La guerra y la paz

Marcello Figueredo

Generosa, la semana que hoy se apaga nos ha regalado una encendida metáfora del infierno y una alucinante visión del paraíso. Dos caras igualmente vistosas de la misma moneda: el mundo que usted y yo habitamos.

Inflamada por unas viñetas humorísticas que dejaban mal parado al bueno de Mahoma (publicadas por el diario danés Jyllands Posten y luego reproducidas en varios medios internacionales), la ira de ciertos hijos de Alá se desató por el mundo. Quemaron banderas en Damasco, manifestaron en Bangkok exigiendo un boicot comercial a la maldita Dinamarca, lanzaron airados pedidos de disculpas desde Bangladesh, arrojaron tomates y huevos ante sedes diplomáticas acreditadas en Yakarta, apedrearon a los observadores internacionales acreditados en Hebrón. Y cuando la furia de los musulmanes radicales pasó de castaño oscuro empezó a correr sangre. Una lluvia de cócteles molotov se desató frente a la embajada finlandesa en Teherán. Manifestaciones multitudinarias en Nigeria acabaron en serios incidentes con la policía. Los talibanes llamaron a una nueva Guerra Santa. Las muertes se sucedieron en Líbano, Somalia y Afganistán. Se sospecha que el asesinato de un misionero católico italiano a manos de un joven turco de apenas 16 años esté igualmente vinculado a esta batalla global, cuyos próximos capítulos pueden revelar una insospechada creatividad. Para botón de muestra, imaginen lo que será el concurso de caricaturas sobre el Holocausto Judío que promovió un periódico iraní a modo de represalia contra lo que considera una blasfemia organizada por el sionismo internacional. El escándalo ha adquirido tales proporciones, que hasta en el corazón liberal del mundo se discuten hoy los límites de la libertad de expresión, y no son pocos los medios de comunicación dispuestos a arrodillarse de miedo ante el dogmatismo. Un infierno.

Ahora imaginen el paraíso. Uno que no exija inmolaciones en la puerta de entrada. Pues bien, parece que existe. En la mismísima Indonesia hoy sembrada de violencia, apenas separada del horror por un mar sembrado de bellezas, brilla la otra cara de la moneda.

Un grupo de científicos internacionales, a cuyo frente figura el estadounidense Bruce Beehler, asegura haber descubierto un nuevo Edén al oriente del archipiélago. Para más datos, en las altas selvas tropicales de las montañas Foja, en Nueva Guinea, aunque en rigor deberíamos decir Papúa Occidental, que fue independiente por un breve lapso y desde 1962 está ocupada por los indonesios.

Allí, ajenas al disgusto de profetas y discípulos, todavía a salvo de la bota de un ejército que mata y tortura, revolotean sus alas cuatro especies de mariposas hasta ahora desconocidas y croan veinte especies de ranas que nadie había visto jamás, incluyendo una de apenas 14 milímetros de longitud.

En el más prístino ecosistema del que se tenga noticia, hay también palmeras y flores gigantes, aves del paraíso que no dejan de cortejarse, comemieles con una vistosa mancha naranja en la cara y una barba igualmente colorida bajo cada ojo, canguros arbóreos de manto dorado que se creían extintos, amigables osos hormigueros que se dejan alzar en brazos y otros tantos animales nunca antes vistos que no se muestran hostiles ante el ser humano. "Es lo más cercano al Jardín del Edén que se puede encontrar en la tierra", resumió Beehler, que llevaba 25 años planeando la expedición.

Aunque todavía falta que la comunidad científica certifique sus descubrimientos, ya se habla del hallazgo de un mundo perdido. "En toda la zona no encontramos ni una sola huella del paso de la civilización. Por lo que podemos saber —agregó el explorador— el ser humano nunca había pisado estos terrenos".

Allí y sólo allí, donde el canto de los pájaros exóticos todavía no ha sido cuestionado por ningún fanático, deben dar ganas de creer en algún dios.

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