Intolerancia

Jorge Abbondanza

El pequeño escándalo dio la vuelta al mundo. Comenzó cuando el semanario Vida y Literatura de Budapest dijo en una nota que el realizador István Szabó había sido informante de las autoridades comunistas de Hungría entre 1957 y 1963. Ese período fue especialmente duro en el país, luego del levantamiento de 1956 y la llegada de los tanques soviéticos, pero lo inesperado es que en ese marco de intolerancia figuró el joven Szabó (19 años) como espía del gobierno "informando bajo nombre falso sobre profesores y compañeros, cuando era estudiante de la Escuela Superior de Teatro y Cine".

La gran ironía consiste en que Szabó hizo más tarde películas donde la conciencia de un personaje debe enfrentar las tenazas del poder, como ocurría con un actor bajo el nazismo en Mefisto, con un militar cuestionado en Coronel Redl o con un gran músico de pasado turbio en Réquiem por un imperio. De cualquier manera, Szabó ha explicado ahora su etapa de espionaje afirmando que le sirvió para engañar a las autoridades y salvar "a un amigo que iba a ser ejecutado por su papel en la sublevación popular de 1956". Más allá de que esa aclaración responda o no a la verdad, y aunque se cuestione a Szabó por "haber admitido ese pasado recién cuando fue revelado por la prensa", cabe reflexionar sobre dos cosas.

La primera es el riesgo de juzgar un comportamiento juvenil cuando funciona bajo un régimen tan represivo como el húngaro de 1957 y la segunda es el resbaladizo límite que puede marcarse entre el valor de una obra artística y la conducta personal de quien la creó. Es justamente el mérito de esa obra lo que determinó en estos días un documento de adhesión a Szabó firmado por cien intelectuales y creadores de su país, que proclaman allí su "inmutable respeto y afecto" por dicho maestro del cine, como ya se adelantó en estas páginas. Curiosamente, entre los firmantes de ese documento aparece el octogenario Miklos Jancsó, otro realizador eminente del cine húngaro, que hace medio siglo era aludido burlonamente en los informes secretos elevados por Szabó a las autoridades.

En todo caso, este episodio tardíamente destapado ubica a Szabó en una larga nómina de celebridades que en su momento aparecieron enredadas en el entretelón de períodos de emergencia política. Ocurrió bajo el nazismo con la pasividad (o la colaboración) del filósofo Heidegger, el actor Gustav Grundgens, el compositor Richard Strauss, el director de orquesta Fürtwangler, los realizadores Veit Harlan o Leni Riefenstahl. Sucedió también con franceses famosos que bajo la ocupación alemana tuvieron actitudes de indulgencia, oportunismo o complicidad, desde Arletty, Cocteau o Sacha Guitry hasta Harry Baur, Chevalier o Danielle Darrieux. Algo similar pasó en Hollywood durante el macarthysmo, otra etapa de intolerancia que tuvo colaboracionistas (Robert Taylor, Adolphe Menjou, Elia Kazan, Lee J. Cobb) dispuestos a delatar a colegas y amigos ante los inquisidores del Congreso.

Afortunadamente, la obra de Szabó (que va desde los títulos mencionados hasta Encuentro con Venus o Conociendo a Julia) sobrevivirá al revuelo provocado por la doble identidad de su pasado remoto y será lo que perdure después de que se calmen las aguas.

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