El oficialismo pretende poner en movimiento los engranajes del trámite parlamentario para un proyecto interpretativo de la ley de Caducidad, estableciendo excepciones en cuanto a los delitos contemplados en la misma. Mediante la iniciativa se reabrirían casos cerrados hace largos años, se desempolvarían delitos prescriptos, con un recurso que algún experto ya ha calificado de "rabiosamente inconstitucional". Otro dice: "creo que va a chocar contra los principios generales del Derecho que son que los delitos prescribieron y que las normas penales no se pueden aplicar con retroactividad".
Lo dicho, en cuanto a lo jurídico. Pero también rechina todo esto con el sentido común, con la experiencia. Los pueblos que se atan a viejos rencores, a temas que vienen del pasado, no parecen los más aptos para salir adelante.
Vale la pena repasar algunos ejemplos. Cuando en 1945 concluyó la Segunda Guerra Mundial, Italia y Francia hicieron sólo los ajustes de cuentas más urgentes en lo interno, echando un manto de silencio sobre sentimientos que habrían estancado el progreso que se quería lograr. Luego de la muerte de Franco, España siguió el ejemplo italo-francés. En los países satélites de Moscú, al caer el comunismo hubo algunos escándalos e incriminaciones especialmente cuando se descubrió el nivel de vida de los dirigentes de la "sociedad sin clases", pero luego hubo en casi todas las instancias gran prudencia. Al extremo que el odiado jefe de gobierno marxista de Alemania Oriental, Erich Honecker, fue autorizado a pasar los últimos meses de su vida retirado en Chile.
Son sólo algunos ejemplos de naciones que hoy prosperan y que si bien no excluyen analizar su pasado, lo hacen como tema de estudio y no como medio de reabrir con violencia y crueldad, añosas heridas. Y para citar algo más reciente aún, tenemos el ejemplo de Irlanda: apaciguados los enconos del fanatismo religioso y cesando la acción terrorista, surge próspera, incorporada a la Unión Europea.
En Uruguay parece que algunos señores quieren otra cosa. Parece que se busca empantanarnos en el fango de las recriminaciones, las venganzas, los odios que llegan como una niebla venenosa desde épocas remotas. Hurgar en cosas de hace treinta y más años, para no dejar conforme a nadie, para que no se encare el futuro con todos los uruguayos unidos en su sueño de una patria mejor, sino con esos uruguayos desgarrados por diferencias que no se quieren dejar deslizar hacia un pasado que sea evocable pero no revisado con iracundia traumatizante.