La paradoja de nuestro tiempo

CUANDO el mundo estaba dividido en dos grandes bloques ideológicos, cualquier observador podía comprobar que en uno de ellos toda la estructura económica se organizaba en torno a la estatización, a la nacionalización de todas las fuerzas productivas, mientras que en el otro se daba prioridad, y hasta exclusividad, a los valores individuales, a la iniciativa y propiedad privadas y al libre mercado.

Durante décadas enteras el mundo se polarizó en esas dos tendencias. El divisionismo así surgido fue tan intenso que a ese período se le conoció con el nombre de Guerra Fría: el bloque liderado por la Unión Soviética y el bloque encabezado por Estados Unidos, comunismo contra capitalismo, colectivismo contra individualismo, despotismo contra libertad.

La dicotomía era tan aguda que a nadie se le ocurría tomar para sí componentes de la otra parte para estructurar su propia sociedad; antes bien, se cuidaban de no incorporarlos porque los consideraban no sólo dañinos para su supervivencia sino, además, inmorales.

DE nada valieron, tampoco, movimientos tales como "la tercera vía" o el "rearme moral", que pretendieron elevarse por encima de esa confrontación y construir sociedades aparentemente más justas y más equilibradas. No lograron trascender más allá de ciertas adhesiones que pusieron en evidencia los buenos propósitos de sus gestores pero, también, su falta de realismo.

Así llegamos al colapso de la URSS, a su disgregación y al surgimiento de los Estados Unidos como única superpotencia mundial.

Como una extraña manifestación del conocido "síndrome de Estocolmo" —los secuestrados adoptan la posición del secuestrador— los países que antes eran irreconciliables enemigos pasan a comulgar con principios que hasta ese momento rechazaban vigorosamente.

EN otras palabras: en lo que había sido el bloque soviético, cuyas partes se habían independizado, pasaron a predominar las ideas de libertad, el sistema pluripartidario y las elecciones libres y periódicas (no en Cuba); en cambio, en los países donde siempre se había enarbolado la bandera del individualismo y del libre mercado, la tendencia que se abre paso es la de aumentar el intervencionismo del Estado y del subsidio en detrimento del libre ejercicio de la iniciativa privada, de la necesidad de asumir los riesgos correspondientes y de ser plenamente responsables de los actos que se protagonicen. Es decir, que quienes, en el período de la Guerra Fría abrazaban el socialismo, en los tiempos subsiguientes a su fracaso en la conversión a la realidad de sus principios utópicos, se inclinan por el liberalismo.

MIENTRAS tanto, los pueblos que rechazaban toda forma de socialismo durante el período de los enfrentamientos políticos con la URSS, ahora, sin un enemigo de esa entidad a la vista, optan por darle su voto a partidos socialistas o a sus derivados, o, si ello no ocurre así, los partidos triunfantes se transforman, de una u otra manera, en los campeones del aumento del peso del Estado, de la planificación económica o, lo que es lo mismo, se consagra al Estado como un "Gran Hermano" de cuya presencia no se puede prescindir.

Claro está que esta paradoja no carece de excepciones. Todo lo contrario. Pero se advierte que constituye una definida tendencia. El fenómeno tiene una explicación —quizá simple pero insoslayable— y es la siguiente: el socialismo real produjo miseria para los pueblos que lo sufrieron. Se trata, entonces, de crear ahora esa riqueza que jamás tuvo el hombre común en esos regímenes. Y para crear riquezas todavía no se inventó un mejor sistema que el capitalista, les guste o no a los teóricos fundamentalistas y a los utópicos sin cura.

EN la acera contraria, los países afiliados al libre mercado, a la iniciativa privada y a los derechos individuales, acumularon riquezas mediante incesantes esfuerzos coronados por el éxito. Ahora quieren distribuir mejor esas riquezas. De ahí que proyecten aplicar medidas sociales, tales como la regulación de la actividad económica y el reconocimiento de los derechos de los sectores carenciados, a diversas franjas etarias y a marginados en general, para todo lo cual se incrementa el papel del Estado y de su burocracia ya que son los lógicos instrumentos para desempeñar esas funciones. Ello, obviamente, huele a socialismo porque implica la idea de que nada existe fuera del Estado ni contra él.

De todos modos, si realmente se está produciendo la conversión apuntada, lo cierto es que ella se hace dentro de parámetros generalmente democráticos. Y aunque la democracia contenga imperfecciones, e incluso riesgos que la pueden negar, se fortalece la presunción de Fukuyama de que constituye el fin de la Historia porque ha triunfado sobre todos los demás sistemas de gobierno y porque marca el término de la evolución política de la humanidad.

Histórico

Los jerarcas de este gobierno de izquierda desde el principio usaron iguales palabras para definir proyectos y cosas que pensaban llevar a cabo, diciendo siempre que todo se iba a estudiar "en profundidad". La moda pasó y desde hace unos dos meses la palabra común es "histórico", la cual se ha prendido de muchos periodistas que encuentran toda noticia con la calidad de "histórica".

Es "histórico" esto e "histórico" aquello. Nada de lo que hace el gobierno y tampoco lo que hacen los gobiernos departamentales que responden al Frente Amplio deja de ser "histórico". Los sueldos, los paros, las huelgas, las protestas, los aumentos, el desempleo, las jubilaciones, los derechos humanos, el presupuesto quinquenal. Todo es "histórico". De tal manera, cuando escriban la "llamada historia oficial", el número de páginas va a ser tan grande, que precisarán más de un tomo para contar "cosas veredes" y comunes, sin superar al famoso Libro de Petete.

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