Salvo que el canciller Gargano maneje información reservada que no ha trascendido a los medios ni a la opinión pública, sus declaraciones de ayer en el diario "Clarín" de Buenos Aires constituyen un exabrupto. Dijo, directamente, que "el diálogo está roto" con la hermana República Argentina, a raíz del enfrentamiento por las plantas de celulosa.
Las declaraciones de Gargano se producen cuando el escenario de la crisis ha disminuido notoriamente (los cortes van camino a desaparecer) a impulsos del propio presidente argentino, Néstor Kirchner, que la semana pasada le bajó de manera radical los decibeles a la controversia, al calificarla de "cuestión ambiental" y pidió al desubicado gobernador de Entre Ríos que dejara de organizar piquetes en los puentes, para buscar una solución por otras vías.
Se manejó dilucidar el tema ante la Corte de La Haya. Pero más allá que Argentina tiene todo el derecho del mundo en hacerlo, pareció más bien un anuncio para salvaguardar a la figura de Busti y que no apareciera, tras más de un mes de movilizaciones aceptadas (o promovidas) por la Casa Rosada, que quedaba colgado del pincel y sin escalera. Joaquín Morales Solá, informado, sabio y prestigioso columnista de "La Nación" de Buenos Aires, se preguntaba ayer: "¿La Argentina acusará a Uruguay ante los tribunales de La Haya? La Argentina nunca fue a La Haya, si siquiera para denunciar el litigio por las islas Malvinas, antes, ni después de la irresponsable guerra con Gran Bretaña. ¿Lo hará contra Uruguay? Sería como hacerse un juicio contra uno mismo. Hay una historia y un entramado social preexistentes: es difícil que argentinos y uruguayos se sienten en otro país cuando están en la orilla de enfrente".
"(...) Kirchner —agrega más adelante— está convencido, en el fondo, de que la Argentina nunca llegará a La Haya; sólo ha lanzado este globo para ganar tiempo en la negociación con Uruguay".
Como se ve, hay una similitud de visiones, que contrastan abiertamente con la belicosidad de las declaraciones de Gargano —que borra de un plumazo o desconoce años de historia de una hermosa hermandad—, justo cuando parece que desde la orilla de enfrente se tiende la mano.