El uruguayo se acostumbró a convivir con la inseguridad

| Lo peor es que la violencia ya es un hábito que soporta la mayoría de la ciudadanía con dolor e impotencia

Daniel Herrera Lussich | Corresponsal permanente en Washington

Los jóvenes entre 12 y 14 años se quejaban desconsoladamente, el torso desnudo, descalzos, sin reloj y sin las monedas para volver en el ómnibus; la señora de mediana edad, con la cara amoratada, un brazo totalmente negro, por la paliza recibida que le propinó un desconocido con tremenda saña y cobardía hasta que soltó su cartera, permanecía sentada y los dolores en todo el cuerpo le impedían casi moverse y menos ponerse de pie.

"El viernes me entregaron la casa, el sábado llegó el operario que la va a pintar y dejó sus herramientas para comenzar el trabajo hoy lunes, pero cuando llegó a las 7 de la mañana, poco quedaba, habían arrancado la grifería, los pestillos de las puertas, destrozado desde el interior los vidrios de la ventana del fondo que tiene rejas, sólo por el hecho de hacer daño. Hice la denuncia, la recibieron amablemente, tomaron nota de todos los datos, pero era un delito más de las decenas que habían ocurrido en esa seccional ese día".

Estas historias reales, más algunas que vivimos indirectamente en Montevideo y en el este, en las cortas vacaciones de 12 días junto a mi familia, sacudieron duramente nuestro ánimo y se convirtieron en asombro, tristeza e impotencia, ante la realidad que sufren los uruguayos: la inseguridad ciudadana de todo tipo se ha hecho una costumbre, es hoy un hábito que padecen, la relatan cuando golpea sus castigadas puertas, las de un vecino o de un amigo, con absoluta resignación. Es un mal que la mayoría ha aceptado, que no pasa de la denuncia y, a veces, es otra la respuesta: ¡Sé que no gano nada!, están desbordados por miles de casos y esta golpiza es una más o este robo de los artículos eléctricos se suma a la larga cadena que luego se venden en las ferias.

El uruguayo despierta y se acuesta con la terrible experiencia personal o el cruel relato de algún allegado sobre "el tirón en la cartera, la golpiza por un par de gastados zapatos deportivos, el robo de los objetos de la casa durante los 20 minutos de ausencia para ir al supermercado, las balas que quedaron incrustadas en la pared de la casa de enfrente cuando en la fuga los cuatro muchachones tiraron al barrer para diluir todo intento de persecución tras la moto que treparon al huir" .

UNA COSTUMBRE. La inseguridad ciudadana se sufre en casi todo el mundo, salvo raras excepciones donde se puede caminar más o menos tranquilo por las calles. El asalto, el "copamiento", el "tirón", el "descuidista", el violador, son sucesos y términos de la "jerga diaria" desde el pueblo pequeño a las grandes ciudades.

Pero hoy Uruguay muestra una cara que hasta ahora no se había visto con la crudeza actual: la inseguridad ciudadana se ha convertido en una costumbre y la gente la relata como un hecho más, con indignación y temor, pero sin tomar conciencia de que la primera medida que hay que adoptar, lo que siempre ha sido cualidad de nuestro país, es la unión de todos para luchar contra los males que asuelan la sociedad. Ocurrió en enormidad de situaciones difíciles, extremas, cuando la epidemia de poliomielitis, las inundaciones del 59, en la repulsa a la sedición y la resistencia al golpe militar, entre muchos dolorosos sucesos que vienen a la memoria y se registraron en las últimas décadas. Todos tienen conciencia de que la inseguridad ciudadana es una enfermedad que afecta a los niveles sociales más altos y más bajos, desde el ejecutivo o empresario al empleado o trabajador humilde, a la familia en general. Nadie deja de reconocer las decenas de causas que originan el mal: la marginación, la droga a todo nivel y casi en cada esquina, con la pasta base que accede a los estratos más pobres y que destruye los sentidos del que se transforma en un "habitué", la caída de los niveles de educación en relación a décadas atrás, el desempleo, la baja remuneración del policía que muchas veces está obligado a convivir en un cantegril con el delincuente, la falta de un estricto cumplimiento de los deberes de la patria potestad y fallas grandes en el funcionamiento de algún poder del Estado.

¿Por qué esta reacción cuando he vivido largos años en Uruguay y casi 15, no ininterrumpidamente, en el exterior?.

