Vida en suburbios franceses signada por la segregación y la falta de futuro

| Jóvenes juegan a la guerra cibernética de día y luchan contra la policía por las noches; la marginación es la norma

EL PAIS DE MADRID y THE ECONOMIST

Salim sale a la puerta de su negocio, señala un bloque de edificios al otro de la plaza y dice: "Allí el Estado no se atreve a entrar; ha dimitido, simplemente no existe". Son las seis de la tarde en el bulevar Carnot, en el centro de la ciudad de Saint Denis, una de las zonas más vigiladas por la policía desde que empezó la revuelta el 27 de octubre. Salim es el dueño de un cibercafé con 90 computadoras en las que jóvenes con capuchas o gorras caladas juegan a la guerra virtual hasta que se hace de noche. Después, pasan a la acción.

Salim, que es de origen argelino, sabe mucho de ellos. Quizás más que sus profesores y también que sus padres. "Reunen el dinero entre todos y juegan por tandas, turnándose. Cuando uno quiere hacerse el listo y pasa más tiempo de la cuenta, se arman trifulcas impresionantes. Ahora, desde hace dos semanas han encontrado la manera de hacer las pases: salir juntos a quemar coches. ¿Por qué? Porque se aburren".

Dos incidentes encontraron estos jóvenes como forma de combatir el aburrimiento. El 27 de octubre, dos adolescentes —uno de Africa del Norte, otro de Mali— aparentemente cuando se creían perseguidos por la policía, se electrocutaron en una subestación eléctrica en el suburbio de Clichy-sous-Bois. Días después, a medida que el problema se extendía, una granada lacrimógena terminó —por circunstancias nunca explicadas— dentro de un lugar de oración en Clichy. Sin ninguna explicación oficial sobre cualquiera de los dos episodios, el rumor y la indignación se empezaron a extender.

El rápido efecto dominó refleja dos grandes fallos y dos problemas políticos. Primero, el gran desempleo que persiste en un estado de bienestar supuestamente unido por la "solidaridad social". Segundo, los ghetos étnicos que se ha formado en un país que se enorgullecía de su igualdad sin distinción de color. Estos problemas se han incrementado en los últimos años por una deliberada política de mano dura, y por discusiones de cómo acomodar mejor al Islam en Francia.

Igual, Abdul, usuario del cibercafé de 21 años, no está de acuerdo con Salim. Para este joven de origen tunecino, la culpa de todo la tienen Nicolas Sarkozy, el ministro del Interior: "Ha dicho que va a limpiar los suburbios con una pistola de agua a presión como las que hay en los lavaderos de coches, y en vez de pedir perdón por los dos jóvenes muertos, ha felicitado a la policía. Nos ha lanzado un reto y nosotros lo hemos aceptado".

Salim sonríe condescendiente, le dice "adiós" y se dispone a entrar en el fondo de la cuestión. Él, como muchos en Saint Denis, cree que lo único que ha hecho Sarkozy es prender la chispa pero que la gasolina estaba almacenada desde hacía mucho tiempo.

Es que esos populosos circulos de viviendas que rodean París han sido despreciados de muchas maneras. Físicamente lejos de los elegantes bulevares arbolados parisinos, fueron habitados por una población que es pobre, desempleada, enojada y, mayormente, de origen norafricano o de Africa occidental. La tasa de desempleo de Francia es del 10%, pero en las llamadas "zonas urbanas sensibles", el desempleo juvenil llega al 40%.

FAMILIA TIPO. Las familias que habitan los suburbios franceses tienen seis o siete hijos. El padre trabaja todo el día para ganar 1.200 euros. Apenas se desenvuelve en francés, no les puede dar una paga a sus hijos y tampoco tiene ganas de escucharlos protestar en casa.

"El padre sabe que trafican droga, que roban y que, desde que empezó la revuelta, se organizan en pandillas para quemar coches. Pero, ¿qué va a hacer? El Estado lo ha dejado solo con sus problemas. Él no puede más que aguantar porque sabe que en su país de origen las cosas están todavía peor, pero ellos, sus hijos, no se sienten ni de allí ni de aquí", cuenta Salim.

Jornada de violencia

Ayer se cumplieron dos semanas del inicio de las acciones de violencia. Por segundo día consecutivo bajaron los índices de vandalismo. El último número de vehículos incendiados, cifra que se ha convertido en una suerte de "indicador" del nivel de disturbios, ascendió a 482. Además, se registraron 203

detenciones.

Durante las dos semanas, la cantidad de vehículos incendiados superó los 7.000. Hay más de 2.000 detenidos en un total de 300 localidades afectadas. Una persona falleció y otra se encuentra en coma desde el miércoles.

Con el amainamiento de la violencia, la atención se posó sobre el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, blanco de las iras de los jóvenes manifestantes pero quien se ha ganado el apoyo de la población. Las tres cuartas partes de los franceses apoyan la declaración de estado de emergencia que entró en vigor el miércoles.

La polémica volvió a situarse sobre el jerarca al afirmar que 120 extranjeros arrestados por disturbios, no todos en situación irregular, deberían "ser expulsados sin demora del país". Esta afirmación le valió las críticas de las organizaciones defensoras de los derechos humanos.

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