CRITICA | CARLOS REYES
Una obra distinta, con una escritura que obliga a usar el espacio escénico de modo poco común. En el foyer del Solís, las sillas están organizadas en línea, formando dos filas. Hay sillas negras, que el acomodador aclara que son para los espectadores, y otras rojas, de estilo, que son para los actores. No demora en comenzar el alboroto. Estamos por presenciar una ceremonia de cambio de mando de una institución cultural de provincia.
A partir de esa dinámica, el autor francés Jean—Luc Lagarce abre por lo menos dos juegos. Uno, el del lenguaje. Dos, el de las relaciones de poder. Los personajes van pasando, primero los que llegan temprano, luego los puntuales y por último los rezagados. Un simple saludo, un reproche lanzado en voz baja, o una frase dicha con sorna, van pintando en rápidas pinceladas, el carácter de cada uno y principalmente, el sitio que cada quien ocupa en ese juego de posiciones que es toda institución.
Unos hablan con soltura, como si las palabras les brotaran sin la menor dificultad. Otros dudan, demostrando temor. Están los indiferentes, que participan de todo eso casi automáticamente, y los que ponen todo de sí, puesto que se juegan mucho en esa reestructura que remueve el tranquilo centro cultural. Porque allí no se está dando sólo un cambio de autoridades. Toda una revolución administrativa sacude a la pequeña burocracia aldeana. Desde el archivo hasta la imagen de la empresa.
Esas sutilezas permiten a los actores de la compañía municipal un despliegue de gestos, detalles mínimos y escándalos contenidos. Adulones y rebeldes, viejos problemas administrativos, dudas ante un futuro incierto y odios mal disimulados van dejando en evidencia los lazos que se tejen entre los muchos implicados. En la cúspide, Mariani, a cargo de Pepe Vázquez, es el representante del Ministerio de Cultura, y encarna por lo tanto una divertida mezcla de poder absoluto e indiferencia ante las circunstancias, hecho que se hace evidente en su hueco discurso.
Frente a esta avalancha de detalles, el público debe seguir la historia con un movimiento continuo de cabeza, mirando hacia todos lados, pues en todas partes suceden cosas. Dos hombres se saludan con el más ajustado protocolo (uno mecánicamente, el otro con total entrega) y en la esquina opuesta un matrimonio discute acaloradamente. Las relaciones familiares, como no podía ser de otra manera, se mezclan con las laborales.
Toda esa dinámica va dejando en evidencia dos fuerzas opuestas. La de un mundo nuevo, que llega con sus reglas y condiciones propias, y la de otro viejo, tradicional, que hace lo posible por adaptarse pero sabiendo que tiene los días contados. En ese pasaje se dejan ver ciertas trampas, acomodos, seres que harán su agosto con el nuevo orden. Otros que no están dispuestos a aceptar nuevas condiciones. Y siempre algunos abiertos a acomodarse. Desde esas tres fuerzas, la obra construye la sutil telaraña de toda burocracia en vías de cambio. Un problema que Francia, como todo país desarrollado, vive como un asunto cotidiano, pero que no resulta nada ajeno incluso a una nación pobre y pequeña.
Compaginar todo esto, que parece sencillo y es difícil, requiere gran sincronía en las acciones y mucho cuidado en el volumen de las voces. Héctor Manuel Vidal, desde la dirección, lo arma todo atendiendo hasta los mínimos detalles, como las monedas que el flamante director hace sonar en el bolsillo de su saco, síntoma inequívoco de su seguridad.
El gran día
Autor. Jean—Luc Lagarce
Director. Héctor Manuel Vidal
Traducción. Laura Pouso
Espacio escénico. Martín Banda
Vestuario. Ana Semino
Elenco. Andrea Davidovics, Daniel Spinno Lara, Claudia Rossi, Ricardo Couto, Jorge Bolani, Pepe Vázquez, Elisa Contreras y otros.
Sala. Foyer del Teatro Solís