Esta nota se propone remontar la historia de nuestra pobreza hasta sus fuentes más lamentables, las más próximas; y las más crasamente erróneas; las que pudieron evitarse.
Hablo de la posguerra de Corea (fines de los cincuenta y de las tres décadas siguientes) cuando los países del tercer mundo (pobres) se vieron dejados de la mano de Dios y unos eligieron bien; y pudieron emerger. Y otros (entre ellos la inmensa mayoría de los países de América Latina, incluido el Uruguay) eligieron mal: prefirieron encerrarse; planificar a la criolla, la economía; y embrutecerse por falta de mundo; decaer, abrazados al proteccionismo.
Hay decenas de variantes y de hechos puntuales que como los árboles, impiden ver el bosque. Pero es "la gran opción", la que separó de un lado a los exitosos (que supieron abrirse al influjo de los tiempos); y por otro lado a los que se metieron en un callejón sin salida. (Exito quiere decir, justamente: "salida", desde los tiempos de Roma).
LA DEPENDENCIA. A mediados de los años cincuenta y por dos décadas más, predominó entre nosotros "la teoría de la dependencia", que imponía la prevención ante los piratas poderosos del mundo que ronceaban en torno a nuestros tesoros, para robarnos no sólo esos bienes valiosísimos, sino también la libertad y la dignidad. La dependencia es lo contrario de la independencia. Por consiguiente, además de la miseria el imperio nos imponía la esclavitud, según esa doctrina.
Tres son los responsables principales de la teoría de la dependencia (dentro de un vasto campo de técnicos que la proclamaron y la hicieron realidad): Raúl Prebisch (argentino) Secretario General de la CEPAL, cuya influencia fue monumental; Enzo Falleto (argentino) y Fernando Henrique Cardoso, que escribieron el libro más determinante de nuestro mercantilismo trasnochado.
Fernando Henrique, un hombre admirable, gozó de un privilegio único: formuló la teoría, la hizo inevitable, la abandonó a tiempo y cuando fue Ministro de Economía y Presidente de la República, llevado por un sano pragmatismo, hizo todo lo contrario de lo que había preconizado.
Pero el error inicial fue dos veces grave; nos llegó prestigiado por intelectuales de primera fila y hubo un instituto internacional (la CEPAL) que apartado de toda consideración de política interna o ideológica, impuso con su autoridad técnica, que era bueno poner barreras aduaneras y atrincherarse; no dejarse avasallar por el asedio extranjero. Había que estimular las industrias aunque fueran antieconómicas.
La tesis se expresaba en una frase breve: "Sustituir las importaciones." Siguiendo esta corriente, el Uruguay tuvo una fábrica de lamparillas eléctricas, que se fabricaban con una vetusta máquina de laboratorio. La empresa era retribuida por el estado, con dinero público o con exenciones impositivas, que es lo mismo. Mediante este procedimiento y otras astucias similares, cada vez más chambonas, se cubrían las necesidades del país.
Había contralor de cambios, contralor de importaciones y contralor de exportaciones. Esta serie de fiscalías sin fin, que hacía penosa la operación más sencilla, se toleraba porque abría las puertas de la ansiada autarquía nacional; una quimera. (Entre miles de casos, elegí las lamparillas eléctricas, porque es un ejemplo que aclara mucho).
Raúl Prebisch, que fijaba la ruta, dijo: "Para que estos países puedan entrar en una senda de desarrollo sostenido es necesario un cierto proteccionismo en el comercio exterior y estrategias de sustitución de importaciones. Hay un deterioro de la relación de intercambio". Y ejemplificaba, más o menos así, el abuso de los más fuertes: En 1925 para comprar una máquina de escribir teníamos que esquilar dos ovejas, después de la crisis del 29 para comprar la misma máquina tuvimos que esquilar tres ovejas; y después de la guerra 39-45, cinco ovejas. Y ahora, pienso yo, para comprar una computadora que hizo inútiles las máquinas de escribir, tenemos que esquilar una "temeridá" de ovejitas.
Pero ¿qué inventó América Latina y en particular el Uruguay, en esos 80 años? ¿Qué hizo nuestra inteligencia, de 1925 al 2005, aparte de equivocarse con la teoría de la dependencia?
Los mismos que imaginaron la máquina de escribir, crearon el ciberespacio y de pasada el procesador de palabras.
Resulta que el saber y el talento son los grandes creadores de riqueza. Y resulta que nosotros seguimos pensando en criar ovejas.
La historieta en la cual se embarcó nuestro país, siguiendo a los maestros proteccionistas, termina así:
—"De pronto la deuda externa golpeó muy duro a América Latina. Los préstamos recibidos (para sobrevivir, subsidiando), habían sido enormes. En los siete años que van de 1975 y 1982, la deuda externa de América Latina casi se cuadruplicó, pasó de U$S 45.200 millones a U$S 176.400 millones. Si se suman los préstamos a corto plazo y los créditos del Fondo Monetario Internacional, en 1982 la deuda era de 333.000 millones de dólares.
Y, sin embargo, nadie se preocupó de pensar algo con respecto a este "detalle" financiero... Nadie... hasta agosto de 1982, cuando México quebró y se vio al borde de la cesación de pagos y tuvo que recurrir al gran bombero universal llamado Fondo Monetario Internacional (FMI) que apagó el incendio poniendo 60.000 millones de dólares y al mismo tiempo impuso sus condiciones.
