Preguntas y más preguntas

LA moral occidental —¿o la mundial?— se encuentra ante uno de los más grandes desafíos de su historia: la lucha contra el terrorismo obliga a optar, a menudo, entre el respeto a sus principios básicos, por un lado, o la supervivencia de los mecanismos democráticos —con los cuales se identifica plenamente— por el otro. Dicho con otras palabras: ¿es posible mantener in totum las libertades que tan trabajosamente consiguió nuestra sociedad y, al mismo tiempo, combatir exitosamente contra el terrorismo? O, desde otro ángulo, las libertades clásicas ¿favorecen o no la infiltración, el desarrollo y la acción de las células terroristas? ¿Constituirá el precio que hay que pagar por gozar de las libertades, que tanto apreciamos, el permitir que se amparen en ellas quienes quieren anularlas? Ya los Estados Unidos han impuesto severas limitaciones (Ley Patriota) a los derechos que tienen los habitantes de ese país en lo tocante a su registro, sus desplazamientos, su privacidad, las normas procesales, etc. A nadie le agrada ser vigilado, por supuesto, pero la realidad es ahora distinta a lo que era antes del 11 de setiembre. ¿Qué ocurriría en ese país si los atentados que sufrió se generalizaran?

Y aquí damos entrada a otra cuestión alucinante que, cual espada de Damocles, pende sobre el mundo actual: el vertiginoso avance de la ciencia y de la tecnología permitirá que, no sólo países poco desarrollados sino, también, corporaciones, grupos al margen de la ley, individuos, incluso, puedan disponer tanto de bombas nucleares portátiles como de bombas químicas o bacteriológicas de enorme poder letal y, lo que es más aberrante, de un alcance no específico y, por tanto, indiscriminado. ¿Se concibe el mundo de mañana con narcotraficantes y terroristas que manejen ese tipo de armas? Obviamente, todo cambiará.

Nuestros actuales códigos morales no podrán mantenerse. Los derechos humanos, espina dorsal de ellos, tampoco. Es un futuro aterrador, por cierto.

Ya se lo avizora en estos momentos porque en la guerra de Irak, contra un enemigo invisible, que ataca desde la sombra, que se escuda en las masas civiles y cuyos combatientes suicidas también se ocultan entre los integrantes de los diversos bandos religiosos, muy poco se puede hacer sin afectar los códigos morales.

POR lógico reflejo, la sociedad norteamericana —así como la de los países que se solidarizan con ella en dicho conflicto—también se empobrece en materia de derechos humanos. Claro está que hay que distinguir entre regímenes que circunstancialmente violan los DD.HH. —es el caso de las democracias consolidadas— y regímenes que sistemáticamente los vulneran (totalitarios, autoritarios, etc.).

Entre los primeros se plantea el problema moral; en los segundos, no. En las democracias significa una degradación de la que todos se lamentan y que provoca el fuerte deseo de superarla. En los países marxistas, en cambio, es la expresión de un procedimiento normal de su ideología, pues "el fin justifica los medios". Ya han pasado a la historia los tiempos en los que al detenido se lo sometía al tormento como única manera válida de aceptar su confesión. El potro, la rueda, la flagelación o los hierros candentes eran, a menudo, en todos los países "civilizados" —e igualmente en los conflictos religiosos— el preámbulo de la ejecución mediante la hoguera, el desmembramiento con caballos que tiraban en sentido divergente o el terrible "colgar, cortar y despedazar".

HOY en día, esas prácticas indignas han sido sustituidas por las que brinda el avance de la sicología y la ciencia farmacéutica, sin que ello implique abandonar la brutalidad del maltrato, siempre activo frente a la indefensión absoluta.

Porque de lo que se trata es que el prisionero confiese antes de que su silencio ocasione un daño mayor. No es un prisionero perteneciente a un ejército enemigo, frontal y uniformado, sino un enemigo terrorista, el que jamás muestra su condición de tal, el que actúa a traición. ¿Qué hacer con él?

Es conocido el caso hipotético, extremo, ideado sobre esta problemática: un policía, respetuoso de los derechos humanos, tiene en sus manos a un prisionero que sabe dónde está la bomba atómica que hará volar la ciudad en un par de horas. ¿Qué hará el policía? ¿Torturará al prisionero hasta obtener la información que salvará a millones de personas o será fiel a sus principios morales?

Max Weber habla de dos clases de ética: la de la convicción (obrar según los valores que aceptamos) y la de la responsabilidad (obrar según las consecuencias prácticas de nuestros actos). ¿Qué elegimos en tal o cual circunstancia?

REPETIMOS el concepto que encabeza esta nota: nos encontramos frente al mayor desafío de la historia occidental, cual es el de tomar partido en una opción de hierro: a veces ¿tendremos que optar entre defender nuestros valores o defender nuestra supervivencia?

Si la historia es pendular, ¿llegará el día en que nuestros valores retomen un carácter absoluto? Son los deseos y la esperanza de quienes somos conscientes de que los extravíos demenciales del pasado reciente y de los tiempos que corren no prevalecerán.

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