Ventilando sordideces

Jorge Abbondanza

El Senado norteamericano aprobó por unanimidad un presupuesto militar de 445.000 millones de dólares para el año que viene, monto que significa un récord histórico, pero le agregó una enmienda que establece normas para interrogar a prisioneros de guerra, prohibiendo el trato degradante, el abuso y —en una palabra— la tortura. Esa disposición fue motivada por los escándalos de la cárcel de Abu Ghraib y de Guantánamo pero fastidió a la Casa Blanca, que pretende mantener los apremios físicos en su guerra planetaria contra el terrorismo, de manera que piensa vetar dicha norma cuando la ley de presupuesto resulte finalmente aprobada por ambas Cámaras del Congreso, a menos que la enmienda sea tachada en el texto definitivo.

Quien se embarcó en esa batalla del Ejecutivo contra el Senado es el vicepresidente Cheney junto con Porter Goss, director de la CIA. Según señaló el 26 de octubre un editorial en The New York Times, ambos jerarcas argumentan que Bush "necesita el máximo de flexibilidad para librar la guerra al terrorismo" y que en todo caso debería permitirse que "los cautivos sean entregados a gobiernos dispuestos a actuar como agentes sustitutos en la aplicación de la tortura". Pero eso ya ocurre clandestinamente desde hace años, aunque Cheney no lo diga, como le consta a quien haya leído algo sobre las cárceles clandestinas que la CIA mantiene en varios países, desde la Europa del Este o Asia hasta el Magreb, en las que se atormenta a cientos de sospechosos de terrorismo. Sin embargo esa no es la única sordidez que ha tomado estado público en estos días. Se supo asimismo que el repertorio de torturas utilizado en Abu Ghraib ya integraba un manual de 1983 que la CIA había empleado contra la guerrilla en Honduras, de manera que los episodios de aquella cárcel iraquí no eran hechos novedosos, aislados ni casuales. Y además de todo ello se divulgaron otras barbaridades, como el empleo de armas químicas contra la población en la toma de Fallujah, al norte de Bagdad, en noviembre de 2004. Entretanto, el Pentágono elevó al Congreso un informe en cuya página 23 se menciona por primera vez una cifra de víctimas civiles de la guerra en Irak.

Según ese informe serían 25.900 entre muertos y heridos graves, aunque allí sólo se contabiliza a los que cayeron en medio de actos promovidos por la insurgencia y no se incluye a las víctimas de los operativos militares anglosajones. En cambio The Lancet, que es la más prestigiosa revista médica del mundo, publicó en Londres la cifra de 98.000 civiles muertos en Irak desde el comienzo de la guerra, mientras la prensa norteamericana añadía otros datos: en los primeros seis meses de 2004 el promedio diario de civiles caídos bajo la ocupación era de 26 y en la segunda mitad de ese año la cifra subió a 40, pero a comienzos de 2005 ya se contabilizaban 53 por día y en la actualidad son 63. A raíz de la difusión de esa gráfica, la Cruz Roja agregó que en la primera guerra mundial morían nueve soldados por cada civil, pero en las guerras de hoy mueren diez civiles por cada soldado. Para eso sirven los gigantescos presupuestos militares.

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