El argentino que llevamos dentro

Antonio Mercader

En los televisores uruguayos y argentinos se veían los mismos violentos de cara tapada, championes y mochila, tirando piedras o encendiendo bengalas, rompiendo vidrieras y abollando autos. Sus caras, gestos y eslóganes eran idénticos en nuestra Ciudad Vieja y en el centro de Mar del Plata, en donde la policía los miraba y los dejaba hacer hasta que, bastante tarde, llegó la orden de reprimir. Las escenas de la TV el viernes pasado durante la cumbre del Alca parecían calcadas de una orilla a otra. Otra vez uruguayos imitando a argentinos. O más precisamente a lo peor de los argentinos, lo cual viene siendo costumbre.

Los "barrabravas" en el fútbol así como los "escraches" en la política, por citar otros dos casos, delatan el hábito de importar aberraciones. Actitudes de patota que se nos contagian porque tenemos propensión a imitar los malos ejemplos que vienen del otro lado del Plata. Vecindad, similitudes culturales, penetración de la TV pueden explicarlo, aunque es obvio que la culpa no es de Argentina; es toda nuestra.

Porque podríamos elegir, en cambio, los buenos ejemplos de un país formador de varios premios Nobel entre quienes resalta la imagen de un gigante como Leloir trabajando a solas en su laboratorio casero. Un país que hace dos siglos inspiró en estas latitudes los primeros aires de libertad, que sabe darle lugar a los uruguayos que allí triunfan y que acuna en diversos campos gente digna de admiración y respeto. Empero, en esa relación amor–odio nunca bien resuelta con nuestros vecinos, preferimos copiar lo ignominioso antes que lo virtuoso. Eso merecería un psicoanálisis colectivo.

"Un argentino que nunca fue a París es una especie de uruguayo", escribió Julio Cortázar en alusión a la mayor sencillez de los orientales. En la literatura argentina esos trazos de carácter frugal no son peyorativos sino halagadores. Así los sentía Jorge Luis Borges, en cuyo imaginario los uruguayos, gente recia, derecha y con personalidad, suelen tallar alto. El maestro no pudo imaginar que en su venerada Banda Oriental imitáramos las poses y tics que más detestaba en su país, como la guarangada verbal o la vulgaridad traficada como chiste, horrores que ganan terreno entre nosotros.

Los tiempos cambian, los gustos también. Si bien la crisis y la expansión de la pobreza no son exclusivas de esta época ni justifican la erupción piquetera, tal vez ayuden a explicar la resonancia del surrealista tren de Maradona a Mar del Plata o el ulular nocturno de Tinelli.

Ambos integran la cultura popular argentina que, guste o no, se nos cuela bajo la piel tal como nos ocurrió antes con las sagas de Leloir o Borges. Y si es inevitable que de la vecina orilla nos influyan (algo que habría que demostrar), está en nosotros saber elegir qué modelo de argentino queremos llevar dentro.

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