Jorge da Silveira
La eliminación de Uruguay del Mundial de Alemania significó durísimo golpe para la afición. Mucho más por inesperada. Se suma a fracasos reiterados en la rama juvenil, en la que nos acostumbramos a no clasificar para los Mundiales, y a las rápidas eliminaciones de nuestros clubes de la Copa Libertadores y la Sudamericana.
Para colmo, la dirigencia no ofrece una imagen confiable, faltan ideas y autoridad para imponer lo que se debe hacer. Su socia, la empresa dueña de los derechos de televisión, ha perdido prestigio por errores propios y los que refleja su propietario, Francisco Casal, que se lleva la mayor parte del dinero que pagan los clubes del exterior por los pases de los futbolistas en detrimento de las arcas de quienes los forman en sus costosas estructuras, que cada día más cuesta mantener.
Es imprescindible generar en el aficionado la confianza que lo lleve a retornar a la cancha. Es responsabilidad de los técnicos elevar el nivel de juego de los equipos, mejorar a sus jugadores en todo, advertirles de sus carencias, trabajar para combatirlas, que tengan autocrítica, el motor de la superación en cualquier actividad.
Yendo a las celestes, que tanto importan a nuestra afición, se debe comenzar por un gran proyecto de juveniles, a cargo de personas idóneas y confiables que moldeen todo, el físico y la mente, para tener mejores personas y jugadores. Ni hablar que se precisan, además de buenos técnicos y preparadores físicos, nutricionistas, sicólogos, asistentes sociales y médicos que orienten el entrenamiento con rigor científico.
Lo otro es no equivocarse a la hora de elegir el técnico. Acá fue claro que se perdió la clasificación directa en los últimos partidos de Carrasco y en los primeros de Fossati, hasta que éste le agarró la mano.
Para financiar los proyectos se necesita el apoyo de quien tiene los derechos de televisión, como pasa en otros países de América en los que se consiguen partidos internacionales y sponsors para generar los recursos necesarios. Si eso no se puede hacer que se diga claro, que se confiese la incapacidad para hacerlo.