Leonores

Ha sido una semana regia, ¿no me digan? Pero no a causa del estado del tiempo, claro, sino de la llegada al mundo de la infanta Leonor de Borbón, primogénita de los príncipes de Asturias, cuyo nacimiento ha servido de excusa para poblar de reyes y reinas nuestras plebeyas existencias. El lunes, sin ir más lejos, me fue dado en gracia desayunar frente a la edición digital de El País de Madrid, que ha tenido la gentileza de ofrecernos, amén de un Trivial sobre la Corona, hasta un árbol genealógico animado de la familia real española. La invitación es tentadora: "pinche y arrastre hasta llegar a nuestros días", reza la página; hecho lo cual, el internauta curioso puede emprender una excursión desde Fernando de Aragón e Isabel de Castilla hasta la recién nacida, pasando por el Carlos III de aire insigne al que le cantaron Ana Belén y Víctor Manuel, y comprobando cómo, llegado el tercer milenio, la nobleza se fue por las ramas y una Ortiz Rocasolano pudo colarse entre una Battenberg, una Habsburgo, una Saboya y un par de Braganzas. Harto ilustrativo.

Para no ser menos, también Televisión Española nos ha mantenido al tanto de todo. Apostada en las puertas de la Clínica Ruber Internacional de Madrid, una tal Sagrario Ruiz de Apodaca, muy maja ella, nos ha revelado cada detalle de la noche del parto; hemos visto al gigantesco príncipe Felipe contar cómo la mediática princesa, en pleno trance quirúrgico, pidió que le narraran la cesárea (ves, eso sucede por casarse con una periodista); hemos escuchado a los reyes de España afirmando que se trataba de una niña muy mona y algo llorona; al presidente socialista augurándole larga vida a la monarquía; a historiadores, politólogos y otros sabihondos asegurando que la criatura, de apenas 47 centímetros, tres kilos y medio y luminoso nombre, impulsará una reforma constitucional que erradique la discriminación machista en la línea sucesoria; a los ciudadanos de Oviedo descorchando cava porque pronto habrá sangre asturiana en el trono; y a decenas de españoles de a pie, de todas las edades, cantándole nanas al más flamante retoño monárquico, en vivo y en directo. Hemos sabido, también, que doña Letizia ya le da el pecho a su hija, y que la pequeña alteza será bautizada, en la pila de Santo Domingo de Guzmán, pasadas las Navidades, con agua traída del río Jordán. ¿Qué más puede pedirse? Bueno, que la niña herede la paciencia política de su abuelo Juan Carlos pero la dicción de su bisabuela Menchu. En ese caso, joder, sería una monarca perfecta.

Pero nada de andar envidiando a la Madre Patria ni a las casas reales, mis queridos lectores republicanos. También aquí tenemos nuestra Leonor recién estrenada. No es madrileña, sino de Aquitania, y recibe visitas en el Teatro Solís (jueves, viernes y sábados a las 21; domingos a las 19). La encarna, naturalmente, la gran soberana del teatro uruguayo, Estela Medina, que ya ha sabido reinar con los ropajes de Juana la Loca y María Estuardo. Ahora hay que ver el desparpajo con que se mete en la piel de esta monarca medioeval en cautiverio, la naturalidad con que dispara frases demoledoras para blasfemar a hijos, marido y Dios; y la sensualidad con que aguijonea al Enrique II a cargo de Delfi Galbiati, con quien ya ha hecho buenas migas otras tantas veces.

Pasadas las setenta primaveras, Medina sigue siendo un prodigio de talento y energía sobre el escenario, un monstruo capaz de enmudecer a la platea seduciéndola con derroches de humor o dramatismo, feudos en los que se mueve con igual soltura: su Leonor de Aquitania baña con delicadeza una escena de amor incestuoso, se entrega con brutal convicción a una declaración de guerra y confiesa con gracia inimitable una humillante traición de alcoba. Hasta Katherine Hepburn se hubiera muerto de envidia.

La mejor butaca para ver El león en invierno cuesta apenas 60 pesos. Así que si quieren codearse con la nobleza, ahórrense el dinero que pensaban gastar comprando Hola y corran al Solís. Hay una reina en escena. Y no tiene sucesora.

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