Hemiplejia callejera

PASAN cosas graves en medio del tránsito montevideano, sin que los organismos correspondientes se dispongan a remediar esos problemas. Lo que en todo caso hacen las autoridades, consiste en una lista de cuatro cosas más o menos visibles. La primera es multar a conductores por las infracciones que puedan cometer. La segunda es recaudar lo que esa flota de autos, camiones y autobuses vierte en la caja de la Intendencia por concepto de patentes. La tercera es controlar en ciertas esquinas, con malabarística destreza, si los usuarios motorizados han pagado esos tributos. Y la cuarta es velar por el mantenimiento de pavimentos y señales, lo cual se cumple relativamente porque hay baches por todos lados, semáforos con luces apagadas o desincronizadas y cartelería en estado precario.

A las autoridades les falta por cumplir otros cometidos tan inevitables como los señalados. Uno de ellos sería disciplinar la circulación de ciclistas y carros hurgadores, dos categorías del tránsito que en todo momento transgreden cualquier norma del reglamento municipal sin que las autoridades —incluyendo Intendencia, Ministerio del Interior y Policía— consideren que hace falta controlarlas. El automovilista sabe que esos dos sectores generan riesgos no sólo múltiples sino también mayores, considerando que los ciclistas marchan a contramano o lo hacen indebidamente por la senda de la izquierda, en lo cual también incurren numerosos motonetistas (con o sin delivery para entregar), mientras los carros hurgadores van sin luces, conducidos por menores, cruzan semáforos con la luz roja y muchas veces circulan a contramano. No hay indicios a la vista de que el cuerpo de inspectores de tránsito los detenga para corregirlos.

ESO indica que el control de las calles montevideanas muestra síntomas de hemiplejia. Por un lado, los inspectores llegan al bizantinismo de multar a un conductor por no respetar al pie de la letra lo que manda una señal o por no llevar puesto el cinturón de seguridad, mientras esos mismos inspectores dejan pasar cualquier infracción de bicicletas o carros sin formular la menor objeción. La experiencia dice que gracias a esa hemiplejia hay algunos sectores impunes en el tránsito de esta ciudad, pero no son los contribuyentes que pagan grandes sumas por tener derecho a utilizar las calles: son en cambio quienes circulan gratuitamente, con el beneficio adicional de que jamás enfrentan observaciones ni amonestaciones, por no hablar de sanciones.

HACE un tiempo, la dirección de Tránsito y Transporte de la Intendencia montevideana señaló que sólo había 114 agentes de tránsito para vigilar a un parque automotor que ronda las 350.000 unidades, pero en esa contabilidad no incluyó a otras flotas como los ciclistas y los carros, que gozan de una indulgencia municipal difícilmente explicable. Y todo eso sin hablar del comportamiento de los peatones, que suelen exhibir su propia anarquía cuando cruzan la calle a mitad de cuadra, lo hacen lentamente y en forma transversal o de espaldas a la dirección en que viene el tránsito. Haría falta aconsejar severamente a quienes contribuyen con esa conducta a agudizar un panorama caótico. Esos consejos podrían extenderse a la edición de folletos, clases en las escuelas y advertencias verbales formuladas por los inspectores en ciertas esquinas peligrosas.

Pero sería igualmente necesario que se reglamentara con otra exigencia el funcionamiento de las academias de choferes, porque de esa formación (y del examen que la Intendencia plantea para obtener la licencia de conductor) sale una hueste de automovilistas que parece ignorar buena parte de las disposiciones del tránsito, las desobedece como rasgo nada recomendable de la viveza criolla o las viola para desahogar al volante algunas agresividades que en cambio deberían descargarse en el consultorio de un terapeuta. Hay problemas de fondo en el tránsito de esta capital y conviene saber que no todo se arregla con la imposición de multas o la recaudación de tributos. Habría que educar a la gente, hacerlo desde la infancia y pensar en la forma de superar la hemiplejia de hoy.

AFORTUNADAMENTE, a fines de noviembre se inauguró el Centro Municipal de Formación Vial, con asistencia del ministro de Transporte y el propio intendente, cuya misión será la capacitación de los agentes de tránsito, incluyendo actualizaciones, seminarios y cursos de perfeccionamiento, atendiendo no sólo al nivel que adquiera el cuerpo inspectivo sino también a la vinculación de esos agentes con la comunidad.

Según se señaló en dicha ocasión, el centro contemplará elementos básicos como la educación, ingeniería, medicina del tránsito, psicología del tránsito, vigilancia y seguridad vial. Ello comprenderá, según se dice, el dictado de cursos a conductores de taxis, de ómnibus urbanos y ambulancias, así como patrulleros y transportes escolares. Parte de ese esfuerzo podrá comenzar en febrero o en marzo y desde ya luce muy alentador en el papel, ayudado por la bienvenida opinión del director de Tránsito: "hay mucho discurso con respecto al tránsito, pero se hace poco". Falta por ver si el proyecto será capaz de saltar desde la palabra impresa a la realidad de cada día.

Patentes

La Intendencia de Montevideo, pese a los anuncios de nuevos aforos de los vehículos, sigue cobrando lo mismo o un poco más, pese a que los autos, cada año que pasa, valen menos. Tenemos un caso concreto que en 2003 tuvo como patente la cantidad de $ 8.229, en el 2004, la patente fue de 8.023, para el 2005 subió a 8.615 y este año 2006, el contribuyente deberá abonar la suma de 8.917 pesos. Estas cantidades, totalmente heterogéneas, corresponden a un vehículo del año 1997, es decir que lleva nueve años de vida con la consiguiente desvalorización. Eso parece no importar a la Intendencia que factura y factura. Pese al cambio del titular de la Comuna, con lo que se esperaba una acción mucho más racional que la del anterior Intendente, las patentes —sin tener en cuenta la ya famosa "guerra"— de Montevideo, siguen en alza, desiguales, mientras los autos cada vez valen menos.

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