Hugo García Robles
Desde el 25 de noviembre pasado hasta el próximo 4 de diciembre, Uruguay es sede de la 18ª edición del Festival "Viva el Tango". Distintos intérpretes se dan cita en el festival, con la participación de visitantes argentinos y finlandeses que se suman a los uruguayos.
Es posible que, en el panorama confuso de la presente vida cultural uruguaya, no se advierta la importancia de mantener viva la especie popular, que nacida en el Río de la Plata, es patrimonio del mundo.
Mientas llega el libro que Coriun Aharonian ha consagrado al tango y sigue pendiente de publicación el trabajo capital que dejara inédito el eminente musicólogo argentino Carlos Vega, tiene sentido reseñar rápidamente las aristas más importantes de su coreografía y su música.
En primer lugar el tango inaugura el ciclo coreográfico de la pareja estrechamente abrazada. Este giro fue parte de la mala prensa que recibió en un principio, ya que las clases socialmente altas, veían como inmoral esta inédita vecindad de los cuerpos. Agravada, además, por sus orígenes prostibularios. Al mismo tiempo, bendecida por París, esa audacia revolucionaria lo lanza a la cima de la popularidad universal, desatando una verdadera fiebre a partir de la segunda década del siglo XX. Se impone el color tango, la letra T del alfabeto Morse se asocia con la danza y nada escapa a su seducción.
En segundo término la transformación de la danza en canción que significa la incorporación de un texto. Este enriquecimiento no se realiza alegremente. Una gran poesía se inserta en la danza orillera: desde el texto augural de Pascual Contursi Mi noche triste que en 1917 convierte en canción la música pura del tango Lita, de Samuel Castriota, es larga la lista de los poetas asociados al tango. Algunos como Celedonio Flores o Alfredo Le Pera, vienen de la vertiente popular, con diferente estilo e intención. Flores con su genialidad tributaria del habla lunfardesca y Le Pera, exigido por el éxito de Gardel, que salva las fronteras rioplatenses, dueño de un lenguaje culterano casi, que anticipa la gran poesía de Manzi, de Homero Expósito y el sarcasmo de Discépolo. El tango, es por lo tanto, también poesía, tal como lo ha señalado Borges.
Desde el punto de vista musical, el tango transitó los comienzos a puro talento de los fundadores, con recursos musicales muchas veces mínimos pero dueños de una dosis de espontaneidad creativa, hija de la inocencia salvadora. Luego llegan las formaciones orquestales, que dejan atrás los tríos y cuartetos con flauta, con la fundamental incorporación del bandoneón. Julio De Caro y Elvino Vardaro son los artífices más notorios de esta transformación que conduce a Piazzolla. En pocas décadas, entre la Guardia Vieja y la Guardia Nueva, inventan la "orquesta típica" que cuerdas y piano básicos, siguen el estandarte mayor del bandoneón.
No es necesario insistir en el aporte uruguayo, sin duda de menor volumen y peso que el argentino. Pero aún así no es lícito silenciar que Alfredo y Flora de Gobbi estaban en París en 1907, contratados por la famosa tienda porteña Gath & Chaves, para grabar "canciones criollas". Bailan también tango y traen al mundo, con Angel Villoldo, autor de El Choclo como padrino, a Alfredo Gobbi hijo, estrella de la década del 40 en Buenos Aires.
Si fuera necesario agregar a las credenciales uruguayas con relación al tango algún dato adicional, bastaría recordar que el fino compositor Luis Cluzeau Mortet es autor del tango Gimiendo, con letra del también uruguayo Juan Pablo Pérez. Los versos de Silva Valdés en Agua florida y Clavel del aire, de Juan Carlos Patrón en Murmuyos. Las voces de Gardel, Enrique Campos y Julio Sosa. Finalmente La Cumparsita que no requiere comentario, tan rioplatense que, firmada por un uruguayo, la estrenó el maestro argentino Roberto Firpo.
Por otra parte, al margen de tanta euforia carnavalesca, es preciso alentar el impulso que felizmente ahora motiva a muchos jóvenes, que han descubierto que no todo se reduce a expresiones provenientes del mercado internacional. Y que de puertas adentro, el Río de la Plata contiene música popular, como el tango, que resiste el cotejo con las expresiones equivalentes de cualquier lugar del mundo. Esa ha sido y es, parte de nuestra identidad sonora. Otra y más remota y profunda, la del arte payadoresco, abandonada y agonizante implica otro esfuerzo, otra visión y otra responsabilidad de todos con nosotros mismos, como nación.