Carlos Reyes
En noviembre pasado se publicó Boliches montevideanos, un libro atrapante que pronto agotó los 1.800 ejemplares que salieron al mercado. En consecuencia, Banda Oriental lanzó el 3 de enero la segunda edición, con un tiraje de 1.500 unidades. Navidad al margen, la razón de esta fuerte demanda tiene varias puntas: se trata de un material con muy buenas imágenes, con textos breves, claros e informativos, sobre un tema que a pocas personas deja de interesar: los bares de Montevideo.
El origen de esta publicación se remonta a 2002, cuando se aprobó un decreto municipal que constituía una comisión de apoyo y promoción de los bares, cafés y almacenes. En los años siguientes se hizo un relevamiento y selección de locales del ramo con marcado interés patrimonial, que sirvió de punto de partida para este libro. También se tomaron de modelo algunas publicaciones porteñas, dando por resultado un trabajo que en 81 páginas resume la historia de unos 30 boliches, de distinta antigüedad, trayectoria y estilo.
Muchos artistas sumaron esfuerzos tras esta iniciativa, en la que destaca el trabajo de los fotógrafos Leo Barizzoni y Carlos Contrera, y el del escritor Mario Delgado Aparaín, que realizó una serie de textos ágiles e instructivos. El diseño del libro corrió por cuenta de Fidel Sclavo y la coordinación editorial del arquitecto Leonardo Gómez y el profesor Alcides Abella. También el arquitecto Nery González aportó, además del prólogo, un profundo trabajo de investigación.
FOTOS QUE HABLAN. "El criterio que seguí —contó Barizzoni a El País— fue destacar los aspectos estéticos, buscando resaltar lo más lindo. En algunos bares eso era muy fácil, porque están muy bien conservados, pero otros están muy venidos abajo y había que buscar un ángulo vistoso. Porque a diferencia de un reportaje fotográfico—donde no hay que buscar una imagen embellecida sino un registro—, aquí sí intentamos captar los aspectos más atractivos".
En cuanto a la luz y al momento del día en que las fotos fueron hechas, Barizzoni afirma: "Tuvimos que ir a distintas horas, y en algunos casos ir más de una vez, porque la luz no era la conveniente. En el caso del Café Brasilero, por ejemplo, hice fotos de día, para remarcar el carácter cálido del lugar. En otros, que tienen más mármol, se buscó el efecto contrario: subrayar la frialdad".
Contrera complementa las ideas de su colega: "Yo empecé con el planteo de hacer un registro más objetivo, documental, aunque poco a poco preferí mi visión, y por la vía de los hechos se fue dando una mirada más subjetiva. En general buscamos que las fotos tengan gente, para comunicar la sensación de algo vivo, aunque no se trata de retratos, sino de personas en movimiento".
"Esta experiencia —continúa Contrera— me sirvió para redescubrir boliches, como el Bar Rey, en Requena y Daniel Muñoz, un lugar estéticamente perfecto. Lógicamente, unos fueron más difíciles de fotografiar que otros. Creo que el que más me costó fue el Expreso Pocitos, por las características propias del lugar: mucho vidrio, mucha columna, muy irregular por dentro. Tuve que ir tres veces hasta que di con lo que quería".
MISTERIOS. En ese recorrido por todo Montevideo, que abarca desde Melilla hasta la Unión y desde Punta Carretas a la Ciudad Vieja, se encuentran boliches de todo pelo y señal. Está el clásico bar—almacén, como La Giraldita, en Benito Lamas y E. Muñoz, o el Tabaré, en J. Zorrilla de San Martín 152. Otros son más tipo tanguería (como el Fun Fun, en Ciudadela 1229), mientras que algunos tienen un carácter más íntimo (el Unibar, Eduardo Acevedo 1450) y otros están pensados para albergar multitudes (la Giralda, en Br. Artigas y Canaro).
Entre todos ellos unos conservan un aire antiguo, como si el tiempo se hubiera detenido entre sus mesas, y otros han sido objeto de fuertes modificaciones. Entre los que han sufrido grandes cambios están los que encontraron un diseño de avanzada como el Café Bacacay (Bacacay y Buenos Aires), y los que fueron reformados a imagen y semejanza de sus propietarios, muchas veces para dolor de cabeza de los estudiosos del patrimonio nacional.
Frente a algunos de ellos los fotógrafos dispararon sus cámaras con bastante libertad, mientras que en otros siguieron las pautas de la investigación previa. En el Vaccaro (Gral. Flores y Aramburú), por ejemplo, se fotografió el piso, que es lo que se conserva del legendario salón. En otros se privilegiaron las instalaciones, como en el Rondeau (Rondeau y Aguilar), cuyas sillas pertenecieron al célebre Tupí Nambá. Lógicamente que los mostradores son muchas veces las estrellas de estos bares, aunque a veces se focalizaron detalles como el desgaste del piso por años y años de pisar allí.
Pero además de arquitecturas e instalaciones, un bar puede ser también una especie de museo, o de bazar. Es que entre las botellas se suelen acumular con el correr de las generaciones todo tipo de objetos, caros y baratos. Cuadros, banderines, fotos, ruedas de carro, afiches de corridas de toros, dan cuenta de cómo el café es también un segundo hogar, para el dueño y también para muchos de los parroquianos.
En ese sentido, el libro no busca sólo rescatar la belleza de los bares perfectamente conservados, con su balanza y su caja registradora antiguas. También hay lugar en él para los que optaron por el rejunte, por las estéticas mezcladas, que comulgan con un kitsch de hondas raíces populares.
Ante ese mar de estímulos, los dos fotógrafos se dejaron llevar por sus cámaras, aunque como observa Contrera, de alguna manera sus trabajos se inscriben "en el foto periodismo de los franceses, que repara en los detalles, subraya lo casual y no descarta en absoluto lo humorístico".
Para cada personalidad, siempre hay un bar
Claro que los artistas, deportistas o políticos famosos no andan ni han andado por un solo boliche, y que todos ellos —como todo el mundo—, suelen transitar de un mostrador a otro. Sin embargo, existen ciertas querencias, por lo que a algunos personajes se los asocia con un determinado bar, café o pub. En El Hacha (Buenos Aires y Maciel) recalaban, por ejemplo, el boxeador Dogomar Martínez y el futbolista Roque Gastón Máspoli. El Micon’s (que como su nombre indica queda en Miguelete y Constitución) era el elegido por Roberto Barry y el legendario Fosforito. Y el Apolo XI (Felipe Sanguinetti y Rousseau) se convirtió en el lugar de Jaime Roos y Pablo Bengoechea.
Así, para cada personalidad hay un boliche. El Su Bar (Jackson y Maldonado) fue el predilecto de Juceca, y también de Daniel Hendler y Milton Schinca. A China Zorrilla o a Claudio Williman se los ha visto mucho por el Tranquilo Bar (21 de Setiembre 3000), mientras que el Bar Rey (Daniel Muñoz y Requena) presenció las trasnochadas de José Carbajal, el Canario Luna e incluso a Horacio Guarany.
El Mincho, por su proximidad al diario El Día, recibió a numerosos periodistas y artistas, como Marosa di Giorgio y Rufino Mario García, éste con su perro Trabuco. De ese encantador barcito era cliente Alfredo Zitarrosa, quien un día, emocionado ante el reencuentro con un viejo amigo, se dispuso a cantar para toda la clientela. En medio de la expectativa general, el patrón manifestó una rotunda prohibición. "¿Usted sabe cuánto vale una canción mía?, preguntó el gran cantautor. "Sí, valdrá mucho donde se la paguen. Pero aquí no se canta", concluyó el dueño del lugar.