Marcello Figueredo
Para los amantes de la política que, como yo, hoy ronden la cuarentena, el legendario No del 30 de noviembre de 1980 significó el despertar a la conciencia cívica, y aquella gloriosa bofetada que nuestros mayores le dieron al fascismo quedó grabada en la memoria junto a otras sabrosas iniciaciones que iluminaron nuestra adolescencia en medio de tanta oscuridad.
Como todos, atesoro muchos recuerdos de aquellos días. Entretenidos por hombres nucleares y mujeres biónicas, esperábamos ansiosos la inminente llegada de la televisión color para ver mejor Dallas, El crucero del amor, o El Rafa. Alan Parker nos deslumbraba con Fama, y los cantantes frustrados estuvimos meses entonando Is it OK if I call you mine; lo que elevaba considerablemente el nivel luego de un buen tiempo sacudiéndonos al compás de Village People. Meryl Streep, que por suerte ha seguido acompañándonos fielmente a lo largo de estos años, saltaba a la popularidad como la gélida madre de Kramer versus Kramer, y uno quería ser como Dustin Hoffman. Muy poco tiempo después, hacíamos cola en nuestros teatros para aplaudir y resistir, que por entonces eran la misma cosa. Nos dábamos cita en el Circular para ver una y otra vez El herrero y la muerte y Doña Ramona, y bajábamos a las profundidades del Notariado para encontrarnos con Galileo Galilei o con Nidia Telles, de quien me enamoré perdidamente apenas salió a escena en Semilla Sagrada. A todos ellos, gracias por habernos hecho la vida más feliz.
Pero volviendo al plebiscito del 80, también guardo recuerdos menos gratos de aquella época. Por ejemplo, la cantarola de mi profesora de Educación Moral y Cívica (iniciales S.P: no la nombro de puro piadoso), empeñada en convencernos de que el Sí era la única salida para el país. Su prédica antidemocrática sintonizaba con la abrumadora propaganda del régimen, que nos bombardeaba con un jingle ñoño e hipócrita (Síiiiii por mi país, sí por Uruguay, síiiiii por el progreso y sí por la paz), pero en mí y otros tantos de sus alumnos despertaba mucha más simpatía la callada resistencia de unos vecinos del colegio, que en la ventana de su casa sobre Juan Carlos Dighiero habían pegado un autoadhesivo que rezaba, desafiante: YO NO, ¿Y USTED?
Como las calles recién se ganaron un poco más adelante (luego de las elecciones internas del 82, y en especial después de la visita de los reyes de España, en el 83), en 1980 los anticuerpos contra la dictadura sólo se generaban puertas adentro, donde padres y abuelos nos impartían las lecciones necesarias para combatir la historia oficial y se burlaban de los consejos que impartían en clase nuestros inmorales profesores.
Veinticinco años después de aquella gesta, estos días cargados de recuerdos y memoria (el libro que el martes presentó Luis Hierro, la retransmisión del memorable debate en Canal 4, los editoriales de Gonzalo Aguirre, las palabras de Matilde Rodríguez frente al ex cine Cordón; la verdad sobre los desaparecidos, que por fin empieza a ser desenterrada) reavivan la rica discusión sobre la conveniencia de enseñar nuestra historia reciente en las aulas. Aunque ya hay quien advierte (y tal vez con razón) que la cancha puede flecharse rápidamente en aras de una nueva historia oficial que monopolice las heroicidades y siembre dogmatismos, conviene no olvidar la gran lección que, justo en esa materia, nos dejó el No del 80. Si algún día los profesores estilo S.P quieren imponer su punto de vista en las aulas, contando de la misa la mitad, confiemos en que siempre habrá padres y abuelos dispuestos a enseñar otras verdades. Y confiemos en que los adolescentes de hoy, tan ricos de algunas cosas que nosotros no conocimos, pero huérfanos de paladines de la libertad como Enrique Tarigo y Eduardo Pons Etcheverry, sepan ingeniarse para oler el fascismo a la distancia y decirle siempre, se vista como se vista, no, no y no. Una y mil veces no.