Humor

El redebut de Julio Frade, Laura Sánchez, Eduardo D’Angelo y Cacho de la Cruz nos alegra porque la puesta en escena que hacen en el Stella d’Italia, confirma su admirable ejecutoria como primeras figuras. No montan un "revival". Aplican el humor uruguayo a nuestro hoy: "Si hay alguien fumando en esta sala, por denuncia, dirigirse a la casa de Buschental, a la residencia de Suárez o al edificio Libertad. Y los martes, a La Española." (!)

Se repite con razón que el humor nacional sienta su modelo a partir del primer Telecataplum, con escenas como aquella donde el refinamiento sinfónico de las Noches Cultas se simbolizaba en un Raimundo Soto —Rey Kelly—que lucía su impecable saco smoking hasta que la cámara bajo la ingle enfocaba penosos calzoncillos a rayas, piernas flacas a la vista y alpargatas.

Prolongado hasta que a algún quidam se le ocurrió suprimir Decalegrón, ese paradigma fue un modo de ser de la televisión nacional, que por años derrotó a la chabacanería en que cayó el humor revisteril de Buenos Aires.

Y si es justicia tener presente que Los Lobizones, libretistas de Telecataplum, eran los Scheck —capaces del talento y no sólo aptos para el cheque que en alemán anuncia su apellido—, es de orden subrayar que el humor nacional tuvo antes una expresión espléndida en el equipo que hacía la revista "Lunes" y antes aun en los textos que Wimpi entregó primero al Uruguay —El Plata, la Carve— y después a la Argentina —Radio El Mundo especialmente.

Desde Peloduro a Roberto Barry y Antonio Ceti, desde Isidro Mas de Ayala —médico que escribía en El Plata— hasta Carlos Maggi —abogado que escribe en El País— el humor construyó en el Uruguay un punto de vista, una actitud, un modo de ser, que por largas décadas nos permitió pensar distinto pero reírnos juntos, sin preguntarnos ante qué nos prosternábamos ni qué votábamos. Acallarlo en la enseñanza y en los medios de difusión es una de las razones por las cuales nos topamos cada vez más con voces inexpresivas y rostros inmutables, incapaces no sólo para captar la comicidad de una situación sino también para indignarse cuando se pasa de la comedia al drama y del drama a la tragedia: se nos acostumbró a mirar impávidos, como zombis, lo mismo lo ridículo —rebautizar a una jefa de lenocinios como "empresaria"— que lo canallesco, como torturar a unos pobres iraquíes prisioneros a manos de estadounidenses, que traicionan el alma del Mayflower.

Es que las cosquillas del humor nos trasmiten valores. El "castigat ridendo mores" —castiga las costumbres, riendo— implica la existencia de puntos de apoyo desde los cuales se produce la burla, puntos de referencia ante cuya degradación se nos produce la risa. Y los valores son precisamente eso: puntos de apoyo y puntos de referencia, que por ser tales nos permiten responder con nuestra identidad a lo cambiante y sorpresivo que nos trae cada día.

En definitiva, el chiste no es sólo la compulsión del inconsciente develando instintos reprimidos, como en un sentido denunció Freud: es una toma de distancia, un juego, que nos expresa y construye como persona en un movimiento ascensional. Y el humor es la fragua del chiste, hacia arriba y no sólo hacia abajo. ¿O acaso podremos olvidar que Juan Verdaguer, uruguayo admirado en América y España, vivió de sus chistes porque era humorista y bajo ese ropaje latía un autodidacta profesor de la lógica y trasmisor constante del deber de mirar de frente la verdad?

El humor uruguayo tiene tradición en el sentido de "tradere": algo que traemos, algo que recibimos y trasmitimos... Toma algo de Chesterton, Jardiel Poncela y Clarasó, pero es reflexión de cada uno ante la sorpresa del instante. Es un modo de inteligir —que si se encapsula en resentimientos, muere.

Eso nos emparenta con lo que Andrés Tulipano llama "Humorum uruguayensis" la obra que motiva estas líneas.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar