JORGE SAVIA
Desde que hasta firmó autógrafos sobre camisetas de Tacuarembó que le acercaron cuando estaba sentado en el palco, Juan Ramón Carrasco no fue un hincha más en el Estadio "Raúl Goyenola" el sábado pasado.
Es que, junto a su esposa y la novia de su hijo Juan Carlos, que debutaba como técnico de Primera División al frente de Tacuarembó con sólo 29 años, "JR" vivió el partido "a lo Carrasco", a veces con una actitud pétrea, imperturbable, y en otras gesticulando de una manera totalmente espontánea, pero por sobre todas las cosas, como un padre.
Es decir, Carrasco —al igual que su esposa y la novia del hijo, con quienes se alojó en el Hotel Tacuarembó desde el atardecer del viernes pasado— aplaudió "rabiosamente" al equipo local cuando salió a la cancha y después siguió atentamente, y casi diríase que con una carga analítica las distintas incidencias del trámite, llevándose una mano al mentón y mirando con detención a la distancia, pero también echó el cuerpo hacia atrás —con la actitud instintiva de quien procura evitar un riesgo— ante el arranque amenazante de más de un ataque del cuadro visitante; puso alguna cara fea ante algún error de marca de los defensores del dueño de casa; más de un rictus socarrón le cruzó el rostro cuando los volantes y atacantes tacuaremboenses malograron pases que para él en su época de esplendor, seguramente, hubieran sido fáciles de poner como con la mano; golpeó las palmas de sus manos y se sonrió con gesto de incredulidad cuando el árbitro adoptó alguna decisión que daba la sensación de estar favoreciendo al cuadro grande; y no sólo se paró como impulsado por un resorte y aplaudió frenéticamente el gol de Sebastián García, pese a que el propio autor de la conquista no lo festejó y le hizo señas a la hinchada de Peñarol que lo perdonara, sino que hasta se estrujó con fuerza a un par de allegados a la directiva del conjunto del Norte que subieron rápidamente los escalones de la tribuna para abrazarlo.
Lo único que "JR" —habitualmente cristalino— dejó a los ojos de quienes pudieran estar observándolo en el tintero de las interrogantes fue un diálogo que mantuvo en el entretiempo con una persona que, siendo aparentemente colaborador de su hijo, lo escuchó atentamente mientras Carrasco le hablaba incluso con señas hacia distintas zonas de la cancha, y enseguida bajó la escalera del palco rápidamente, en dirección ¿al vestuario locatario? Al fin y al cabo, en cualquier orden de la vida, y el fútbol es parte de ella, sobre todo en el caso de los uruguayos, para un hijo no hay nada como el consejo de un padre.