La razón que me hizo descubrir a fondo la dramática realidad, es que todos los casos, parcialmente relatados al comienzo, los viví de cerca o los padecieron parientes muy próximos durante 12 días. Y qué pensar si en apenas ese escaso tiempo a un nieto mío de 14 años y a un amigo, una barra de muchachones entre 15 y 20 años, les dieron una paliza en una calle con bastante movimiento, lastimándoles la cara, les quitaron los "championes", la remera, el reloj y la plata que tenían para volver en el ómnibus y se alejaron gritando como vencedores. Y a una cuñada de vacaciones le entraron dos veces, una de ellas mientras disfrutaban con su marido, pequeños hijos y amigos de un asado en la propia casa y "barrieron" con televisor, microondas, tablas de surf, etc... y la cartera con dinero y tarjetas de crédito. A la señora, madre de un médico amigo, a dos cuadras de Gorlero, en pleno centro de Punta del Este, caminaba hacia su apartamento, cuando un hombre que apenas divisó, al pasar a su lado le pegó una trompada en la frente, la hizo caer duramente al piso y como la dama instintivamente agarró con fuerza la cartera, le empezó a dar "patadas" y valga el término para el delincuente, en piernas, costillas, hasta que logró adueñarse del bolso y fugar corriendo.

El relato del obrero al que le robaron las herramientas y la casa que saquearon de griferías y destrozaron los vidrios para divertirse, es de un hombre que trabaja para mi hija y su marido con tres pequeños, que vendieron un apartamento y con sacrificio "empezaban" a disfrutar de una vivienda con jardín en la calle Cooper.

Y para no transformar este artículo sólo en un diario de familia, el último relato personal lo sufrimos en la casa de los padres de mi señora en Carrasco, en la calle Ferrari. Los ladrones entraron en la vivienda vecina, sus moradores estaban de vacaciones, saquearon todo durante la noche y se fueron "tranquilamente" pese a los ladridos y aullidos de los perros de "guardia" de todo el entorno. Esos vecinos han decidido no dejar más la casa y olvidarse del balneario como lugar de descanso.

UNIRSE. Estos relatos, vividos en "carne propia", despertaron comentarios con amigos y gente que me encontré durante esos 12 días en Uruguay. Todos, sin excepción, habían sufrido ellos, familiares o amistades, hechos similares, algunos más violentos, otros menos, pero que sirvieron para hacer la denuncia y tomar más precaución.

Hoy no sólo se ven las altas rejas, las garitas de guardias privados y hasta alambres electrificados y las vigilias de las familias como me contaron sucede en Carrasco, Malvín, Maroñas y Progreso, donde los vecinos se alternan y uno queda de guardia. Si escuchan o vislumbran alguna presencia extraña dan el alerta, enciendan las luces de la cuadra, llaman a la policía y gritan: ¡ladrones, ladrones! Afortunadamente todavía nadie, por lo menos claramente, dio cuenta en las charlas que participé de una respuesta dada con violencia o a los balazos contra los delincuentes. No hemos entrado aún en la ley del Talión.

¿Soluciones a este gravísimo flagelo que azota el Uruguay? Se han dado muchas y se manejan más, desde penas más severas, más dura represión, rebaja de la edad de imputabilidad a menores, más capacidad carcelaria, etc... Todas son salidas que se mencionan o proyectan desde hace tiempo, pero el primer paso está en la unión de los uruguayos, no en el relato costumbrista como un hecho cotidiano.

Sin duda la responsabilidad le toca a todos, la primera en especial al gobierno, pero también y tanto a la sociedad. Es fundamental integrar comisiones nacionales con personalidades y figuras de todos los sectores, comisiones barriales, invitar a expertos para oír su opinión, aquellos que "han logrado milagros" en sus ciudades, caso del ex alcalde Giuliani en Nueva York con su "permisividad cero". Y debe ser vital una lucha frontal, sin concesiones contra la droga. En uno de los relatos que escuchamos, de una persona que nos merece total confianza y respeto, nos enteramos que en un festival de música en un balneario del este, ante la vista asombrada de la mayoría, dos muchachones, uno fue retirado por la Policía, el otro menor ostensiblemente continuó su "trabajo". Vendían sobres de droga que retiraban de un grueso cinturón y embolsaban con rapidez el dinero. La madrugada llegó con jovencitos de ambos sexos durmiendo en la arena o el césped, siesta que duró todo el día y bajo el rayo del sol de enero.

Cuando retornaba en avión a Washington, más me ganaba el asombro y dominaba la amargura, no podía borrar el recuerdo de que el uruguayo vive como compañero de todos los días, como una dolorosa costumbre más, junto a la inseguridad ciudadana. La mayoría de los temas en ruedas y charlas de café y en las noticias, giran sobre el asalto, el "copamiento", el robo, el disparo contra el chofer del ómnibus o el taxi o la agresión gratuita, de las últimas 24 horas.

Uruguay no es un país de bajar los brazos, la rebeldía debe ganar a todos. Vi marchas multitudinarias en grandes ciudades del mundo reclamando contra la delincuencia. Conocí sacrificados aportes económicos para reforzar las vigilancias y conocí grandes reformas educacionales para reconquistar a la juventud. Y en muchos casos se ganó la batalla.

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