Jorge Abbondanza
El efecto de la lectura es al comienzo irresistible aunque después puede abrumar —en el mejor sentido— a toda persona cercana al tema, sobre todo si esa persona es vieja. Recorridas las 320 páginas de Función completa, por favor (Trilce, 2005) queda la sensación de saberlo todo sobre la exhibición cinematográfica en el Uruguay, desde sus orígenes (1896) hasta estos últimos años. La proeza de organizar fechas, nombres, cifras y demás datos debe agradecerse al erudito Osvaldo Saratsola, un amante del cine que nació y murió en Mercedes (1943-2003). Ese hombre fue no sólo crítico y cineclubista sino además un infatigable coleccionista de películas y un investigador capaz de armar el archivo completo de los estrenos montevideanos de cine sonoro desde 1929, invalorable material de consulta que puede encontrarse en Internet: https:// www.uruguaytotal.com/ estrenos/index.html.
Pero Saratsola también dejó este libro. El embrujo con que allí remueve la memoria del lector es una manera de embarcarlo en el túnel del tiempo para que vuelva a ver —así sea en fotos—las butacas de la platea del Azul o el exótico hall de ingreso al Continental, que eran imágenes casi perdidas. Ese viaje empieza por una torrencial información sobre las viejas salas de cine, que está apoyada por abundantes ilustraciones e incluye asimismo un pormenor de nombres, ubicaciones, períodos de funcionamiento y hasta estilos arquitectónicos, referencias que se vuelven más valiosas a medida que corren los años y ciertas estampas del pasado o ciertos datos se vuelven muy añejos. Es fácil recordar dónde estaban y cómo eran el Radio City, el Ambassador o el Censa, pero es menos fácil localizar en el recuerdo otros recintos como el Astor, el Savoy o el Albéniz, que fueron parte del auge cinematográfico montevideano a una altura en que la ciudad tenía más de cien salas y se vendían algo más de diecinueve millones de entradas en un año, como ocurrió en 1953. Ahora se vende la décima parte.
Sin embargo Saratsola —el paciente, infalible y circunspecto Saratsola— colocó en su libro otras evocaciones necesarias, como las grandes empresas exhibidoras con sus directivos y sus circuitos, el fenómeno de los cines de barrio, la llegada del sonoro, las arremetidas de la pantalla ancha, los accidentes históricos (incendios, derrumbes), el cineclubismo, la censura, los festivales, las estadísticas año por año y la lista completa de cómo se llamaron, dónde estaban y cuántas localidades tenían todos los cines que funcionaron en esta ciudad y también en el interior del país.
Con un prólogo sagaz de Alsina Thevenet, ese texto agrega anécdotas y citas periodísticas que colorean vivamente el material. El resultado es una expedición al pasado cuyo curso llega sin embargo hasta el presente, escrito con la devoción que corresponde a un aficionado tan minucioso como el autor. Lo único que cabe lamentar es que el reconocimiento y la gratitud que el libro merece, junto a la curiosidad insaciable que despierta al hojearlo, sean en el caso una respuesta póstuma —es decir, imperdonablemente tardía—ante un colega que trabajó toda su vida envuelto en el silencio ejemplar de los verdaderos estudiosos.