El fin de las familias ideológicas

EN 1992 Francis Fukuyama lanzó su tesis sobre "El fin de la historia y el último hombre" y a fines de 2005 acaba de plantear otra discutible teoría sobre la condición de Hugo Chávez como "dictador democrático". Los trece años transcurridos entre ambas mantienen vigente el carácter polémico de sus juicios, lo que no impide señalar —más allá del trabajo al que se aplicaron numerosos intérpretes— que la historia sigue gozando de buena salud y que el Presidente de Venezuela es cualquier cosa menos un demócrata. Podrá haberlo sido en su origen pero ha perdido casi todos sus ropajes con el crecimiento. Además, ambos conceptos son incompatibles y no pueden coexistir simultáneamente en un mismo sujeto. Pero ese es otro tema.

Lo que interesa hoy es tomar prestada aquella frase para analizar una serie de hechos de los cuales surge que se estaría consumando el fin de las familias ideológicas, tomando la palabra ideología en el significado "débil" a que alude Norberto Bobbio, como "un sistema de creencias políticas". El siglo XIX pudo considerarse así como el de las familias biológicas; el XX como el de las familias ideológicas y este XXI tal vez sea el testigo de su fin. El gran problema es saber, ya y ahora, qué va a sustituirlas.

DESDE que la Reina Victoria sembrara casi toda Europa de hemofilia a través de hijas y nietas, uniendo su estirpe con distintas Casas Reales de Alemania, Dinamarca, Noruega, Suecia, España, Prusia y Rumania, hasta llegar a Rusia, donde casó a su nieta Alejandra con quien llegaría a ser Nicolás II, se fue construyendo un entramado de lazos familiares tendiente a gobernar el mundo, al que puso fin la revolución comunista en 1918 con la ejecución de toda la familia real rusa integrada por Nicolás, Alejandra y sus hijos Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexis, el sucesor, de apenas catorce años. También hemofílico.

Entre las consecuencias que derivaron de la tragedia de Ekaterinemburgo se encontró el desarrollo de nuevas ideologías políticas, manifestadas no sólo a través de la expansión del comunismo en Europa Central, que tuvo después en Cuba (y en algún momento en Chile) uno de sus bastiones más lejanos, sino expresadas también por intermedio de alianzas entre no comunistas, como la que sellaran Hitler y Mussolini en 1936 estableciendo el "Eje Roma - Berlín" o el Acuerdo entre Alemania y Rusia, con el Tratado de no Agresión firmado en 1939 entre von Ribbentrop y Molotov. Se trató de distintas pero similares alianzas ideológicas en las que pudieron visualizarse, a lo largo del tiempo, todo tipo de variantes y de instrumentistas, como Fidel Castro, quien se jactó públicamente de serlo en aquel famoso: "el único lugar donde no intentamos promover la revolución fue en México; en el resto, sin excepciones, lo intentamos".

La guerra sicológica entre Estados Unidos y Rusia por los misiles instalados en Cuba, obligando al retiro de las bases; la Perestroika de Mijail Gorbachov después, más la caída del Muro de Berlín, y, últimamente, la conversión de China casi en el país más capitalista de los capitalistas, terminaron debilitando una unidad de pensamiento y de acción que en América, y sobre todo en América del Sur, demoró en concretarse. El Sur y el Oeste quedan tan lejos que los vientos llegan, por lo general y para algunos, con sensible retraso. En nuestro país, por ejemplo, hay una Ministra que cree que Stalin vive y en Bolivia, el nuevo Presidente no se ha enterado que Mao está enterrado y olvidado.

POR eso, pareció un resabio del pasado el idilio declarado en Uruguay, casi enseguida de conocido el resultado de las elecciones de 2004, entre el Frente Amplio, el Presidente Lula y Kirchner. Fueron casi pornográficas las versiones que circularon entonces, donde los futuros gobernantes discutían públicamente si se aliaban con Brasil o con Argentina; si seguían las líneas políticas de uno o de otro; si aplicaban las directivas del Norte o del Sur; si se identificaban cruzando el Río de la Plata o remontando las Misiones; o a cuál de los dos se iba a imitar. Buscaban un espejo y no se ponían de acuerdo sobre la calidad del azogue.

En menos de un año, y sin llegar a consumarse ningún matrimonio, los referentes de ayer o bien ignoran al Frente —caso Brasil—, o nos agreden directamente como país —caso Argentina—, ofreciendo un ejemplo de cómo la comunidad de ideologías ya no presta utilidad ni aun a quienes comulgan en el mismo altar. Incluso Hugo Chávez, una especie de Papá Noel al que muchos recurren cuando necesitan dólares, ha sido bastante mezquino con los mendicantes, ya que el petróleo nos los vende casi al mismo precio que al resto del mundo; en el contrato de suministro nos impuso su legislación para regular los litigios; los aportes a Ancap y a Pluna nunca llegaron y los que se habían comprometido a Cofac todavía no se han visto. Los únicos beneficiados con unas chirolas, casi como las propinas que se dan al cuidador de autos, teniendo en cuenta los capitales del donante, fueron Cristalerías, Funsa y Pueblo Bolívar, donde el Libertador se merecía un mejor homenaje que el pobre aporte entregado en su nombre.

ESTOS últimos hechos están demostrando que una de las características del nuevo Siglo XXI se encuentra —por lo menos en el Sur— en haberse convertido en escenario para representar en él, a telón abierto, el fin de las familias ideológicas, que ya no se mantienen unidas ni para superar sus diferencias. Vázquez, Kirchner y Lula serán los primeros actores encargados de confirmarlo.

Los cinco años transcurridos son muy pocos para aventurar qué vendrá después. Tal vez un individualismo económico —cada gobierno va a actuar de acuerdo a lo que le sirve a sus propios intereses—; o un movimiento pendular, no concertado, hacia la derecha (lo que acaba de ocurrir en Canadá con Harper y en Portugal con Cavaco Silva no deja de ser sugestivo) o, tercera hipótesis, a través de una reformulación de los bloques, tomando como ejemplo lo mejor de la Unión Europea. Sea cual sea ese futuro y mientras se vayan insinuando los nuevos horizontes, El País —que fue testigo y cronista de lo ocurrido en los últimos ochenta y siete años—, va a publicar en los mismos años por venir y en este mismo espacio, otros editoriales para comentarlo.

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