todos los errores y vicios políticos alegre e inútilmente practicados por los latinoamericanos a lo largo del siglo XX: caudillismo, clientelismo, estatismo, colectivismo y antiamericanismo, a lo que en ciertos países con fuerte presencia indígena hoy se le agrega el rencoroso componente indigenista.
Naturalmente, no todos los gobiernos de esa cuerda exhiben la misma virulencia neopopulista. Los casos crónicos son Cuba y Venezuela, pero a ese tándem pendenciero y bocón se acaba de unir Bolivia de la mano de Evo Morales. ¿En qué dirección se va a mover Bolivia? No es difícil adivinarlo. Sólo hay que leer a Alvaro García Linera. García Linera, ex profesor universitario y ex guerrillero alzado contra los gobiernos democráticos (lo que lo llevó a la cárcel), además de ser el vicepresidente de Bolivia tiene a su cargo la delicada misión de definir las líneas maestras del nuevo gobierno y de administrar la legendaria incapacidad intelectual del señor Morales, un político intuitivo pero escasamente educado.
Según sus palabras, publicadas hace pocas semanas en Le Monde Diplomatique —la gaceta europea del neopopulismo—, el país va a desarrollar el "capitalismo andino-amazónico". ¿En qué consiste ese nuevo engendro neopopulista? Según don Alvaro, en "la construcción de un Estado fuerte, que regule la expansión de la economía industrial, extraiga sus excedentes y los transfiera al ámbito comunitario para potenciar formas de autoorganización y de desarrollo mercantil propiamente andino y amazónico".
No van, pues, Morales y García Linera a intentar modernizar a Bolivia dentro del probado modelo de desarrollo que sirvió para sacar del atraso y la pobreza a países tan diferentes como Corea del Sur, Chile, Irlanda o Singapur, sino van a descubrir una nueva vía hacia la prosperidad que no se parece a nada de lo ensayado en el planeta en los últimos siglos.
¿Cuánto tiempo va a durar ese original experimento colectivista con los pobres bolivianos? Volvamos al texto de García Linera: "la descolonización del Estado y la implementación de un nuevo modelo económico marcarán, desde el primer día, al gobierno de la izquierda indígena que acaba de iniciar un proceso de cambio irreversible para el próximo medio siglo". Resulta que ahora hay una izquierda indígena, supuestamente diferente a la blanca, mestiza o negra, que gobernará cincuenta años.
¿Desembocará ese novísimo modelo económico en el comunismo? Puede ser, pero sólo si las cosas marchan en la dirección debida: "El potencial comunitario que vislumbraría la posibilidad de un régimen comunitarista socialista pasa, en todo caso, por potenciar las pequeñas redes comunitaristas que aún perviven y enriquecerlas. Esto permitiría, en 20 o 30 años, poder pensar en una utopía socialista".
O sea, el "capitalismo andino-amazónico" puede agravarse: "Lenin —afirma García Linera— proponía soñar con los ojos abiertos, lo que significa tener la capacidad de mirar el horizonte estratégico, pero saber manejar la táctica. El capitalismo andino-amazónico es la manera que, creo, se adapta más a nuestra realidad para mejorar las posibilidades de las fuerzas de emancipación obrera y comunitaria a mediano plazo. Por eso, lo concebimos como un mecanismo temporal y transitorio".
Dicho de otro modo: dentro de varias décadas, cuando don Evo y don Alvaro sean viejos como Fidel Castro y se cansen de jugar al capitalismo andino-amazónico, si todavía hay supervivientes comenzarán a ensayar el sanguinario disparate marxista-leninista que ya les costó cien millones de muertos a los terrícolas en apenas setenta años de ponerlo a prueba en diversas latitudes y culturas y en todas las circunstancias posibles.
Hace muy bien Aznar en tratar de frenar esta locura, pero la tarea es difícil. Millones de desorientados latinoamericanos suelen juzgar a los gobiernos populistas por su seductora retórica revolucionaria y no por los fatales resultados que consiguen. Las diversas variantes del peronismo llevan más de medio siglo hundiendo progresivamente a la Argentina sin que ese pequeño detalle se refleje en los resultados electorales. Chávez es el peor gobernante que recuerda Venezuela, pero mantiene a un tercio de los votantes fiel a sus continuas payasadas. En Perú, el neopopulista Ollanta Humala, pese a su tenebroso pasado de violador de derechos humanos, se abre paso peligrosamente en las encuestas. Eso es lo terrible del neopopulismo. Como ocurre con el cáncer, las células no dejan de crecer y multiplicarse hasta que muere el paciente. En eso estamos.
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