Tres semanas atrás, murió Julián Marías. El martes pasado se cumplieron 47 años de la partida de Vaz Ferreira. Ni tres semanas ni 47 años son hitos del calendario, como podrían ser el mes o el cincuentenario. Pero en vida y en muerte, Marías y Vaz Ferreira son hitos de nuestra memoria, entendida como arsenal de materiales para pensar y no como museo de sueños muertos.
Tuve el honor de dialogar con uno y otro. Luces diferentes.
Vaz Ferreira —alto, enjuto de tanto escrutar— era intimista: defendía el sentir, intuía el bien y no vacilaba en individualizarse por identificación artística —con Schubert, por ejemplo.
Marías —petizón, dicharachero— era mundanal: cronista de cine, gustador de vinos y mesa bien servida, entrelazaba teoría, humor y paradoja —como cuando sostuvo en el teatro Solís que el ser humano era una abstracción que él nunca había visto, ya que sólo existían mujer y hombre...
Diversos en escenario, trayectoria y proyección, a la distancia tuvieron en común haberse impuesto la función de enseñar a pensar, guiando multitudes para ascenderse a personas.
Y mucho más.
Ninguno de los dos construyó un sistema en cuyas claves y anaqueles ir anotando o colgando los datos de la realidad: los dos enseñaron actitudes, caminos, estilos.
Dieron a luz títulos nada vendedores —Vaz Ferreira "Fermentario", Marías "Ensayos de teoría"— pero su trabajo era iluminar lo abstracto con lo concreto y lo concreto con lo abstracto, por lo cual también engendraron rótulos populares, "Lógica Viva", "Tratado de lo mejor"...
Levantaron tribuna cultural lo mismo en el aula que en cualquier esquina de los medios de difusión. Marías, periodista. Vaz Ferreira, conferencista por CX-6, Sodre, los lunes —18 y 30— desde el Paraninfo. Educadores, más que la puja por horas presupuestadas les importaba la marcha del pensamiento público: tanto que a nuestro Vaz se le ocurrió crear una Facultad de Humanidades y Ciencias para salvar la libertad creadora de los no graduados.
Marías, emparentado con la tradición alemana por su vecindad con Ortega y Gasset, y Vaz Ferreira, lector crítico de franceses e ingleses, trasmitían el pensamiento no como historia de los sistemas filosóficos sino como hábito de filosofar, gimnasia de la conciencia. En eso, más que innovar los dos retomaron la noble tradición que, pasteurizando a los sofistas, instauró Sócrates cuando enseñó a conducir la interrogación y la respuesta y al método le llamó mayéutica: parto.
Y eso fue lo de ellos: parto de las ideas no pensadas todavía, prédica sobre posturas de base para obrar sobre la vida práctica, exigente, crujiente y sangrante como en los alumbramientos. Nada atractivo para quienes proclamándose sólo prácticos, prefieren hacer política o periodismo confiando sólo en su verba o en los agentes de imagen que contratan. Nada atractivo para quienes —como denuncia Von Wright— tienen "un desdén filisteo" por la filosofía, al reducir los oficios a técnica funcional, hacen surf sobre los problemas. Pero semillero de destinos.
Oigamos a Vaz Ferreira: hace casi un siglo —en "Sobre los problemas sociales"— mostró que hay zonas de seguridad en que concordamos todos y zonas de libertad donde cabe la discrepancia. Y evidenció que estaba pendiente buena parte de la zona de seguridad en que concordábamos: habitación como derecho a estar en la Tierra, educación, etcétera. Lo dijo hace casi un siglo, ¿y no es acaso verdad hoy?
Leamos a Marías: hace poco más de dos años, defendiendo la palabra impresa en la era de la comunicación instantánea, llamó a los diarios a dedicarse "al futuro, a lo que no ha sucedido, a lo que podrá suceder, a las condiciones para que esto sea de cierta manera, a ser "lectura profética, anticipación de lo posible, probable, deseable...", escribiendo "con ánimo de futurición". Lo dijo hace un bienio, ¿y no será acaso verdad dentro de una centuria?
Integraron con la máxima jerarquía el ejército de combatientes contra la incultura, la intolerancia, las faltas gramaticales del alma.
A ese ejército, el Uruguay, sin distinción de partidos, le debe una enorme fe de erratas, por haberse dejado embaucar con que la vida práctica iba a ser mejor si formábamos a las nuevas generaciones sin filosofía y sin capacidad de abstracción.