Hugo García Robles
La periódica presencia en Montevideo de Joan Manuel Serrat implica el sistemático éxito de un cantautor prestigioso que ha echado hondas raíces en la preferencia de los públicos del mundo hispano y de los uruguayos en particular. Ahora ha agotado en pocas horas las localidades del Teatro Solís, reiterando una vez más el aplauso y la estima que merece.
La carrera de Serrat ofrece dos aspectos. Por una parte, las canciones que ha compuesto con textos propios y por otra, las que ponen música a otros poetas. Es notoria en este sector la felicidad con la cual se ha apoyado en poemas de Antonio Machado, sumando a la poesía la participación de la música.
Quizá cabe en este tema de la poesía y la música españolas una reflexión. En general, el movimiento romántico fue el que supo sacar mejor partido de la poesía en relación con la música. En el caso de la lengua alemana, los "lieder" de Schubert, Schumann, Brahms, Wolf, Ricardo Strauss y otros, celebraron con melodías inmortales a Goethe, Eichendorff, Mörike o Heine. Por su parte Francia encontró un camino semejante para Verlaine, Baudelaire, Villon o Mallarmé en las "chansons" de Duparc, Fauré y Debusy, para citar fragmentariamente un caudal mucho mayor, un poco tardío ya que llega hasta los comienzos del siglo XX.
España, con un movimiento romántico comparativamente menos rico, no pudo lograr una cosecha equivalente. Quedan los antecedentes del romancero tradicional que por cierto a veces movió con sus espléndidos textos a músicos como Narváez y otros de la escuela de vihuela. Pero es preciso reconocer que la obra de Larra, Bécquer, Zorrilla y Espronceda se ve escuálida frente a sus pares ingleses y alemanes, verdadera legión de los Keats, Wordsworth, Shelley y Coleridge.
Sin embargo no es la intención argumentar en el sentido de un cotejo entre los poetas románticos europeos y los españoles. Más bien señalar que la música española ha estado poco atenta a la poesía de la lengua. Y, a la vez, reconocer que las pocas excepciones han venido del área del teatro donde, desde Lope, la música ha estado asociada al texto y a la poesía. Por otra parte, vale la pena recordar que el propio García Lorca era músico y que con Manuel de Falla organizó en 1927 un concurso de cante jondo para salvaguardar la pureza del cante andaluz.
Se ha dicho que "en España todo lo artístico es popular y todo lo popular artístico". Afirmación que tiene mucho de cierto y que viene a cuento de las relaciones entre la poesía y la música en la península. En rigor, es la obra de cantantes populares como Serrat y Paco Ibáñez que la gran poesía se convierte en canción. Ya se ha señalado la devoción de Serrat por Antonio Machado. Pero igual o mayor mérito encarna la obra de Paco Ibáñez que se sirve de Góngora, Manrique y otros poetas mayores para transformar los textos en canciones. Una vez más, lo artístico y lo popular se hermanaban.
La puesta en música de la poesía para que nazca la canción, criatura cuya naturaleza desborda la simple suma del texto y el sonido, suele tener un efecto formidable como difusor de los textos. El oyente de una canción, de pronto no es el lector que ha frecuentado en el libro la obra que ahora escucha sostenida por la música. Pero la melodía le facilita un acceso inesperado y eficaz. Se sabe que las canciones de Serrat sobre texto de Machado engendraron lectores que el poeta no hubiera tenido sin esta ayuda lateral de la música. En alas del sonido las sílabas del verso cantan de otro modo o, mejor, cantan en dos planos. La reflexión inmediata que asalta en este orden de cosas es, ¿cuándo y quiénes serán los músicos que celebren la poesía latinoamericana, vistiéndola con la gala adicional del sonido? ¿Cuándo El canto general encontrará el compositor que lo vierta y cuando el lirismo hallará el camino para la maravilla breve de los sonetos de Darío o Julio Herrera?