Sombras en el paraíso

Marcello Figueredo

Hubo un tiempo en que los veranos eran veranos; es decir, largas mañanas en las que sol y sal se daban por sentados, tardes consagradas a siestas y otros placeres bochornosos, noches acaloradas en las que se podía cenar al aire libre y prolongar la sobremesa sin temor a ciclones extratropicales.

No hace falta compartir esta nostalgia (probablemente atizada por una semana nada veraniega, como habrán visto), para rebelarse ante otros nubarrones que oscurecen el cielo de nuestros paraísos estivales, amenazados ya no sólo por los caprichos de la madre naturaleza sino también por las maldades de unos cuantos hijos de su madre.

Algunos ejemplos. Un hotelero argentino afincado en Montoya me contaba el otro día sus padecimientos cotidianos: el martirio de la radio a todo volumen que cada mañana encienden los obreros que trabajan en una construcción vecina, la tortura de los maldonautas que circulan en sus motos con el caño de escape libre, la impunidad con que los carteles publicitarios florecen como hongos cercenándole el paisaje.

A una hora de Punta del Este, el irresistible ascenso de La Pedrera, coronada Miss Verano 2006, ha venido acompañado de más ruido que nueces, y las quejas de quienes eligieron ese lugar en busca de paz empiezan a multiplicarse. Un recital multitudinario, capaz de llenar el balneario de bote a bote y desabastecerlo en menos de 48 horas, acaba de evidenciar el desequilibrio que pueden suponer ciertas propuestas que avanzan sin timón rumbo al este del edén. En algunos puntos de la costa de Rocha llegó el rap a los paradores pero se acabó el papel higiénico (¿esto tendrá que ver con la legendaria lentitud de los locales para tomar medidas o con la avidez de los visitantes por tomar cerveza, que también se consumió en cantidades récord?); se impusieron las veladas sunspin pero se acabaron las velas con las que combatir los apagones que se registran al primer chaparrón; de la noche a la mañana los turistas se contaron por decenas de miles, pero ciertos servicios básicos se siguen contando con los dedos de una mano.

Es mentira que sea imposible conciliar el desarrollo de la industria turística con el cuidado de nuestros recursos naturales, tan valiosos como finitos, y con la preservación de valores que no tienen precio en el mundo, como la paz, el silencio o la belleza. Lo que ocurre es que eso requiere de una planificación, una responsabilidad y una inteligencia no demasiado frecuentes en estas playas, donde la improvisación, la desidia y el culto a lo feo son monedas mucho más corrientes. Nuestros ministros e intendentes, nuestros empresarios y operadores del ramo deberían mirar atentamente lo que está ocurriendo con el turismo a nivel mundial, elevar miras, evitar atajos e impedir que el acertado eslogan Uruguay Natural se convierta en un mero juego de palabras.

Si como todo permite sospechar, nuestro país empieza a ganarse lentamente un lugar en el firmamento internacional a costa de los viajeros que aterrizan en Buenos Aires a bailar tango y comer carne, de los aventureros que descienden hasta la Patagonia a avistar ballenas y pescar truchas, o de los entusiastas que llegan a Rio de Janeiro a bailar samba y desvalijar tiendas, habrá que saber seducirlos con aquello que ya no encuentran tan fácilmente en otras partes.

No es con shoppings en la arena como los que hay en los cinco continentes ni con carpas musicales como las que se ven en Wild On que vamos a conquistar a la flor y nata del turismo. Si queremos ganar viajeros capaces de dejar aquí un buen dinero (y no sólo botellas vacías), hay que tomar otro camino.

Claro que para ello, además de una política de Estado adecuada, también necesitaríamos que nuestros veraneantes recapacitaran antes de largarse a la carretera para tomar por asalto el balneario de turno. Eso no es nada fácil en estos días, cuando la gente parece incapaz de desembarcar en el paraíso de las vacaciones sin dejar atrás los tics y las miserias de su infierno cotidiano.

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