"Sigo lo que me dice el corazón"

| "A Dios Momo" cuenta las aventuras de un niño que es iniciado en la magia del Carnaval

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GUSTAVO LABORDE

El viernes se estrena la película uruguaya A Dios Momo, del director Leonardo Ricagni. El film cuenta la historia de Obdulio, un niño que proviene de un hogar muy humilde que se gana la vida repartiendo diarios y ha dejado la escuela, sin saber leer ni escribir. Pero encontrará en el sereno de un diario un maestro que le enseñará el sentido de la vida y la poesía a través de letras de murga. Desde su casa en Los Angeles y una semana antes de que el film llegue a las pantallas uruguayas, el director habló de su nueva obra.

—¿Está contento con el resultado final de la película?

—Sí, estoy supercontento. Salí a filmarla al estilo del neorrealismo italiano, en el sentido de retratar la realidad con un plan básico pero que la historia me fuera llevando. No salí a improvisar, porque salí con un plan básico pero dejé que la historia también fluyera con libertad, sobre todo cuando se trabaja con niños y en la calle. Y así las historia fue agarrando cuerpo por sí sola. Pero a los dos o tres días de filmación bajó la inspiración de Momo y lo que hicimos fue seguirla, seguir la señal.

—El cine uruguayo actual parece estar interesado en la realidad pero no tanto en lo folklórico. Su película apela al color local y hasta a la magia. Parece que va a contracorriente...

—Yo no sé por dónde va la corriente uruguaya, pero yo sigo el camino que me dicta el corazón. Es la verdad. Sigo a mi corazón y a mi alma. Acá se habla de dos elementos, uno tangible y el otro intangible. El corazón de la historia —el niño canillita que vive con la abuela, el barrio, el sueño de ser futbolista— es totalmente tangible. Lo intangible es la magia de esas 40 noches que dura el Carnaval montevideano. Entonces, el mundo real y el mundo del realismo mágico conviven en paralelo. Pero hay un momento en que esos mundos se empiezan a tocar. Ahí es donde se genera la combustión y despierta el alma de la película. Pero es una película con los pies muy en la tierra, pero probablemente el corazón lo tiene arriba, lo tiene en un mundo más sutil. Ahora, no sé si es folklórica, pero en tal caso Ciudad de Dios es folklórica, igual que Y tu mamá también porque son películas que son fieles al país. En ese sentido esta tampoco cuenta una historia que podía estar pasando en Suecia o en Rusia, sino que sólo pueden pasar en ese lugar. La historia que propone A Dios Momo tiene un espíritu inequívocamente latinoamericano, con la crudeza y la fascinación que tiene el continente.

—¿Cómo definiría la historia de su película?

—Como un viaje de iniciación. Es un canillita analfabeto que es iniciado a través de la magia del Carnaval. Esto se da en ese mundo sutil que está ahí, basta abrir un pelito el corazón para sentirlo. Pero estos son temas que sólo pueden ocurrir en Latinoamérica pero tienen resonancia universal, porque cada uno lo vincula con cosas de su cultura. A uno le hace acordar a la fiesta de Guanajuato y a otro una de Guayaquil. Todos han conectado, porque Latinoamérica tiene muchas cosas en común. Y yo me estoy yendo por el lado más latinoamericano de Uruguay y no tanto por el lado europeo que tiene Uruguay. Pero a mí me gusta cocinar con los ingredientes que me da mi tierra.

—¿Cree que si viviera en Uruguay también interesaría tanto en el color local o es una consecuencia de que viva en Estados Unidos?

—Mi proceso ahora es irreversible. Luego de vivir tantos años en el exterior lo que se aprende es a vivir en el mundo, o al menos tratás. Si yo volviera a Uruguay, seguiría haciendo esto, sin duda. Ahora, si nunca me hubiera ido, quizá no y haría otra cosa. Pero lo que me conecta a Uruguay es lo autóctono. No me interesa los shoppings centers que son iguales en todos lados. Me interesa lo autóctono, es una mezcla de nostalgia y afecto muy pura.