Lo que siguió a este primer drama fue una doble bancarrota, financiera e intelectual. Las ideas que habían conformado el sistema económico de América Latina habían fracasado y los países latinoamericanos ya no podían financiarse. El horror a la dependencia los había llevado a la postración y al sometimiento. Los años que vinieron, durante los cuales el continente luchaba por recomponer su economía, fueron calificados, con razón, "la década perdida". En 1990, el ingreso per cápita era menor que en 1980.
Con el pasar de los años, se tuvo que reconocer el disparate cometido.
Las empresas industriales —tanto privadas como estatales—que se habían despabilado mediante el gasto público, eran ineficientes debido al proteccionismo, la burocracia y su absoluta despreocupación con respecto a la innovación tecnológica. No priorizamos ni la calidad ni la cantidad de los servicios. El talento creador fue ignorado. El déficit presupuestal se hizo enfermedad contagiosa. (Fuente: Daniel Yerguin y Josepeh Stalislaw, "The commanding heights")
HORRIBLE COMPARACION. Durante el lapso interminable del estancamiento uruguayo (1955-1985) florece en el mundo una pléyade de pequeños países, muy pobres (inmensamente más pobres que nosotros), que en vez de cerrarse al mundo de los negocios y de las ideas, se adapta a la globalización, atiende a la cultura, crea innovación, procura recíprocas concesiones que brinden utilidad recíproca y logra en cada caso, utilidades; y así logra emerger.
Ninguno de esos países fue valorado y mucho menos estudiado, en el Uruguay. El caso de Chile, que es clamoroso, sigue proscrito.
El Frente Amplio siente a Chile como un cargo de conciencia; y los partidos tradicionales nunca se conmovieron con la lección que tenían delante de la nariz; no lo hicieron mientras estuvieron en el poder, menos se van a ocupar ahora en demostrar cómo la izquierda puede aplicar la receta liberal y engrandecer un país. Chile es el ejemplo más próximo, se liberó por su inteligencia, más allá de cualquier ideología. Pero los ejemplos dispersos en el mundo son legión y de todos colores.
Empiezo por los más grandes: China continental, Japón y la Unión Europea, que comprende chicos y grandes. A esos hay que agregar los chicos paupérrimos de los años 70: Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong, Singapur, Malasia, Israel, Nueva Zelanda. Ninguna de estas historias aleccionantes, figura en los programas, sea en la escuela o en el liceo. Nadie enseña en el Uruguay cómo se sale de pobre, los intelectuales siguen atados a la mortífera teoría de la dependencia; para ellos la solución uruguaya es; ir armados y vencer a EE.UU.
MARIANO GRONDONA escribe: "En un libro titulado ‘El zorro y el puercoespín’, el ensayista chileno Claudio Véliz ha identificado una actitud como la del puercoespín, que se protege detrás de sus espinas al precio de una insignificante movilidad". ¿Hay otra actitud posible? Sí, dice Véliz, la del zorro, que sale a conquistar el ancho mundo aceptando los riesgos y los beneficios de la apertura.
Son dos variedades del nacionalismo. Una es la que podríamos llamar nacionalismo a la defensiva, cuyo empeño principal es que los demás países no se metan en el mercado nacional, al cual se protege detrás de altas barreras arancelarias y cambiarias.
La actitud de los países como México y Chile que piensan en las guaridas de los demás, podría recibir el nombre de nacionalismo mundialista. Habida cuenta de que en esta lista de países figuran los que más han crecido en el mundo.
¿Se supone que los japoneses no aman a su patria? Pasa que los japoneses, en lugar de vivir mortificados por lo que le hicieron los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, aceptaron con realismo las reglas de juego que traían consigo sus vencedores y, aprovechándose de ellas, los desafiaron mediante su imbatible agresividad comercial.
Alberdi escribió que los "angloamericanos" tienen, "la inteligencia de sus intereses". Chile, México y el propio Brasil aprendieron la lección alberdiana. El gobierno argentino prefiere todavía las proclamas inconvenientes en vez de las negociaciones convenientes. Algún día, esperamos, aprenderá. (La Nación, 13/11/05).
El comentario de Grondona surge a raíz de lo resuelto en la cumbre de Mar del Plata, donde todo el continente aceptó negociar un acuerdo de libre comercio con EE.UU. (ALCA) menos el Mercosur y Venezuela; que no quieren el ALCA ni ninguna otra solución. Ni con EE.UU., ni con Europa, ni con nadie.
La actitud de Venezuela, se explica: no tiene problemas; puede vivir por un buen tiempo, de sus minas y yacimientos... hasta que se agoten.
Brasil trata con Bush de igual a igual y en eso consiste su doctrina, es un zorro cuya diplomacia sabe que de un modo u otro, encontrará ventajas en la guarida ajena.
Más difícil de entender es la actitud de Argentina y Paraguay, que no tienen ningún plan que detenga el empobrecimiento que impuso la teoría de la dependencia y sin embargo se aíslan.
Pero lo más inexplicable corresponde al Uruguay, que no le puede vender a sus socios del Mercosur y que sólo se salva vendiéndole en EE.UU.; y sin embargo se niega a negociar un tratado de libre comercio con esa economía, la mayor del planeta... ¡por razones mercosurianas! Como si Brasil nos contemplara; como si la Argentina no nos agrediera; como si Chávez fuera un socio confiable. La soberbia es la peor forma de la tontería.