Sobre pedidos de perdón

Pedir perdón no es una costumbre de los seres humanos. Cuando a un niño que se comporta mal se le señala que debe pedir perdón, generalmente se niega a hacerlo. Prefiere soportar una penitencia que reconocer su error o su falta. Hacer esto último lesiona su autoestima y hiere su amor propio. Y tal actitud suele no modificarse cuando los de corta edad llegan a ser adultos. Es que los bípedos implumes —como nos llamaba Justino Aréchaga— solemos ser orgullosos y soberbios, amén de tercos.

Por ello, cuando un hombre entrado en años pide perdón y, sobre todo, si lo hace en forma pública y respecto de su proceder en asuntos que conciernen a toda la sociedad, su actitud merece ser reconocida y hasta destacada. Reconocer yerros nunca es cosa fácil ni agradable. Es lo que ha hecho, aunque bastante parcialmente y con graves errores de concepto —a mi falible juicio—, el senador Fernández Huidobro.

Reconoció, respecto de la ejecutoria de la organización subversiva y terrorista que integró entre 1963 y 1973, "que los medios evidentemente no fueron idóneos y por ello sí pido perdón". Y también lo pidió porque "usamos en algunos casos procedimientos de guerra injustos".

El alcance del primer acto de contricción no es claro. ¿Reconoce que la insurrección armada contra sucesivos gobiernos libremente electos por el pueblo era ilegítima o simplemente que no fue apta o eficaz para derrocar a esos gobiernos? En este último caso, sólo estaría pidiendo perdón por un error de cálculo o de concepto.

Idóneo, dice el diccionario, es la persona o el medio "que tiene disposición o aptitud para una cosa". Es decir, para alcanzar el fin perseguido. Tras esta precisión semántica, hay una trascendental cuestión de fondo. Trátase de que la gravísima culpa de los tupamaros no nace de la no idoneidad de la vía elegida a los efectos de hacerse del poder sino de haberse alzado contra los gobiernos legítimos de la década del sesenta, de haber querido echarlos abajo por la fuerza de las armas y en el marco de una guerra sucia, desconociendo la voluntad popular expresada en las urnas en 1962, 1966 y 1971.

Su asalto a las instituciones, de haber tenido éxito, hubiera sido tan inconstitucional como el golpe de Estado y la subsiguiente y execrable dictadura que hoy casi todos condenamos. Es por ese asalto a la institucionalidad democrática, más allá de que haya sido fallido, y por la dictadura que jamás se hubiera instaurado si su larga insurrección no hubiera existido, que los tupamaros deben pedir perdón. Y no sólo por sus "procedimientos de guerra injustos". "U séase", eufemismos al margen, por sus crímenes injustificables.

Pero antes de estas solicitudes de perdón aparentemente cojitrancas, el ex guerrillero entreveró las cartas y metió en la misma bolsa al gobierno de los Estados Unidos, sindicatos, empresarios, "partidos políticos de variada gama incluso muchos de izquierda y ciudadanos comunes y corrientes", todos los cuales también deben pedir perdón, a su criterio.

Hablemos claro, senador. No hay que mezclar las causas con las concausas —dijeran los penalistas— ni lo principal con lo accesorio y lo lateral, como diría Juan Pueblo. El golpe de Estado lo dieron los militares por su exclusiva decisión. Lo principiaron el 8 y el 9 de febrero de 1973 y lo consumaron el 27 de junio de aquel año. Por ese crimen de lesa Nación debieran pedir perdón. No lo han hecho y, al parecer, no lo harán.

Pero la situación de cuasi guerra civil, aunque no convencional, que habilitó a los militares a dar el golpe de Estado y someternos —a los uruguayos— a once años de dictadura, la crearon ustedes, los tupamaros, con su mal llamado MLN, y por ello también deben pedir perdón.

Entre tanto, todos los que nunca aceptamos la violencia de ustedes ni la de los militares, que condenamos siempre la primera y luchamos contra la segunda, de nada tenemos que pedir perdón. Ni tendrían que pedirlo, de estar vivos, Wáshington Beltrán, Amílcar Vasconcellos, Fernando Oliú, Enrique Tarigo y Eduardo Pons Etcheverry.

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