EL debate nacional e internacional sobre la viabilidad jurídica y fáctica de la celebración de un tratado de libre comercio entre Uruguay y Estados Unidos ha tenido la virtud, a partir del planteo de su posibilidad por el ministro Astori, de que se empiece a hablar claro sobre lo que representa el Mercosur para los verdaderos y legítimos intereses comerciales de nuestro país.
De legítimos los hemos calificado, porque lo son, desde que hacen a la conveniencia nacional y al bienestar de sus habitantes. Todo país es, en lo comercial, un gran emprendimiento colectivo que vive —y progresa— de vender su producción y comprar lo que no produce o produce con menor calidad. A otras naciones, por supuesto. Verdad obvia de la que se deduce que es de interés nacional, aquí y en todas partes, liberalizar el comercio con la mayor cantidad de países posibles —sobre todo si éstos tienen un gran mercado, como los EE.UU. y China— de modo de vender más y mejor.
PENSANDO y hablando claro sobre estos temas, fue que el ex presidente Batlle relativizó a menudo las ventajas del Mercosur y luchó por la apertura de otros mercados compradores, principiando por el de Estados Unidos. Que logró en el rubro carnes, nada menos, con señalado impacto favorable para la economía del país, conquista que la Historia, despojada de visiones miopes y mezquinas, habrá de reconocerle. Ahora es el ministro Mujica quien ha dado en opinar sobre estas cuestiones cruciales. Sin tapujos, como es su estilo tan proclive a "cortar grueso".
¿Qué ha dicho el ex guerrillero, traducido a lenguaje menos grosero que el suyo? Que el Mercosur, con sus compromisos y ataduras, no nos sirve para casi nada, como lo demuestra el embrollo con Argentina por la instalación de las papeleras, que calificó de "guerra no declarada" y hasta de "guerra de sabotaje contra la economía del Uruguay".
Pero lo importante, añadió, no es la discusión sobre la celulosa, sino "de qué nos sirve el Mercosur a los que somos pequeños, a los que somos chiquitos". Y, a pesar de descalificar con una palabra gruesa el debate sobre un tratado de libre comercio que, al parecer, ni siquiera se empezó a negociar, afirmó que "hay que negociar con Estados Unidos y con Irán y con Libia y con el que se ponga y con el que se cuadre", sin olvidar a China ni a Corea del Sur.
CON el sol a la espalda y de vuelta de sus utopías marxistas juveniles, enfrentado a las responsabilidades del gobierno, Mujica enfoca los problemas comerciales del país ateniéndose a los hechos y sin las anteojeras ideológicas deformantes que gusta usar Gargano. No nos molesta coincidir con el subversivo de antaño, cuando de defender los intereses nacionales se trata, que se ven lesionados por el mal funcionamiento comercial y la politización creciente de un Mercosur que ya no es palanca sino manea de nuestro crecimiento.
CUANDO el Mercosur nació, quince años ha, todos fuimos partidarios de que Uruguay no se marginara de la zona de libre comercio regional que nacía ni de su futura unión aduanera. En tiempos en que el 35%, o más, de nuestro comercio exterior se canalizaba en condiciones de creciente liberalización con Brasil y Argentina —PEC y Cauce mediante—, hubiera sido muy torpe quedar afuera del área comercial liberalizada de aranceles que nuestros grandes vecinos iban a crear. Con nosotros o sin nosotros.
Pero pasó el tiempo y las esperanzas justamente depositadas en el éxito del Mercosur se fueron desdibujando cada vez más. Sobre todo, a partir de la crisis brasileña de 1999 y el descalabro argentino a fines de 2001. En los primeros años, aunque el arancel cero tuvo demasiadas excepciones, el comercio regional creció y recogimos beneficios. Sin embargo, entre las trabas no arancelarias que ambos países limítrofes son expertos y reincidentes en utilizar y el alto arancel externo impuesto por Brasil, que nos hace cautivos —o poco menos— de su industria doméstica, la tendencia se revirtió y en eso estamos desde hace varios años.
COBRA sentido, entonces, la pregunta del Ministro de Ganadería, que no es el primero en formularla: ¿De qué nos sirve el Mercosur? Y, a partir de la validez de tal interrogante, resulta pertinente el replanteo de lo que hace tres lustros resolvimos todos los partidos políticos y sus líderes, a iniciativa del presidente Lacalle. No para salir disparando del Mercosur ni para abominar del mismo, sino para evaluar serena y objetivamente sus ventajas y desventajas, a la luz exclusiva del interés nacional.
Preguntémonos por qué Chile no ingresa al Mercosur. La respuesta es sencilla: más le conviene mantener su tratado de libre comercio con Estados Unidos y su arancel aduanero, más bajo que el que rige a nivel mercosuriano y, por ende, más favorable para su economía a la hora de negociar acuerdos de libre comercio, sea con quien sea.
YA alguien salió a decir que un tratado con Estados Unidos tendría muchas excepciones y restricciones. Por tanto, no nos sería favorable. El que negoció y obtuvo Chile —como el ALCA para México— le es plenamente favorable, por el contrario. Nada perderemos, como es obvio, si sondeamos al gobierno americano respecto de cuáles serían las condiciones de tal tratado. Si no nos sirven, archivamos el asunto. Si nos benefician, ponemos sus ventajas en la balanza y las sopesamos frente a las que nos ofrece el Mercosur. Que cada vez son menos.
Que ello molestaría a Brasil y Argentina a la vista está, pues ya circulan los argumentos jurídicos de sus dos cancillerías y de otros funcionarios respecto de que la suscripción de tratados de ese corte no es viable por fuera del Mercosur. También lo es acordar en su seno ventajas comerciales bilaterales y, sin embargo, ambos países terminan de hacerlo, a espaldas de Uruguay y de Paraguay.
QUIEREN que nada negociemos con Estados Unidos. Muy bien, ¿qué nos ofrecen en compensación? Lo mismo procede preguntar ante la pretensión de instalar un seudo Parlamento del Mercosur —seudo porque nada legislaría—, que requiere la aprobación de un tratado y que, por tanto, es inviable sin el asentimiento uruguayo. El tal Parlamento, en el mejor de los casos, ningún beneficio concreto le aportaría a nuestro país.
¿Lo quieren Brasil y Argentina? ¿A cambio de qué?
Ha llegado la hora de dejar de hacer el deslucido papel del hijo de la pavota.