—¿No se idealiza desde afuera?

—Se idealiza, pero más que nada se valoriza. Cuando uno está allá se vive quejando, pero cuando estás afuera valorizás las cosas maravillosas que tiene Uruguay. Pero insisto, si yo estuviera en Uruguay seguiría haciendo este tipo de historias muy locales pero con trascendencia universal. Es como cuando uno ve una película iraní, que transcurre en un pueblito remoto y sin embargo nos emociona. O como Kusturica, el hombre cuenta sus historias. Si es folklórico Tiempo de gitanos o Underground será folklórico

—¿La película transcurre en Montevideo 2005?

—Sí, es Montevideo 2005, aunque podría ser en 1950. Tiene sus rupturas. Y las película termina el 1º de marzo de 2005. La ida del Dios Momo coincide, con el despertar del nuevo Uruguay.

—¿Teme que se pueda ver con una óptica política la película?

—No es política, es humanista. Obviamente en un país tan politizado como Uruguay todos le van a encontrar esa mirada aunque no la tenga. Pero es lo que yo vi, yo salí con la cámara a los barrios ese día. No me lo contaron a larga distancia. Pero esto no es un documental, es una película completamente simbólica.

—¿Qué público imagina para esta película?

—Es para el gran público. Es una película de masas.

Publicista reconvertido

A Dios Momo es la cuarta película del director uruguayo Leonardo Ricagni, luego de El Chevrolé, 29 Palms e Indocumentados.

Este film cuenta con las actuaciones de Jorge Esmoris, Canario Luna, El Pitufo Edú Lombardo y el protagónico del niño Matías Acuña. El film anterior de Ricagni fue Indocumentados. "Es un documental sobre inmigrantes, una película muy dura contra el sistema estadounidense. Son varias historias que se entrecruzan, una película muy difícil de hacer. Y 29 Palms fue un film que hice para acá, para Hollywood, que es una porquería pero que bueno, dirigí. No me arrepiento porque fue todo un aprendizaje de cómo se trabaja en Hollywood, donde todo lo deciden los productores, desde el vestuario a los actores, todo. Cuando yo me quería meter en algo me decían que yo era sólo el director. Así funciona acá. Hace poco tuve la suerte de conocer a Kusturica y me dijo que huyera lo antes posible de Hollywood. A él le pasó lo mismo con Sueños de Arizona, que la hizo en Hollywood".

Ricagni se queja de que todavía lo sigan viendo como un director de cortos publicitarios, rubro en el que se ha destacado con piezas de la calidad de El grito del canilla. "Sí, me siguen vinculando aunque ya dirigí cuatro películas y hace más de un año que no hago publicidad, pero bueno. Está bien, porque hice mucha publicidad. Digamos que yo no tengo nada en contra de la publicidad, pero tampoco tengo nada a favor", admite el director. "Pero esto es como cuando alguien fue alcohólico y lo siguen llamando así pese a que haga años que no toma una copa", ejemplifica el director ahora reconvertido.

Un homenaje a los niños

Esta nueva película de Ricagni es fruto del destino. "Esto empezó cuando yo tuve que hacer una campaña Para cambiar el mundo con los niños, de Unicef. Yo decidí empezar a rodarla en Montevideo, específicamente en el barrio Sur. Cuando estaba rodando y veía a esos niños corriendo detrás de la pelota de trapo me di cuenta que algo estaba pasando ahí. Y ahí empecé a escuchar mi corazón, algo se abrió, hubo un click. Ahí decidí dedicarme a hacer una película de corte humanista, ahí se gestó. Y uno de los niños que estaban en esa escena era justamente Matías Acuña, el Obdulio de A Dios Momo, que en ese momento tendría 6 años y que tiene un talento impresionante. Esta película es entonces una especie de homenaje a esos niños que me abrieron los ojos", dice el director.

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